
¿Qué es el arte según arteBA? Basta con recorrer las galerías, las instalaciones, las obras de los más de 300 artistas consagrados y emergentes que se despliegan en cada rincón de los pabellones azul y verde de La Rural para que la respuesta a esa pregunta se vuelva un enredo. Quizás, lo que se puede decir al respecto es, sin medias tintas, que arte es todo.
Y a partir de esa subjetividad y de ese relativismo es que cada cual puede interpretar con sus propias reglas la belleza artística. Suena naif pero en materia de coleccionismo, para aquel que quiere empezar, de a poco, sin apuro, con minucia, a comprar arte original, es importante que pueda hacerlo a partir de lo que le gusta y no de lo que determinada mirada paternalista, solemne o mercantil le impone. Esta es un poco la mirada de Mariela Ivanier, que si hay que definirla podría usarse este término: coleccionista. Pero sería poco. ¿Qué identidad cabe en una palabra?
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Té de colección es el nombre de las reuniones que Ivanier comenzó a organizar en su casa —un departamento colmado de obras coloridas, polifacéticas y fascinantes— hace más de ocho años. Artistas, galeristas y aficionados del arte que se juntan a charlar, beber, reírse, divertirse. Ahora estamos en su casa, es una mañana fría pero soleada de miércoles y los cuadros que cuelgan hacen, de la calidez del hogar, puro fuego.

"No creo en el arte como inversión", dice Ivanier, así, sin preludios. "Cuando lo digo, a la gente se le paran los pelos porque pareciera que yo quiero pinchar el mercado. Y en realidad quiero decir todo lo contrario: quiero que la gente sea libre de comprar lo que se le dé la gana sin que eso te ate a que sea más valioso en el futuro. Yo tengo que enamorarme de la obra, la tengo que comprar porque me gusta. No porque ahora cuesta mil y después va a costar diez mil, aunque por supuesto que eso ocurre", agrega y se le viene una anécdota a la mente. La anécdota de esta casa.
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"Con un Pablo Siquier pagué gran parte de mi departamento. Alguien muy querido me prestó un dinero que me faltaba, porque estuve a punto de perder la hipoteca en esas circunstancias que muchos argentinos atravesamos. Con una nena muy chiquita. Mi hija nació el 20 de marzo de 2001. Ese departamento yo lo vendí y alguien muy querido me prestó el dinero para cancelar, porque si yo vendía me chupaba el banco el dinero. Yo le cancelé al banco y vendí después. Vendí y compré. Entonces devolví gran parte del dinero, pero no todo, porque no me alcanzaba, y quedó una cuenta pendiente. Me empecé a angustiar porque sabía que no podía devolver eso. Entonces lo llamé y le dije: 'Mirá, tengo un Pablo Siquier'. Alan Faena ya había empezado con Pablo Siquier en Puerto Madero, ya estaban las gigantografías. Esto pasó en el 2005, cuando Puerto Madero era más un sueño que una realidad. Le dije: 'Tengo una obra que es muy valiosa pero que va a valer mucho más'. Me dijo que sí. Esa obra ahora está en Nueva York".

"Cada vez que me lo cruzaba a Siquier le decía: 'Vos sos el dueño del 30% de mi departamento'. Él es muy tímido y muy sensible y siempre se reía y no me decía nada. Hasta que un día me agarró en el Fortabat y me dijo: 'Vos sos una de las cosas más importantes que me pasó en mi carrera como artista. Que vos te hayas comprado un departamento por una obra mía, eso a mí me conmueve'. Y los dos lloramos…"
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Esa obra, Ivanier la compró en Proyecto Venus, una sociedad de artistas con moneda virtual que tejieron juntos Gustavo Bruzzone y Roberto Jacoby hace casi veinte años a partir de la financiación de una beca Guggenheim. "Eran unos billetitos de Estanciero en una época pre redes sociales", recuerda ahora. ¿Y cómo se conseguían esos billetes? "Haciendo cosas distintos a lo tuyo. Por ejemplo, Piglia daba clases de tenis. Entonces yo reuní mil Venus y le compré el cuadro a Siquier", agrega.

