"Alguna vez aprendí el nombre de todas las constelaciones. Me las enseñó mi padre advirtiéndome que este cielo alemán le resultaba totalmente ajeno. Yo tenía una obsesión con el cielo, las estrellas y los aviones. Sabía que un avión nos había traído a Heidelberg y que un avión nos llevaría de vuelta adonde pertenecíamos", así empieza La habitación alemana, la primera novela de la dramaturga Carla Maliandi que Mardulce distribuye por estos días. En ese primer párrafo ya quedan planteadas las distintas líneas que el libro le va a proponer al lector: el regreso de la protagonista a un lugar feliz de la infancia que se desarrolla lejos del lugar al que se supone que pertenece, el diálogo intergeneracional hija/padres, el desarraigo, la huida y la búsqueda de la seguridad o de la certeza. Y, aunque la autora afirme que no se propuso tematizarlo, el exilio. En esas primeras líneas también nace lo que se consolidará con el transcurrir de las páginas: una voz narradora en primera persona potente que guía la acción.

Maliandi construye una protagonista que repetirá el camino de sus padres tres décadas después para irse de Buenos Aires hacia el sur de Alemania a buscar refugio en el lugar en donde recuerda un pasado feliz. Escapando de una separación reciente viaja a la Ciudad en la que vivió de niña con sus padres filósofos, se aloja en una pensión de estudiantes sin estudiar y a partir de ahí una sucesión de hechos la vincularán con diferentes personajes a los que los une el desarraigo: una estudiante china que toma una decisión drástica y su madre, un tucumano que sí estudia y un profesor con el que se reencuentra de casualidad amigo de sus padres y que nunca pudo regresar a la Argentina.

Maliandi estuvo en el estudio de Infobae y habló de los rasgos de su propia biografía en la novela (es hija de filósofos, nació en Venezuela y vivió en Alemania y Canadá), de las diferencias entre trabajar dramaturgia y narrativa y sostuvo que se siente parte de una generación que sigue pensando el pasado reciente.

-¿Cómo fue el camino para llegar a esta primera novela?

-Fue un poco azaroso, no fue muy planificada la escritura de una novela. Soy dramaturga y tenía algunos cuentos y estaba explorando como era meterme a escribir narrativa y apareció una idea que era un personaje mujer que vuelve a un lugar de su infancia, que es Heidelberg en el sur de Alemania y me di cuenta a las dos páginas que iba a ser un trabajo largo. Me di cuenta rápido que no iba a ser un cuento.

-¿Y cómo nació ese personaje? ¿Tiene mucho que ver con usted?

-Algunas cosas se tocan con mi biografía, viví de chica un tiempito en Alemania y en mi imaginación volver a través de esta narradora a ese lugar que tiene que ver con mi infancia y con una época que recuerdo como muy feliz, era un ejercicio a través de este personaje que me producía mucha felicidad. Después de eso empezaron a aparecer otras cosas que tienen que ver con la experiencia narrativa: como es la voz del personaje, como es la respiración de este texto y cosas que tienen que ver con la escritura. Empieza volviendo a este lugar que yo tenía en recuerdos.

-¿Es muy diferente trabajar la narrativa y la dramaturgia?

-Es muy distinto, por varias cuestiones, no sólo por la escritura, sino también por cuestiones de producción y la forma en que el teatro independiente se hace en Buenos Aires. Escribí mucho de mis obras en compañía de los actores, entonces muchas veces hay una imagen muy embrionaria que se prueba con los actores en ensayos y a partir de eso y de verlos improvisar y de tener unas pocas líneas claras, volvía a casa y la obra iba avanzando en diálogo con lo que veía en los ensayos. Es una escritura mucho más acompañada que en la novela que es un proceso mucho más solitario, pero por otro lado la novela tiene una especie de libertad mayor. En la novela puede suceder todo, en el teatro muchas veces uno está condicionado por las posibilidades de producción, qué podemos poner en un escenario y que no y cómo podemos ser lo más imaginativos posibles.

En la novela puede suceder todo

-En ocasiones entrevisté a autores que van de la dramaturgia a la narrativa y uno ve que hay una oralidad muy presente en diálogos, aquí en su novela eso no se ve, es un texto con pocos diálogos pero con una presencia de lo oral puesto en los tonos de, por ejemplo, el personaje del tucumano o de la madre e hija china.

-No es una novela de tanto diálogo, aunque los tiene, tiene una escucha de las voces de los personajes, sobre todo del ritmo fonético que en el tucumano es más claro, por las formas de su acento y por la forma de articular las frases, pero en la voz de la narradora también aunque es más cercana a mí, también creo que hay un trabajo en la respiración de ese texto que si bien es narrativo, no es una novela teatral, eso sí creo que me viene del teatro: necesito escuchar lo que escribo, necesito escuchar esa voz para poder escribirle, tiene que tener un tono y determinada música.

-Es cierto, quizás la voz del tucumano sea lo único explícito que tiene la novela. ¿La utilización de las frases cortas la ayudan a lograr el ritmo que busca?

-A medida que empecé a avanzar me di cuenta que el tono era importante en la novela. El tipo de sintaxis que tiene sí puede ser un plan, de eso sí había una conciencia, no había una conciencia del plan argumental que iba sucediendo de manera fortuita que es también lo que le pasa al personaje que se encuentra con una serie de hechos catastróficos, en el sentido que no los puede prever, no los puede planificar y sobre eso avanza.

-¿Que el punto de partida sea una fiesta de filósofos sí ha sido una decisión que tomó?

