Una historia del crimen desde la perspectiva de los criminales (Getty)
Una historia del crimen desde la perspectiva de los criminales (Getty)

Ronald Biggs, el inglés que se hizo célebre después de asaltar un tren y refugiarse en Río de Janeiro, escribió su autobiografía. Daniel Rojo Bonilla, un invitado de rigor en los festivales del género negro, se adjudicó 150 robos a bancos en España hasta que decidió retirarse del delito y dedicarse a la escritura. El uruguayo Darío Giró se dedicó a los asaltos a mano armada en Venezuela, conoció cárceles peligrosas y publicó sus memorias bajo el título Una joya por cada rata. Los escritores criminales conforman una larga tradición, y tienen también su historia en la literatura y el periodismo argentino.

Son los protagonistas de los hechos, pero rara vez sus narradores. Reivindican el derecho a contar sus propias versiones, a exponer una verdad que consideran desconocida por el periodismo y la justicia. "La historia mía que cuentan otros no es mi historia. Cuentan lo que ellos imaginan que es mi historia", dijo Claudia Sobrero, autora de Así murió Lino Palacio y condenada por el crimen del dibujante.

Los precursores se encuentran en la antigua crónica policial. En 1925 el diario Crítica publicó una serie de notas firmadas por Roque Saccomano, preso en la cárcel de Ushuaia por el asesinato de Elvira Salas. "El crimen de la telefonista", como se lo conocía, había dado lugar a un intenso debate y Crítica apostaba por la inocencia del condenado.

Ronald Biggs, uno de los criminales más famosos del mundo
Ronald Biggs, uno de los criminales más famosos del mundo

Crítica, observa Sylvia Saítta en su libro Regueros de tinta, encontró un nuevo recurso en los testimonios de los perseguidos por la ley, en particular los anarquistas, que escribían al diario para dar cuenta de las injusticias que sufrían y de su propia verdad. Los policías y los jueces estaban en el mismo nivel, en tanto fuentes de información, que los reos y los prófugos.

El diario publicaba las cartas de estos corresponsales, en las cuales eran de rigor las denuncias de abusos policiales. También agregaba producciones espectaculares, como llevar a las víctimas al ring del Luna Park para que exhibieran las huellas de los castigos o dedicarle en febrero de 1928 una serie de notas a un estafador alemán "que se fumó en pipa a la mejor del mundo" (la policía porteña presumía de tal) al hacerse mantener durante varios días con el cuento de que tenía datos sobre el anarquista Severino Di Giovanni.

En 1933, Bruno Antonelli Debella, alias Facha Bruta (Facciabrutta), comenzó a escribir sus memorias a pedido de Crítica. Estaba detenido en la Cárcel de Encausados de Rosario, después de una saga de crímenes y asaltos en Montevideo y Buenos Aires. El diario de Botana se desinteresó del asunto, pero de todas maneras el pistolero publicó dos capítulos de su historia en el periódico rosarino La Acción.

El cuerpo de Bruno Antonelli Debella, alias Facha Bruta, asesinado en la cárcel
El cuerpo de Bruno Antonelli Debella, alias Facha Bruta, asesinado en la cárcel

Según Antonelli, su iniciación en el delito ocurrió en Italia luego que un policía llamado Augusto Sciglia asesinó a su hermana, en diciembre de 1929, durante la represión de una manifestación anarquista. Facha Bruta juró tomar venganza y cumplió esa promesa, ya que siguió al agente hasta encontrarlo en Bélgica, donde lo mató a puñaladas el 25 de mayo de 1930.

La historia remite a una figura típica en las historias del delito: el hombre que, para hacer justicia o como reacción ante un abuso, se pone al margen de la ley con un acto irreparable y a partir de ese momento se convierte en un perseguido. Segundo David Peralta, alias Mate Cosido, reconstruyó su historia en los mismos términos, en el relato que escribió para la revista Ahora, en 1940: "No soy un delincuente nato ni creo que mis sentimientos sean malos", proclamaba.

Segundo David Peralta, “Mate cosido”
Segundo David Peralta, “Mate cosido”

En defensa propia

Escribir las memorias es un acto de defensa propia y de reivindicación para el que afronta un cargo criminal. Fue el caso de Luis Sebastián Carrión, que en 1949 publicó El ángel infame, un libro donde relató la historia del asalto al ferrocarril Central Argentino, ocurrido en 1932 en Rosario, por el cual fue condenado.

