(Foto: cortesía)
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Por Celia Antonini 

El miedo es una emoción con la que todos nacemos. Para nuestros antepasados, fue una emoción muy útil que los ayudaba a sobrevivir en su medio, a protegerse de los peligros y a mantenerse a salvo. En ese entonces el miedo era el mejor sistema de alerta para mantenerse con vida y evitar ser comido por un león, pero en el presente, mantener un estado de alerta continua, parece no ser tan necesario. Difícilmente vayamos a encontrarnos con un animal salvaje en nuestro camino a la oficina y tampoco vivimos bajo amenazas de vida reales, por lo menos no de manera continua, pero a pesar de ello, seguimos activando el miedo como si corriéramos peligro de supervivencia.

El miedo tiene una importante carga genética. Es una emoción primaria y constitutiva que se activa ante cualquier estímulo que consideremos amenazante, sea real o imaginario.

Los pensamientos que tenemos son determinantes a la hora de reducir o aumentar nuestros miedos. Un solo pensamiento de temor puede tener la misma fuerza y desencadenar los mismos mecanismos que un león frente a nosotros. Cuando las proyecciones mentales que hacemos tienen una alta carga de incertidumbre y de pensamientos negativos, el miedo no se hace esperar. Imaginarnos un futuro amenazante nos dispara inmediatamente un sentimiento de ansiedad o angustia. Cuando nuestros miedos están en el mañana no tenemos posibilidades de actuar y ante la inacción, lo único que nos resta es quedarnos esperando a que pase lo peor.

Cuando imaginamos algo, sabemos que lo estamos haciendo y somos conscientes de la clase de pensamientos que estamos teniendo, pero nuestra mente no puede hacer una distinción. Si lo que pensamos es posible o cierto para nosotros, nuestra cabeza reaccionará por igual a nuestras fantasías o a una situación real y concreta. Tampoco le importa a nuestro cerebro si lo que pensamos forma parte del presente o del futuro, con solo darle crédito a lo que estamos pensando es suficiente para que nuestra mente lo tome como verdadero y reaccione de acuerdo a ello. No necesitamos más que un pensamiento que nos resulte posible o probable para sentir miedo. Con pensar que podemos perder el trabajo o que nuestra pareja me está siendo infiel, es suficiente.

El miedo se presenta de muchas formas y su intensidad determina las manifestaciones emocionales y físicas que conlleva toda emoción que implique temor. Si lo pensamos como un abanico, podemos poner en un extremo a su hermano menor: la ansiedad y en el otro extremo a su hermano mayor: el pánico. Dentro de ese espectro, a su vez fluctúan un montón de emociones que van desde la incomodidad, ansiedad, preocupación, angustia, nerviosismo, temor y tensión acompañadas de manifestaciones físicas con distintos gradientes de intensidad, tales como tensión muscular, palpitaciones, escalofríos o sofocaciones, temblores, mareos, náuseas, vértigo, sensación de ahogo, falta de aliento, sudoración, miedo a perder el control o a volverse loco y miedo a morir. Un recorrido emocional que abarca desde el más pequeño malestar hasta la sensación de muerte que se experimenta en un ataque de pánico.

El miedo siempre se siente en el cuerpo y podemos utilizar sus señales para darnos cuenta que nivel de malestar estamos teniendo y a su vez preguntarnos si el miedo que estamos experimentando, corresponde a una situación real o imaginaria. La mayor parte de las veces somos nosotros, sin darnos cuenta, los que activamos ese circuito emocional.

Es más fácil luchar contra los peligros reales que con los escenarios mentales que solemos construir. En ocasiones podemos crear verdaderas películas de terror que nunca tendrán un lugar en la vida real.

Cuide sus pensamientos, no desestime la fuerza y el poder que tienen. Usted puede ayudarse a no convertir su mente en una manada de leones

*Psicóloga y escritora

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