Es difícil si no imposible ver Soledad sin pensar que la directora es la hija del presidente Macri. Le pasó a las pocas niñas extraviadas que intentaron impedir una exhibición comercial de la película con consignas confusas (como por ejemplo reclamar por el dinero de "todos" cuando Soledad no recibió plata del INCAA) pero le sucede también a cualquier persona mejor intencionada. El dato biográfico de la directora no debería jugar ni a favor ni en contra de la evaluación de la obra pero ciertamente le agrega una capa de interés.
La historia de María Soledad Rosas, una muchacha que abandonó sus costumbres de clase media porteña para terminar integrando una comunidad anarquista en Italia y cuya vida terminó trágicamente atrajo inicialmente la atención del escritor Martín Caparrós, que la narró en una de sus mejores crónicas: Amor y anarquía (Planeta, 2003).
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Por algún motivo, Agustina Macri eligió a esta niña mártir del movimiento globalifóbico para su primera película. No hace falta pensar a Mauricio Macri en términos de izquierda o derecha sino simplemente como el impulsor de que Argentina regrese a la economía global y como al líder temporario del G20 para advertir allí una oposición fascinante. No es absurdo imaginar a una Soledad manifestando junto a su grupo anarquista en contra de los presidentes de los países más importantes del mundo en el encuentro del próximo noviembre.
El interés se acentúa cuando se verifica que esta elección no está impregnada, al menos de forma consciente o de manera groseramente manifiesta, de un gesto de rebeldía. El presidente ha dejado a sus hijos mayores (a diferencia de la omnipresente Antonia) fuera del alcance de los medios y las relaciones parecen ser cariñosas y no conflictivas. La directora declaró que su padre vio la película y que la acompañó afectuosamente en el proceso.
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No es mucho más lo que se puede decir sobre este tema sin caer en el psicoanálisis salvaje a la distancia. Lo cierto es que era difícil que Agustina Macri se hiciera cargo de contar la vida de Soledad Rosas sin pensar en cómo sus relaciones familiares iban a afectar la recepción de su obra.

El acercamiento de Agustina Macri a la historia está basado en elecciones estéticas que tienen que ver con el respeto, la distancia, el autocontrol y el pudor. Soledad pone fuera de cuadro todas las situaciones especialmente dramáticas y hasta en el momento en que Sole se entera de la muerte de su compañero decide que la cámara se corra hacia un costado, dejándola en un duelo privado.
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Desde ya que no hay en la película juicios de valor sobre las decisiones de la mártir anarquista pero apenas poco más sobre el sistema judicial italiano y las fuerzas de la represión, que se supone son los villanos de la historia. Sin remarcar nada y con un notable control para una primera película, Agustina Macri muestra a distancia una historia desconcertante sin sentirse obligada a una explicación simple y efectista.
Este respeto y distancia, de alguna manera, resienten un poco a la película, que termina resultando un poco fría, a pesar de la trágica historia que cuenta y de la vibrante y fresca presencia de Vera Spinetta en el rol central.
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El trayecto de Soledad Rosas es, a primera vista, inexplicable. Su abandono de una vida insatisfactoria no tiene límites: renuncia a su familia pero también a su medio, sus costumbres, su nacionalidad y, finalmente, al sentido común. Soledad no esconde (aunque no subraya) que las consignas del grupo anarquista son extremadamente pueriles y que el enemigo al que quieren enfrentarse en una guerra absurda y desigual, es enorme y no cuenta a la piedad entre sus herramientas de trabajo. No hay idealismo que justifique ese sacrificio interminable.
El extremo pudor de Agustina Macri duplica el misterio: no sabemos por qué Soledad actuó como lo hizo (la verdadera, pero tampoco la creación cinematográfica, que no está obligada a coincidir literalmente con el personaje histórico) pero tampoco terminamos entendiendo bien qué piensa la directora de su personaje y qué es lo que la llevó a contarla.
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En el trayecto de la crónica de Caparrós a la película, y seguramente como consecuencia del extremos autocontrol de la directora, hay una dimensión que no se siente plenamente y es la de la pérdida. En Amor y anarquía, un libro de una tristeza casi insoportable, se alcanza a sentir mucho mejor que en la película, el tamaño de la pérdida, el dolor de una vida joven que se pierde de manera absurda.

Caparrós lo resume muy bien en un fragmento muy conmovedor. Con la ayuda de un ex compañero de militancia de Soledad logra ingresar a donde la muchacha cumplía prisión domiciliaria, su última morada, una casa humilde en el medio del campo. Dice Caparrós:
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"La ventana resultó ser la del cuarto de Sole. Allí quedaban todavía, varios años después de su final, sus rastros. En un rincón de la pieza, blanca, clara bajo la luz del mediodía, su ropa sigue amontonada: hay camisetas, un par de vestiditos, dos o tres shorts, el jean gastado con la A de anarquía pintada en el bolsillo que he visto citado en cartas y artículos de prensa. Esa caja es una forma del recuerdo, una manera del olvido.
Así que ahora es cuando me llega por fin, después de tantos años de intentos fracasados, la ocasión de citar mi poema favorito:
Ognuno sta solo sul cuor della terra
trafitto da un raggio di sole:
ed è subito sera.
Que escribió Quasimodo y se podría traducir, licencioso:
Cada quien está solo sobre la piel del mundo
traspasado por un rayo del sol:
y de pronto es de noche."
Qué se podría agregar. El párrafo de Quasimodo nos iguala a todos los mortales con la efímera e intensa llama de la vida de Soledad Rosas. De pronto es de noche.
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