
No hizo falta poner los aires acondicionados en número negativos, tampoco empapelar las paredes de un blanco gélido, mucho menos dispersar por el lugar fragmentos de algodón o espuma para simular una tormenta de nieve. La sola presencia de los artistas, investigadores y pensadores en el Faena Art Center de Puerto Madero que hace apenas unas horas se habían bajado del Akademik Ioffe, el barco que los llevó en una expedición por el sur del mundo, daba la impresión de estar, al menos por una ráfaga de segundos, en medio de la Antártida.
La historia comienza cuando en 2011, el artista, marinero y filósofo ruso Alexander Ponomarev crea la Antarctic Biennale. Este 2017 se llevó a cabo la primera: el 17 marzo el buque partió desde Ushuaia. En varios puntos del contintente blanco, los artistas bajaron e instalaron sus obras, las probaron, las pusieron en contacto con el hielo, el clima, la vida gélida del polo sur. Hubo charlas, ponencias y una larga convivencia entre todos los pasajeros durante once días. El 28 de marzo por la noche llegaron a Buenos Aires.
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Para este colectivo, el concepto de arte entra en cuestión con el contexto actual: el calentamiento global -que no es otra cosa que el cambio climático que se percibe en los últimos siglos con sus efectos- y la posibilidad de pensar a la humanidad más allá de su contemporaneidad; vislumbrar un futuro habitable y armonioso. Artistas de todo el mundo hicieron la expedición: Hani Rashid, Abdullah Al Saadi, Zhang Enli, Matthew Ritchie, Paul Roseo Contreras, Juliana Cerqueira Leite, Sho Hasegawa, Julian Charriere, Julius von Bismarck, Gustav Dusing, Lara Favaletto, Yto Barrada. Los argentinos elegidos fueron Joaquín Fargas y Tomás Saraceno.

El lugar pactado para la conferencia es gigante. Pablo Avelluto, el Ministro de Cultura de la Nación, confiesa que siempre deseó con "poner ruedas a los museos" y que la Antarctic Biennale refleja un poco esta idea. Mientras habla, un muchacho de corbata lo traduce al inglés; lo mismo hace cuando Ponomarev, el gurú de esta idea arriesgada, habla en ruso.
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Minutos antes, en la inmensidad del Faena Art Center que poco a poco se va poblando, Fargas le sonreía amablemente con una copa en la mano a todo aquel que se acercaba a saludarlo. Su gran creación, el Glaciator, está a un costado, imantando la vista de todos. Creado en conjunto con la Universidad Maimónides, son dos robots alimentados a energía solar que, mientras andan, ayudan a compactar y recristalizar la nieve hasta convertirla en hielo y a que se adhiera a la masa del glaciar.
"Ir a la Antártida representa de alguna forma conservar nuestro futuro porque el futuro depende de las condiciones antárticas", dice en diálogo con Infobae, y agrega: "Nunca se supo que época fue mejor o peor. La Antártida hace 50 millones de años era una jungla, entonces la pregunta es: ¿era mejor cuando era una jungla o es mejor ahora que está congelada? Evidentemente si esos hielos se descongelaran, la vida tal cual hoy la tenemos planteada sufriría un impacto importante".
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Su presencia en el continente blanco tuvo una condición: no quería que fuera "un viaje turístico que no tiene más relevancia que el aspecto personal de haber conocido un lugar y sacar fotos bellísimas" sino que tuviera "el efecto multiplicador de la concientización". En esta línea, se refirió a su visión del arte: "Siempre encontré en la parte artística una utilidad, una practicidad, un mensaje, que puede ser simplemente de preservación de la especie humana o un pensamiento profundo de cómo somos nosotros".

A Joaquín Fargas, lo que más le interesa es el concepto, la idea que expresa la obra. "El medio es casi irrelevante, yo creo que lo importante es el concepto que tiene que estar atrás. Ahí el arte tiene una obligación, una misión importantísima", dice y, acto seguido, expone una de sus frases de cabecera: "Debemos hacer algo aunque no sepamos los resultados, porque de no hacer nada ya sabemos los resultados".
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Por su parte, Tomás Saraceno (quien la semana próxima inaugura una gran muestra en el Museo de Arte Moderno) estuvo en el viaje, pero sólo algunos días. Allí desplegó su último proyecto, el Aerocene: esculturas con aire que viajan alrededor del planeta. "Estamos tratando de formar una nueva época geológica -le dice a Infobae en las escalinatas del edificio, terminado el evento- que no solamente los humanos la puedan formar y podamos darle entidad a cosas que no estamos acostumbrados a pensar que tienen vida… desde el polvo cósmico, unos globos. El proyecto busca nexos de colaboración que normalmente no están muy enraizados en el mundo del arte pero que tratamos de expandir las disciplinas".
"El proyecto de Aerocene no inventa un futuro sino que vuelve a buscar relaciones con el planeta Tierra, que son mucho más primitivas", dice, e insiste que la idea es "buscar el diálogo más que humano: ecología del medio ambiente, social y mental". Junto a él, trabajan Liz Barry y Nick Shapiro.
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Este último, junto a Saraceno, recuerda la expedición y, en su inglés elastizado, asegura haber visto "las montañas más grandes, los mamíferos más grandes, todo como al borde del precipicio, un paisaje al punto de la extinción". Por último, Shapiro se refiere al Aerocene: "No es una promesa de futuro sino que, al mirar cómo fue el pasado, podemos especular sobre formas futuras. No es como el iPhone o internet, se trata de articular las cosas de una forma distinta".

Aquellos días en el continente blanco concluyeron. Los gélidos vientos y las temperaturas bajo cero ya dejaron de actuar sobre los cuerpos de los tripulantes que cuentan su viaje con entusiasmo, pero también con un dejo de cansancio. Soportar no sólo el frío, también la inmensidad del paisaje, cuentan, no es nada fácil. Desde aquel desierto de hielo, un lugar milenario, iniciático, que parece hablar del origen del mundo, los artistas se sentaron a pensar hacia dónde vamos, el porvenir de la humanidad. El arte, la búsqueda del futuro.
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