-En realidad cuándo arranqué, arranque por otro lado, por Ezeiza, pero después me di cuenta que toda la novela tenía que transcurrir en Haidelberg y que ese recuerdo era el inicio de la historia. La imagen más clara del recuerdo de ese lugar es esa noche de despedida y la vuelta al lugar que pertenece, que además es una intriga, es más extraño al lugar que se pertenece que a ese lugar.

Necesito escuchar lo que escribo

-Otro rasgo de su biografía…

-También hay mucho invento pero sí esas reuniones tienen que ver con mi infancia, no sólo haya sino en reuniones en Buenos Aires donde se juntaban estudiantes y profesores en mi casa. Yo era muy chiquita pero solían hacerme partícipe de reuniones de adultos donde sucedían muchas cosas, desde la nostalgia hasta discusiones duras, filosóficas, sobre cuestiones muy abstractas que no podría explicar. Todo eso causaba en mí una especie de fascinación e iba a quedar en mi memoria mucho tiempo.

-Aún sin entender de qué se trataba.

-Sin saber de qué se trata pero algo de lo que sucedía en los cuerpos y en el tipo de apasionamiento que causaban algunos textos filosóficos que se discutían en ese momento y donde estaba mi papá y mi mamá, que también es filósofa, me causaba fascinación. No sólo en ámbitos filosóficos o en reuniones, también podía suceder en la playa en Las Toninas, de repente se encontraban dos filósofos en maya y empezaban a discutir sobre Heidegger y yo ya me daba cuenta que eso era raro, era una situación teatral.

-¿Su infancia transcurrió en varios lugares?

Sí, nací en Venezuela y estuvimos en varios lugares cuando era chica que coincidió con la época de la dictadura. No fue un exilio en el término duro de la palabra exilio, mis papás pudieron volver incluso antes que la dictadura terminara, pero las condiciones para ejercer la filosofía en esos momentos eran muy difíciles y muy incómodas. Mi papá ya había hecho el doctorado en Alemania y cuándo yo estaba por nacer surgió un trabajo en Venezuela y se fueron para allá, nací ahí y al tiempito viajamos a Alemania, después a Canadá, donde vive una tía mía. Mucho avión de chica.

-Uno de los méritos de su novela, además del ritmo, es la apertura de varias líneas de reflexión que aparecen implícitas: la protagonista se va y uno no sabe por qué, se va a un lugar en el que antes vivió y uno también intuye por qué e imagina el exilio y el desarraigo. ¿Eso formó parte del plan de escritura?

-Sí y también me di cuenta en el proceso de escritura que había zonas que no quería hacerlas explícitas. Se intuye que en Buenos Aires tuvo un trabajo, una pareja y un perro y cosas que conforman una vida más o menos tranquila. No sabemos bien qué fue lo que hizo que tomara la decisión de irse tan lejos pero sí sabemos que fue muy duro en su vida, que fue una separación y que eso implica que no se puede recomponer y que no sólo no se puede recomponer su relación de pareja, sino que esa vida de adulta en que las cosas parecían funcionar, se le vienen abajo y se le quiebran y entonces piensa en la infancia como un lugar de seguridad y la infancia es esa ciudad de Alemania.

Es imposible salir del todo de los setenta

-Busca una infancia feliz e idílica y pensaba en algo que me dijeron una vez: nadie migra porque quiere, todas las migraciones son forzadas por algo y ahí volvemos a lo implícito, donde en ese pasado la dictadura y el exilio aparece en forma tangencial y con Mario, el personaje que fue compañero de sus padres y nunca pudo volver a la Argentina. ¿No quiso adentrarse ahí?

-Discutiendo con alguna gente que hizo reseñas muy lindas y que agradezco mucho, no es una novela que tematice sobre la idea del exilio, sí tal vez, sobre la idea del desarraigo, del ponerse de pronto fuera de lugar, y el lugar al que uno cree pertenecer ya no le corresponde y lo que hace el personaje es huir. Si pensamos en los padres del personaje, no en los míos, en algún momento huyeron, y ella vuelve a hacer lo mismo en otras condiciones, en otro momento histórico, con cosas que tienen más que ver con lo sentimental que con lo político pero el procedimiento es el mismo: de acá me tengo que ir.

-El desarraigo es algo común a todos los personajes.

-Sí, todos los personajes viven una especie de desarraigo y de no estar en el lugar en el que supuestamente les corresponde. El personaje de Mario es clave porque ahí sí está trabajada la idea de exilio en el sentido clásico. Se ha quedado en Alemania, que llegó joven y pudo hacer su carrera allí y ahora es un señor adulto, casi entrando en la vejez y que, dice la novela, parece formar parte del paisaje, se adaptó tanto que ya cuesta reconocerlo como un argentino. Es alguien que no pudo volver jamás, que no quiere volver a una ciudad en la que ya no va a encontrar a sus afectos, algunos desaparecidos y otros muertos naturalmente.

-¿Este texto forma parte de una literatura muy rica que desde hace unos años están escribiendo los hijos de los protagonistas de los setenta?

-Es probable, no es algo que yo pueda teorizar como grupo de escritores de mi generación.  Es imposible salir del todo de los setenta, es una historia que no pasó, que sigue pasando, que todo el tiempo hay que revisar, que todo el tiempo hay que buscar las palabras para poder volver a decirlas. No creo que mi novela tematice y lo digo como autora pero muchos lectores leen el exilio y me gusta esa lectura, son cosas que como autora no las percibí en un principio pero me persigue de alguna forma que no se puede dejar de lado.

-¿Lee a esos autores a los que me refiero?

-Sí, creo que hay operaciones narrativas distintas pero sí que podíamos incluirnos en un grupo que está pensando nuestro pasado reciente, en nuestros orígenes. Es un repensar todo tiempo algo que todavía no se puede dejar de lado y que no se va a poder dejar por muchas generaciones más.

 

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