Por Mercedes Alvarez.

Se cumplen 200 años del nacimiento de una obra que engendraría más tarde un mito cultural: Frankenstein, o el moderno Prometeo, de Mary Shelley. La novela donde un hijo monstruoso no gestado por un cuerpo de mujer, sin nombre y sin amigos reclama a su creador una paternidad que él se obstina en no asumir.
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Ya este argumento, por comenzar, es de eterna actualidad. Si para el hombre la paternidad siempre es adopción -como lo fuera para José el carpintero la aceptación de su único hijo Jesús– a Víctor se le requiere una fe mucho mayor. No se trata, en este caso, de que dude de la autoría de la descendencia -mucho es el tiempo destinado a la horrenda tarea-, sino de asumir la extrema fealdad de ese hijo construido, diseñado en un laboratorio con partes de cadáveres unidas, y animadas por una chispa de vida.

Padres que no asumen su paternidad, madres que mueren: no cuesta ver en Frankenstein las sombras expandidas desde la vida de la propia autora, quien perdió a su madre (la famosísima Mary Wollestoncraft, autora de un conocido manifiesto protofeminista) a los diez días de su nacimiento y quedó sola con su padre, el también muy famoso filósofo William Godwin, quien como padre podríamos decir que hizo lo que pudo con sus limitadas capacidades para demostrarle amor.
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Como hija privilegiada de su tiempo, Mary está al tanto de todos los avances científicos del momento. Su propio padre William Godwin la lleva a oír a Humphry Davy, considerado hoy fundador de la electroquímica. Los experimentos de Galvani están a la orden del día y ella los conoce, escucha luego a Lord Byron y a su marido Percy Shelley (a su tiempo expulsado de la Universidad de Oxford, donde estudiaba medicina, por escribir un panfleto sobre el ateísmo) hablar de lo que el doctor Erasmus Darwin había hecho. Pero por sobre todas las cosas, lee. Lee sin parar. Lee sobre ciencia, lee a los clásicos, lee filosofía, lee historias de fantasmas del folclore alemán. Y, a sus dieciocho años, con todo ese background a sus espaldas, tiene una intuición genial y escribe una obra para exorcizar todos los demonios juntos: los suyos, y los de la época.

Con gran acierto señala Esther Cross que Mary no escribe una historia para asustar: muy por el contrario, se sitúa del lado de los que tienen miedo. El horror de la gente a ser enterrada viva, por ejemplo, o a que su cuerpo se utilizara para la ciencia (las disecciones eran la única manera de conocerla anatomía humana), está en el aire. Los velorios duran muchos días, a veces una semana, para que el cuerpo suficientemente descompuesto no pueda ser alimento para los científicos. Los "resurreccionistas" se dedican a desenterrar cadáveres y venderlos porque escasean. Mary capta todo eso y lo hace suyo.
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"¿Qué hubiera pasado si el monstruo hubiera sido bello?", se pregunta Sofía González Bonorino, co-organizadora del ciclo que se llevará en Casa de la Lectura [ver información más abajo]. Si este monstruo rousseauniano, que era bueno pero se vio obligado a hacer el mal ante el rechazo social, como él mismo postula, hubiera sido bueno y bello, ¿sería entonces un superhombre? ¿Hubiera sido reverenciado como un dios?

La fealdad es un tema de una importancia crucial, y de una actualidad mayor que la de entonces, en los tiempos del culto a la belleza y la eterna juventud.
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¿Cuál es la ética del científico? Eduardo Wolovesky, invitado también a estas jornadas, ha reflexionado sobre una idea fundamental de la novela: si una investigación nos aparta de los placeres sencillos que no requieren de nada para su disfrute, esa investigación se puede llamar ilícita. Estas palabras de Víctor Frankenstein son una advertencia, en ese entonces y ahora. Nada bueno puede surgir de la enajenación que nos aparta de todo concepto de empatía, otro de los términos fundamentales para esta obra.
¿Qué es lo que nos hace humanos? ¿Cuáles son los límites del científico? ¿Cómo deben ser educados los hijos? Porque Frankenstein es también una advertencia sobre la mala educación, sobre la necesidad de explicar y no incitar una curiosidad malsana de la que es presa Víctor cuando su padre le dice que no pierda el tiempo con "tonterías como Agripa". Tonterías a las que les dedica un tiempo precioso que debe invertir en nuevas investigaciones cuando llega a la Universidad de Ingolstad.
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No hay que olvidar lo que aquí ocurre: Víctor, al igual que el viejo marinero de Coleridge, que atraviesa con su omnipresencia toda la novela, comete un crimen contra la humanidad. Un crimen imperdonable: el del abandono. Un acto gratuito y de todo punto de vista cobarde, como la propia Mary Shelley no deja de hacernos notar cuando hace hablar, en esa magistral segunda parte, al monstruo que nos cuenta su historia.
Por eso me gustaría cerrar estas breves notas sobre la actualidad de Frankenstein con este fragmento de quien fuera el gran amor de Mary: Percy Shelley, quien en su Defensa de la poesía, dijera:
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"El gran secreto de la moral es el amor. Identificarnos con la belleza que existe en un pensamiento, en una acción o en otra persona que no nos pertenecen. Un hombre, para ser grandiosamente bueno, debe imaginar de manera intensa y comprensiva".
No otra cosa es lo que hizo con su monstruo la Sra. Shelley.

Frankenstein, 200 años
Desde mañana y hasta el viernes se realizará en la Casa de la Lectura (Lavalleja 924) un ciclo homenaje a la novela de Mary Shelley, al cumplirse 200 años de su publicación. Con la programación a cargo de las escritoras y gestoras culturales, Mercedes Álvarez y
Sofía González Bonorino, escritores, académicos e intelectuales hablarán en torno a la figura de Frankenstein.
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La conferencia de apertura está a cargo de Luis Chitarroni, se presenta la muestra "Góticos Argentinos", con ilustraciones de artistas que trabajan sobre lo fantástico, lo surrealista, lo cruel, lo oscuro y lo irreal (algunas de las obras ilustran este artículo) y habrá debates en torno a :
"Frankenstein: problemas literarios", "Frankenstein: geografía de un pensamiento" y "Frankenstein: mito cultural". Participan, entre otros, Jorge Aulicino, Antonio Tursi, Emilio Bernini, Pablo Schiaffino, Lydia Tolchinsky. La programación está disponible en http://www.buenosaires.gob.ar/cultura/bibliotecas
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