"Más lento que el general Alais", "La casa está en orden", "¡Felices Pascuas!": seguimos usando frases derivadas de una revuelta militar producida hace más de treinta años demostrando que se trató de un hecho conmocionante, que impregnó fuertemente a la sociedad argentina.
Era una democracia incipiente, que llevaba menos de cuatro años y que transitaba una de las transiciones más complicadas del mundo, intentando resolverla de una manera prácticamente inédita: civiles juzgando a militares con la ley en la mano.
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Todos esos logros parecieron flaquear en aquellos días inquietantes de la Semana Santa de 1987, un episodio que claramente merecía una película. Por suerte, Sergio Wolf la hizo.
Los hechos se reducen a cuatro días pero los antecedentes implican años.
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En diciembre de 1986, el gobierno radical, que había promovido el Juicio a las Juntas, dictó la Ley de Punto Final. Se establecía un plazo luego del cual ya no se podría procesar a nadie por la represión durante la dictadura. Hubo un aluvión de denuncias y se abrieron miles de juicios.
Los militares de rangos medios se vieron amenazados y abandonados por los generales. Buscaron para presionar una figura de consenso y recurrieron al teniente coronel Aldo Rico, sin denuncias relacionadas con la represión y con una muy buena reputación por su desempeño en Malvinas.
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Rico, con sus "carapintadas", tomó la Escuela de Infantería de Campo de Mayo sin encontrar resistencia. Allí permaneció los cuatro días, hasta rendirse frente al presidente Raúl Alfonsín, quien se desplazó personalmente en helicóptero a la guarnición militar para intentar resolver el conflicto.
"Esto no es un golpe" combina varias cosas: el recuerdo personal, la investigación documental, el registro de pasado y el recuerdo actual de los protagonistas.
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La película de Wolf se puede ver como una ficción clásica.
Hay un héroe, el presidente Raúl Alfonsín, valiente pero prudente, siguiendo la máxima expresada por el Hombre Araña: a grandes poderes corresponden grandes responsabilidades.
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Hay un villano larger than life, tan desfachatado en sus mentiras como carismático, el indescriptible Aldo Rico.
Están los héroes menores, encarnados en los funcionarios radicales pero también en los políticos peronistas que no dudaron en aparecer junto al gobierno para defender a la tambaleante democracia.
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Está el clásico personaje cómico, que aparece cada tanto para arrancar una carcajada y liberar tensiones: el inefable general Ernesto Arturo Alais, a quien Alfonsín le encomendó reprimir la rebelión carapintada, marchó con sus tanques desde Rosario…pero nunca llegó a Campo de Mayo.
Y hay un hombre de dos culturas, que conoce los códigos militares pero que trabaja para los civiles: el intachable edecán presidencial Julio Hang, probablemente el testimoniante más preciso (junto al consejero presidencial y hombre de confianza de Coty Nosiglia, José Luis Vila).
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Wolf plantea las dos preguntas fundamentales que generó Semana Santa: ¿Se trató de un intento de golpe de estado? ¿Alfonsín lo resolvió traicionando a la gente que lo fue a respaldar a la plaza?
El director incurre en una doble nobleza: por un lado pone en pantalla todos los elementos como para que cada espectador saque sus propias conclusiones y, por el otro, en primera persona, enuncia sus propias respuestas.
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Wolf cuenta que asistió a aquella plaza expectante que esperó la vuelta de Alfonsín de Campo de Mayo y que la mención a los héroes de Malvinas y el discurso conciliatorio a su vuelta lo desilusionaron.
Hoy, como corolario de su película, valora especialmente la olvidada frase de Alfonsín que completa la idea de que la casa estaba en orden: "… y no hay sangre en la Argentina".
El llamado a la conciliación se completó días después con la resistida Ley de Obediencia Debida.

La película muestra lo cerca que estuvo la situación de convertirse en un baño de sangre. La gente no sólo salió a llenar la Plaza de Mayo sino que se agolpó frente a Campo de Mayo, amenazando con ingresar al predio, a pesar de los carapintadas fuertemente armados y en un estado físico-mental claramente alterado.
La pregunta sobre si se trataba de un golpe o no se disuelve (se vuelve "abstrapta", diría Rico) ante la evidencia de que la acción de grupos armados no se detiene ante el logro de un objetivo inicial: un solo muerto, un solo disparo habrían llevado las acciones a un final impredecible, que no excluía la caída del gobierno radical.
La película combina momentos íntimos con imágenes públicas. Alfonsín se entera del levantamiento cuando estaba descansando totalmente aislado en una estancia de un matrimonio amigo a doce km de su Chascomús natal.
La imagen mental de Alfonsín hablando por teléfono, recibiendo la noticia del alzamiento en pijama y calzoncillos mientras la dueña de casa le pone diarios en el piso para que no pise las baldosas frías y el marido le echa un poncho sobre los hombros, es tan inolvidable como el vuelo en helicóptero que lo llevaba a una posible muerte o a la solución del conflicto.
El relato del viaje de Alfonsín a Campo de Mayo tiene una particularidad: a pesar de que conocemos su desenlace, genera suspenso y emoción como cualquier película de ficción.
Es increíble que en el recuerdo de los argentinos, ese acto de arrojo ocupe tan poco espacio. Un presidente en ejercicio accedió a meterse solo y desarmado en la boca del león (palabras textuales de Rico en la película, que admite la valentía de Alfonsín), para encontrarse con gente armada hasta los dientes, que no conocía y que hacía cuatro días que no dormía.
Lo hizo, como queda claro en el testimonio de su canciller Dante Caputo, para evitar el derramamiento de sangre de otros argentinos.
Es un gesto extraordinario, poco común en nuestra historia que, hasta esta película, no había sido especialmente reivindicado. Fue, además, su espíritu conciliador lo que terminó pesando en la conciencia colectiva, que reinterpretó ese sacrificio gigante como un acto de cobardía.

Después de años en que la Argentina vivió pensando que la violencia era una forma posible de resolver sus conflictos políticos, un hombre solo empeñaba su reputación buscando que las soluciones se dieran en una mesa conversando y no a los tiros.
Wolf, como su ídolo cinematográfico (pero con mejores modales), Claude Lanzmann, creador de la monumental Shoah, pregunta bien y busca la precisión de cada detalle. ¿Dónde estaba sentado cada uno durante el encuentro final? ¿En qué lugar de la terraza se posó el helicóptero? ¿Dijeron tal y tal cosa en la conversación?
El documentalista como detective (un rol que Wolf había desarrollado en su opera prima en colaboración, Yo no sé qué me han hecho tus ojos), la política como un hecho policial que debe ser desentrañado: dos claves de esta película.
Si algo deja en claro "Esto no es un golpe" es lo extraordinariamente difícil que fue la transición argentina. El delgado sendero por el que se caminó esos años y lo mucho que se jugaba en cada decisión.
Como Wolf, valoro personalmente que las decisiones esenciales hayan quedado en manos de una persona como Raúl Alfonsín, firme en sus convicciones pero responsable a la hora de poner en riesgo la integridad física de los argentinos.
La película tiene además el mérito de poner en perspectiva algunas acciones mucho menos riesgosas pero mucho más aclamadas, como la orden de bajar un cuadro por parte de Néstor Kirchner. Pero esa, amigos, es otra historia.
("Esto no es un golpe" se acaba de exhibir en la 20 edición del Bafici)
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