Nacido en Barcelona y simpatizante del anarquismo, Carrión trabajaba como mecánico en el ferrocarril y se había fogueado en el enfrentamiento con la policía a través de su participación en huelgas y movilizaciones que forjaron en él "un odio profundo hacia los poderosos de la Tierra". Según su relato, decidió sumarse al robo que planeaban unos amigos después que una mujer, "hija de una familia rica", lo rechazara como pretendiente.

El ángel infame
El ángel infame

Contra la versión judicial, Carrión reconoció haber intervenido en el asalto pero no haberlo planeado ni ser el líder de la banda. El ángel infame fue reeditado en 1972, año de la muerte del autor, e incluyó indicaciones para una adaptación cinematográfica que no se concretó.

También Jorge Eduardo Burgos decidió escribir un libro para defenderse de las acusaciones por el homicidio y descuartizamiento de su novia. "Se ha hablado y escrito tanto sobre mi caso, que parece difícil decir algo que ya no se sepa. Y sin embargo, todavía queda por decir lo principal", protestaba. Yo no maté a Alcira (1955) fue el título de su descargo.

Jorge Burgos, preso por el descuartizamiento de Alcira Methyer en 1955
Jorge Burgos, preso por el descuartizamiento de Alcira Methyer en 1955

Su relato comienza en la adolescencia, cuando conoce a Alcira Methyger. Sería su primer y único amor, en una relación que, tal como la cuenta Burgos, invertía los roles tradicionales: ella era quien lo buscaba y quien provocaba la primera cita; él se mostraba cariñoso y romántico; ella se preocupaba por la plata, él soñaba con casarse y tener hijos.

La situación derivó en que Alcira "pronto me perdió todo respeto y me trató como a un ser inferior, consciente de la influencia que tuvo siempre sobre mí". El hallazgo de la carta de un amante desató la pelea final; Burgos dijo que mató a Methyger por asfixia, sin darse cuenta. Según su curioso razonamiento, "yo no la maté, puede decirse que se trató de un accidente". Lo condenaron a diez años de prisión.

Los tesoros de la biblioteca del hampa

En la década de 1960, la prensa dedicada a la crónica policial retomó la línea de publicar escritos adjudicados a pistoleros de renombre. En 1963, la revista Careo difundió cartas donde Miguel Ángel Prieto, el Loco Prieto, contestaba las acusaciones de la sección Robos y Hurtos de la Policía Federal, en particular la brigada que dirigían Juan Ramón Morales y Rodolfo Almirón, que habían sido sus socios y que en la década siguiente se integrarían a la Triple A. "No soy buchón", afirmó, contra la sospecha de que entregaba a sus cómplices.

El Loco Prieto
El Loco Prieto

En julio de 1966, el diario Hechos, de Montevideo, publicó las memorias de José María Hidalgo, quien había emigrado de Buenos Aires después de una resonante sucesión de asaltos y del asesinato del cabo José Baistroqui, en medio de un tiroteo.

Hidalgo contaba que sólo odiaba a los policías torturadores. La Policía Federal había asesinado "por equivocación" a su hijo mayor, de 16 años, y sometido a vejámenes a otro hijo, de 14, y a su esposa. Negaba haber cometido los 17 asesinatos que le endilgaban y solo reconocía dos muertes: la de un cómplice, por delator, y la del policía Baistroqui, en 1957, por la que se desató entonces una persecución que culminó con su detención después de un tiroteo con el comisario Evaristo Meneses.

En 1967, otro delincuente argentino que había emigrado en busca de nuevos horizontes agregó un nuevo título a la biblioteca del hampa. José Roberto Rubio publicó entonces en Santiago de Chile La vuelta al pago en 82 años. Memorias del Loco Pepe. Dos años después protagonizó el largometraje documental ¡Prontuario!, de Hernán Garrido, junto a uno de sus cómplices, el uruguayo Julio Ignacio Scarrpizzo y el quíntuple homicida René Cerón Pardo.

El Loco Pepe
El Loco Pepe

Nacido en 1929 en el barrio de Once, Rubio era el cuarto hijo de una familia sumida en la pobreza. Trabajó honestamente como canillita, según contó en el libro, hasta que unos repartidores rivales le quemaron los diarios y en represalia los atacó a balazos con un Colt calibre 38. La cárcel de Villa Devoto fue la escuela que lo preparó para su carrera como delincuente.

El Loco Pepe reconocía una treintena de asaltos a mano armada cometidos entre 1944 y 1961 en Argentina, Chile y Uruguay. La vuelta al pago en 82 años se publicó con prólogo y correcciones de estilo del escritor Rodrigo Quijada; el título aludía a la condena que había recibido después de matar a un guardia y herir a otro en uno de sus cuatro intentos de fuga de la Penitenciaría de Santiago. Sin embargo, salió en libertad en 1978, indultado por el gobierno de Augusto Pinochet.

