
Algunos animales cuentan con sistemas sensoriales capaces de detectar señales que para los seres humanos pasan inadvertidas. Determinadas especies pueden percibir el calor de una presa en plena oscuridad, registrar las vibraciones del agua con la piel o incluso utilizar el campo magnético de la tierra para orientarse.
De acuerdo con Phys.org, estos casos forman parte de un conjunto de adaptaciones presentes en víboras, ranas, salamandras, tortugas, cocodrilos, lagartos, entre otros. Sus capacidades son el resultado de adaptaciones que les permiten sobrevivir en distintos ambientes.
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Las fosas faciales convierten el calor en información para cazar
Según el artículo publicado en Journal of Experimental Biology, algunas serpientes cuentan con terminaciones nerviosas que detectan variaciones mínimas en la radiación infrarroja, una forma de energía vinculada al calor emitido por los cuerpos.

En las víboras de foseta, estas estructuras forman un par de cavidades visibles entre los ojos y las fosas nasales. Las boas y las pitones, en cambio, tienen varias fosas de menor tamaño alrededor de la boca.
Ese sistema permite diferenciar a una presa caliente de un ambiente más frío; por ejemplo, un ratón en una habitación sin luz podría resultar casi imperceptible para una persona. Mientras que, para una serpiente equipada con fosas sensibles, aparece como una referencia térmica.
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El ejemplar no puede simplemente apagar su calor corporal y esconderse. La sensibilidad frente a pequeñas variaciones de temperatura ofrece una ventaja a los depredadores que se desplazan o cazan durante la noche.
La lengua bífida completa la percepción química de las serpientes

Además de los órganos que captan el calor, todas las serpientes usan la lengua bífida, dividida en 2 puntas, para recoger información del aire. Con ese movimiento buscan rastros químicos vinculados con presas o parejas.
La capacidad muestra que la percepción de estos reptiles no depende de un solo sentido, ya que la información térmica se integra con los datos que reciben mediante la vista, la lengua y otras estructuras corporales.
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Los animales desarrollaron sentidos adaptados a problemas concretos de su entorno. En los hábitats acuáticos, por ejemplo, las diferencias físicas entre el agua y el aire exigen mecanismos distintos de los utilizados por especies terrestres.
Los anfibios presentan varias de esas modificaciones. Su piel no solo los cubre: también participa en el intercambio con el medio, ya que pueden respirar y beber a través de ella, liberar toxinas como defensa y conservar sensibilidad frente a estímulos externos.
El sapo de Surinam percibe peces con 128 estructuras sensoriales

Entre los casos mencionados se encuentra el sapo de Surinam, una rana de cuerpo plano, ojos pequeños y piel marrón y verrugosa que habita las aguas turbias de la cuenca del Amazonas. Su nombre se asocia con la apariencia de la piel, pese a que pertenece al grupo de las ranas.
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El estudio divulgado en Journal of Comparative Physiology A plantea que los investigadores de la Universidad de California descubrieron recientemente que la especie emplea las puntas de sus dedos para registrar movimientos en el agua.
Cada dedo termina en un grupo de 16 lóbulos pequeños, por lo que el animal dispone de 128 estructuras sensoriales. Estos lóbulos le permiten advertir movimientos leves de un pez aun cuando la oscuridad o el agua turbia limiten su visión.
Cuando percibe una presa, el sapo extiende sus patas delanteras con los dedos abiertos y abre la boca de forma repentina. De ese modo, absorbe al pez en una fracción de segundo sin necesidad de depender principalmente de sus ojos.
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La piel de las ranas registra presión, contacto y vibraciones

Otra capacidad de los anfibios es la mecanorrecepción cutánea, definida como la detección de estímulos mecánicos mediante la piel, que incluye la percepción del tacto, la presión y las vibraciones.
Las ranas no necesitan observar de forma permanente lo que ocurre a su alrededor. Pueden mantenerse inmóviles mientras los receptores distribuidos por el cuerpo registran señales del entorno.
De acuerdo con Journal of Ethology, algunas especies responden únicamente cuando un depredador en movimiento se acerca a una distancia de entre 38 y 76 centímetros. Limitar los desplazamientos puede evitar que el animal llame la atención de un atacante o aleje a una posible presa.
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Las tortugas usan el campo magnético como guía de orientación

La magnetorrecepción es la capacidad de detectar el campo magnético terrestre. El artículo menciona pruebas de esta percepción en salamandras, ranas, tortugas, cocodrilos y algunos lagartos, aunque los mecanismos exactos y la utilidad ecológica varían entre especies.
Las tortugas marinas son uno de los ejemplos más conocidos. Al entrar al océano, las crías pueden iniciar viajes de hasta 13.000 kilómetros y responder a campos magnéticos relacionados con diferentes zonas geográficas, tal como se detalla en la revista científica Science.
El campo magnético de la Tierra no es igual en todos los lugares. Por eso, un animal que detecta esas variaciones puede utilizarlas como parte de una referencia para orientarse durante sus desplazamientos.
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En conjunto, los estudios muestran que anfibios y reptiles recurren a mecanismos distintos para detectar amenazas, localizar presas y orientarse.
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