
El Hotel Mutiny es un edificio erguido en Coconut Grove, cerca del downtown de Miami. A simple vista pareciera una construcción más de las que habitan la ciudad. Sin embargo, un acercamiento a la historia del lugar revela los escalofriantes sucesos que albergó en los años setenta y ochenta, cuando el narcotráfico crecía en la Florida y el Mutiny se convirtió en el escenario principal de sus protagonistas.
Tanto el hotel como su club —exclusivo, con membresía— se inauguraron en 1969. Desde sus inicios llamó la atención de celebridades del deporte, el cine, la música y la política. Y de los narcotraficantes. Y de los agentes encubiertos.
El creador y administrador del lugar, Burton Goldberg, ideó un espacio donde cualquier fantasía fuera posible. Y al darse cuenta de que muchos de sus clientes eran nuevos ricos venidos a Miami desde Colombia, Venezuela, Cuba y países de Centroamérica, decidió que su negocio debería cautivar y seducir al macho latino.

Sus instalaciones, coloridas y glamorosas, eran una fiesta sin fin. Todos querían al menos un poco de la diversión puertas adentro, sin sospechar que muy pronto el hotel le debería su celebridad a algo más que el baile, el sexo y el lujo.
“Si las paredes pudieran hablar, las nuestras contarían una historia épica”, recuerda una placa en el hotel. Y sí, es mucho lo que contarían esas paredes. La historia de la mesa 14, la que cada noche ocupaban los narcos para cerrar negocios o tramar nuevas entregas. Las prostitutas que escondían las armas de sus clientes cuando la policía tocaba a la puerta de la habitación. Las veces que dos narcotraficantes se enfrentaron en los pasillos. La polémica trayectoria de Ricardo Monkey Morales. O la noche en que se llenó una bañadera con champagne.

O de las codiciadas chicas Mutiny, contratadas por Goldberg. Eran mujeres envidiadas por su belleza, su acceso al dinero y a los mayores magnates de esos años.
Esa atmósfera la recrea brillantemente la película Scarface, el clásico de 1983 que escribió Oliver Stone, dirigió Brian de Palma y protagonizó Al Pacino con su personaje de Tony Montana. El ficticio Club Babylon que aparece en el filme, está inspirado en el Mutiny.
Las estrellas de Miami Vice también sintieron la atracción gravitacional hacia el Mutiny. Don Johnson festejaba allí, y Philip Michael Thomas se mudó con su familia e insistió en estacionar su Ferrari púrpura de imitación en la acera. Los creadores del exitoso programa estudiaron a los agentes y capos en el Mutiny; un capo de la droga que cooperó incluso se las arregló para llegar a dos episodios.

El Hotel Mutiny encarna la grandeza y decadencia del mundo de la cocaína en el sur de la Florida. Ningún otro lugar atrajo tanto a traficantes, modelos, hombres de negocios, políticos y superestrellas.
El derroche de dinero era algo singular. Nada más para tener acceso a las instalaciones era necesario una membresía, costaba USD 75 y consistía en una tarjeta metálica con el símbolo de un pirata guiñando un ojo. Ese era el pase de entrada a otros pases —menos pueriles— que había dentro.

Era tanto el dinero especulativo que circulaba por Miami que el Mutiny vendía más botellas de Dom Pérignon que cualquier otro establecimiento del planeta, según el distribuidor del champagne, cuyos ejecutivos visitaron el lugar, incrédulos, a comienzos de los 80. Una suite del hotel se convirtió en una cámara frigorífica gigante; las mujeres bailaban en cascadas burbujeantes sobre la mesa con montones de copas; los consumidores llevaban botellas para la casa y la gerencia a menudo sacaba el avión privado del Mutiny a última hora para comprar aún más champagne en otras ciudades
El Mutiny era el centro neurálgico donde se reunían, además de los artistas o deportistas famosos, políticos, narcos, traficantes de armas, sicarios, prostitutas… a beber, botella tras botella, de forma interminable, en jornadas maratónicas que incluían orgías y drogas. Muchas veces sin pudor, en las mesas del bar; otras en alguna de las 130 habitaciones decoradas como en un libro de fantasía.
La tarjeta de presentación del Mutiny, junto a la dirección, invitaba a obtener los “privilegios de invitado en el club privado más chic de Miami”.

La historia del hotel apasionó al escritor y periodista Roben Farzad, autor del libro Hotel Scarface: donde los jinetes de la cocaína iban de fiesta y conspiraban para controlar Miami, quien en entrevista con la BBC dijo que el Mutiny “era un paraíso en medio del infierno”.
Sicarios y mercenarios buscados internacionalmente se divertían en el Mutiny. Los visitantes frecuentes escondían sus armas en los cojines y cajas de dinero en efectivo y cocaína en sus habitaciones. Las balas volaron en ocasiones. Se atraparon matones. Se colaron refugiados. Muchos policías recibieron sobornados. Muchos traficantes fueron grabados. Se contrataron pilotos. Se les puso precios a cabezas. Se tramaron complots.
Entre los cocaine cowboys que asistían estaban Francisco Condom-Gil, Nelson Aguilar, los hermanos Raúl y Rafael Villaverde y Monkey (a quien la fama de doble agente lo antecedía) o su socio Carlos Quesada. Esos y otros nombres dejaron una ola de terror que convirtió a la ciudad —en la que otrora muchos ancianos pasaban sus años de retiro— en la capital nacional del asesinato.

El esplendor terminó a mediados de los ‘80, luego de que alguien asesinara a Margarita, una de las chicas Mutiny. La violencia en la Ciudad Mágica alcanzó niveles sin precedentes. Desde entonces las autoridades presionaron cada vez más, y junto a otros sucesos, como la aparición del sida y las peleas frecuentes entre narcos, el hotel fue perdiendo su clientela.
La Aduana, la DEA, el FBI y otras instituciones federales se desplegaron contra el narcotráfico de Miami, que para ese entonces era una ciudad convulsa y las guerras entre bandas estaban a la orden del día.

Incluso la revista Time, en su edición del 23 de noviembre de 1981, tuvo una inusual portada y cuestionaba, refiriéndose al sur de la Florida: “¿Paraíso perdido?”.
Luego de años de derroche y opulencia, en 1984 Goldberg vendió el hotel por USD 17 millones, y el edificio estuvo abandonado hasta mediados de los 90, cuando una cadena hotelera lo restauró y volvió a poner en funcionamiento, esta vez con propósito totalmente distinto al original.
Actualmente el Mutiny funciona como hotel-condominio, donde se pueden rentar apartamentos a corto plazo. Aunque ya no es el edificio concurrido de antaño, y el escándalo ha abandonado sus instalaciones, el lugar sigue conservando su sex appeal.




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