La Sociedad de Escritores de Chile rechazó su pedido de presentar el libro en la institución. "Solo por andar asaltando bancos me fue negada la vena de artista", se quejó Rubio. En una conferencia de prensa en la cárcel declaró que escribir le daba tranquilidad –aunque no dejaba de pensar en una nueva fuga- y si bien no se arrepentía de su pasado el encierro era una amarga experiencia y le pedía a los jóvenes "que no me tomen por ejemplo, que no cambien la tranquilidad por el dinero mal conseguido". Un mensaje positivo, al fin de cuentas, y también "el testimonio curioso de una personalidad desconcertante", según el enviado de la revista Así.

El autor más prolífico

En 1983 el periodista Emilio Petcoff comenzó a cartearse con Pablo Schoklender, entonces preso por el homicidio de sus padres. En el curso del intercambio surgió la idea de hacer un libro en base a las memorias y los testimonios del recluso. El resultado fue Yo, Pablo Schoklender. Escrito en la cárcel de Villa Devoto, publicado ese mismo año.

La edición de Petcoff se nota en las referencias que atraviesan el texto, como citas de T. S. Eliot y el tema del doble –la personalidad escindida donde, según enseña la literatura, coexisten formas de comportamiento antagónicas- aplicado a la historia. Convencido de que su inocencia saldría a la luz, Pablo Schocklender definía el libro como "un acta de sinceramiento" y se presentaba como "un ser humano que ha transitado una atroz pesadilla". La imagen fue retomada por la adaptación cinematográfica del libro, Pasajeros de una pesadilla (Fernando Ayala, 1984).

La detención de Pablo y Sergio Schoklender.
La detención de Pablo y Sergio Schoklender.

El relato sugería la responsabilidad de Sergio Schocklender, quien ese mismo año publicó su primer libro, Esta es mi verdad. Aislado en la cárcel de Caseros, contaba, había conseguido enviar sus textos al exterior gracias "al poder del dinero, a la solidaridad de muchos reclusos y algunos guardias y al desinterés del periodista que me entrevistó y colaboró para ordenar mis deshilvanadas narraciones". Se trataba de Enrique Sdrech, quien por entonces seguía el caso en la revista Radiolandia 2000.

Esta es mi verdad anticipó los argumentos con que Sergio Schoklender se defendió ante la justicia: los crímenes de sus padres, aseguró, fueron cometidos por sicarios contratados por traficantes de armas asociados con la dictadura militar. En una trama que le recordaba a "las novelas de misterio o de espionaje", las sospechas apuntaban contra el grupo Pittsburgh, donde trabajaba su padre.

Los primeros libros de los hermanos Shocklender tras las rejas
Los primeros libros de los hermanos Shocklender tras las rejas

Al mismo tiempo reconstruyó la historia familiar presentándose como el hermano protector que tomaba bajo su cuidado a los hermanos menores, una personalidad con una templanza supuestamente forjada en la constancia y el sacrificio.

La versión parecía verosímil por referencia a irregularidades de la actuación policial y a detalles que no terminaban de encajar en la reconstrucción de los hechos, pero leída desde la actualidad son notorios los trucos de folletín para construir la hipótesis, la carencia de pruebas y la inconsistencia de la acusación contra sicarios brasileños.

Infierno y resurrección (1995), el siguiente libro de Schoklender, continúa la historia de Esta es mi verdad a partir del momento posterior a los crímenes y se extiende hasta 1995, cuando recuperó la libertad y entró en contacto con Hebe Bonafini. El relato, mejor escrito que el anterior gracias a las correcciones de Ana Atorresi, contiene notables registros de la vida carcelaria, y a la vez construye la figura mítica que rodeó al autor hasta que fue involucrado en casos de corrupción: un hombre que actúa, se arriesga en representación de otros (primero por sus hermanos y después por los presos) y enfrenta a distintas instancias del poder (la familia, la justicia, la cárcel, "el sistema"). Esa imagen llegó a su exasperación en Desde afuera (1997), donde reunió textos y documentos de sus actividades con las Madres de Plaza de Mayo.

Hebe de Bonafini y Sergio Shoklender
Hebe de Bonafini y Sergio Shoklender

Schoklender, el autor más prolífico en esta tradición, volvería a recurrir a un libro para defenderse. En Sueños postergados. Coimas y corrupción en la patria de los desvíos (2011) presentó su versión ante las acusaciones de enriquecimiento ilícito y defraudación al Estado por su actuación en la Fundación Madres de Plaza de Mayo.