Con el tiempo, Té de colección se volvió un clásico y se empezó a hacer fuera de su casa y este viernes 25 de mayo llegó a arteBA, al VIP. Describir este VIP es una tarea difícil porque no hay una línea clara en el decorado ni en el look de las personas aquí presentes. Se podría decir que es un lugar descontracturado, sofisticado sí, pero de ninguna manera solemne o presuntuoso. Aquí se bebe y se habla de arte, pero un poco, no tanto, como para que las reflexiones artísticas estén cuando se contemplan las obras.
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Salimos todos y seguimos los pasos de Mariela Ivanier, claro, pero también de Juliana Ganuza, especialista en arte. Es la encargada de la visita guiada, el corolario del Té de colección. "Hoy en día ya no hay una forma de entender el arte", dirá Ganuza frente a una obra de Tomás Saraceno. "Estamos en un momento en que los discursos del pop y su revisionismo están en auge", comentará entre dos monas de Edgardo Giménez. La gente aprovecha y saca fotos. También escucha atenta, aprende y hasta hay quienes preguntan por el precio de estas obras. Todos aquí son potenciales coleccionistas. Probablemente ya muchos lo sean.

"El mundo del arte es encantador y cruel, como todo universo, con reglas imprecisas. Un amigo dice que es un zoológico, yo lo vivo más como una jungla, en donde los que están más desprovistos son los artistas. El principal producto de este mercado es el que está menos cuidado, muchas veces", dice Ivanier que tiene por objetivo sacar al coleccionismo de las manos exclusivas de los millonarios y de los entendidos.
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Volvemos a la casa de Mariela Ivanier. "¿Por qué nadie critica a un coleccionista de estampillas? Hay una mirada crítica sobre qué está bien visto coleccionar y lo que el mercado indica que está bien coleccionar. Lo voy a decir brutalmente: ¡a mí me chupa un huevo! Nadie puede decir que esto no es una colección", dice y abre los brazos, como intentando acercarse a las obras que la rodean. "Podrán decir que es fea, que no es valiosa, el que critica puede decir un montón de cosas, pero yo tengo una colección y promuevo el coleccionismo y me interesa mucho el artista. Además, cada cosa que está acá colgada es un pedazo de mi historia, con cada obra tengo una relación".
Mariela Ivanier no vive sola. En una de las habitaciones duerme cada noche su hija de 17 años, Mora, la gran heredera, que ahora no está, está en el colegio. "La nena que está harta del arte", dice con ironía porque, según su madre, se hace la que no le importa pero conoce al dedillo cada una de las obras que, en el fondo, ama. Cuando termine el secundario, cree que va a seguir Letras, entonces ella aprovecha el chiste: "El fruto no va a caer lejos del árbol".
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"Esto que vos ves es una colección bastante femenina, porque hay muchas mujeres, además de que las coleccionistas somos dos mujeres, mi hija y yo. Y está hecha desde cero, eh", dice orgullosa.

El arte en la vida de Mariela Ivanier empezó antes de que ella naciera. Sus padres se casaron y la primera inversión que hicieron fue un cuadro. Lo cuenta como una premonición. "El arte es completamente curativo, es sanador —dice con mucha seguridad—, pero no lo estoy diciendo desde un lugar new age o superfluo. Como le pasa a mucha gente con el cine o con la música, que es, dentro del arte, el más accesible, el más difundido, el que ha tenido mayor pregnancia. El arte plástico viene un poquito en la retaguardia, pero porque el mercado ha decidido eso".
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La pregunta, entonces, es la siguiente: ¿el coleccionismo es para cualquiera? ¿No es el consumo de artes plásticas, ya de por sí, un elitismo o, por el contrario, se trata de un prejuicio? Su respuesta es sencilla: recuerda el diálogo recurrente que mantiene con las personas que quieren acercarse al arte pero que sus prejuicios no se lo permiten. Frente a una obra de arte, las personas, avergonzadas, le dicen:
—No sé qué es lo que tengo que ver.
—¿Pero qué ves?
—No sé qué es lo que tengo que sentir.
—¿Y qué sentís?
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Mariela se ríe. No lo puede evitar. "¡No hay reglas!", sentencia. "Tenés una obra de cinco mil pesos y una obra de cinco mil millones de dólares. Y en el medio un montón de cosas. Lo que sucede es que, como todo bien cultural, el arte requiere una campaña de planificación, de acercamiento", comenta.
"Hay cosas de las instalaciones que no entiendo —reconoce sin que se le caiga ningún anillo—, y no entiendo nada la performance. Pero es una cuestión de ejercicio. Es como el cuerpo: el ojo y la sensibilidad se ejercitan como el músculo. Es una cuestión de entrenamiento. Cuando alguien me pregunta cómo empezar, le digo: mirando, y mirando lo que te gusta. Si ves tres muestras de las cuales dos te gustan mucho, vas a estar timbeando la próxima. Hay como un desafío. Y es ver".
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