Víctimas y culpables

Claudia Sobrero escribió Así murió Lino Palacio. No todo lo que brilla es oro después de ser condenada a reclusión perpetua como participante en el crimen del dibujante y su esposa, con la expectativa de que "la justicia tome en cuenta no solo el delito y sus autores materiales, sino también los motivos que los obligaron a actuar así y a los otros culpables, que, aunque suene descabellado, suelen ser las mismas víctimas".

En su libro expone una sucesión vertiginosa de hechos comprendidos entre mediados de 1978 –cuando se va de la casa de la madre- y el 14 de septiembre de 1984, la fecha del crimen de Lino Palacio y su esposa Cecilia Tavera. El subtítulo apunta a un intento de reflexión: la frase "no todo lo que brilla es oro", dice Sobrero, puede extenderse a "la justicia; la sociedad en cualquiera de sus facetas; la gente toda".

Claudia Sobrero
Claudia Sobrero

Los asesinatos aparecen como un episodio cometido en medio de una crisis de abstinencia, pero Sobrero no intenta defenderse con esa excusa. Tampoco muestra arrepentimiento ni busca de congraciarse con los lectores y con sus jueces: "Todos juzgaron y condenaron con solo leer un diario o mirar un noticiero, nadie se preguntó ¿por qué? Yo no vivo del perdón de nadie, pero sí quiero que, todos aquellos que se creyeron Dios y juzgaron sin saber, sepan la verdad… Así, con lo bueno y lo malo de los que intervinieron en la historia".

En Claudia (2011), el documental de Marcel Gonnet, Sobrero repasa las crónicas del caso en las colecciones de los diarios y la versión del libro y serie televisiva Mujeres asesinas, que la presenta como "cuchillera". En el tránsito de la prisión a la libertad condicional, ejerce una vez más su defensa: estuvo en la escena, dice, pero no participó en los crímenes y aun así pasó 26 años detenida.

Las muertes cobardes

En la mayoría de los casos, la escritura aparece en esta vertiente como una tarea ocasional. La excepción a la regla fue Jorge Alberto Barquero (Rosario, 1942-2014), quien pasó diez años en la cárcel por distintas causas y se convirtió en escritor mientras estaba en prisión.

Barquero cumplió tres condenas, dos en Rosario y una en Córdoba, por falsificación de sellos de whisky, venta de bonos apócrifos y presunta complicidad en un secuestro extorsivo. "Cuando entrás a la cárcel, decís: Estos son delincuentes. Y hay otro que te mira y piensa lo mismo de vos. En ninguno de esos actos de mi vida logro justificarme", contaba.

Jorge Barquero
Jorge Barquero

Su primer libro, Hojas de yerba (1989), fue un anecdotario de la cárcel, que agotó 600 ejemplares entre funcionarios, abogados y familiares de presos. En libertad, reconstruyó su historia en La ley de la memoria (1999), una "novela testimonial" en que exponía la sucesión de incidentes que lo implicaron en el secuestro –alquiló una quinta a un amigo que la utilizó para tener cautivo a un empresario cordobés- y documentaba la vida cotidiana en la cárcel. Además publicó dos libros de relatos, Sabihondos y suicidas (2003, premiado por la Secretaría de Cultura de Rosario) y Una fosa en Los Cipreses (2009).

Barquero ya era lector antes de ingresar a la cárcel. En La ley de la memoria cuenta que antes de presentarse ante la Policía Federal compró un libro de cuentos de Theodore Sturgeon y lo leyó mientras almorzaba frente al Departamento Central de Policía. En la cárcel de Córdoba descubrió una biblioteca que tenía libros de Borges, Macedonio Fernández y Witold Gombrowicz, entre otros, y mantuvo correspondencia con Ricardo Piglia.

La ley de la memoria puede leerse también como una crítica a la selectividad del sistema penal, que castiga determinados delitos y sanciona la impunidad de otros más graves. El título funciona como contrapunto al punto final y la obediencia debida, las llamadas leyes del olvido, y alude a una perspectiva que explica un preso en la novela: "A los militares los libros les adjudican una bandera, un par de batallas gloriosas y un par de revoluciones también, por qué no. Pero nosotros, los delincuentes comunes, que no hemos leído tanto, solamente le adjudicamos toda la muerte que vimos. Todas esas muertes cobardes". Una voz que rara vez llega a la literatura.

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