(Infografía: Marcelo Regalado)
Las cifras que este artículo informa pueden cambiar minuto a minuto. La dictadura cubana arresta, libera bajo amenaza y reprime de manera incesante, lo que realmente complica la documentación de los casos. Todo es hermético en Cuba, hasta las detenciones, pero desde el domingo 11 de julio, algo cambió… Miles perdieron el miedo.
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Hasta ahora, las organizaciones defensoras de los derechos humanos y los movimientos disidentes contabilizaron 382 detenciones desde el 11 de julio, cuando las manifestaciones espontáneas se volvieron multitudinarias, e inocultables. La mayoría de los arrestados fueron hombres (310).
Las detenciones se produjeron por fuerzas de la dictadura, en su mayoría agentes de civil, que comenzaron sus redadas luego de que el dictador Miguel Díaz Canel llamara a los “revolucionarios comunistas” a salir a combatir a los que protestaban, en un acto de desesperación que lo puso en el foco mundial: en cadena nacional llamó a un baño de sangre, a un enfrentamiento entre cubanos…
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Las primeras manifestaciones se produjeron en San Antonio de los Baños y el resto de los cubanos se enteró por transmisiones en vivo que los mismos manifestantes publicaron en sus redes sociales. Al grito de “¡abajo la dictadura!”, “libertad” y “patria y vida”, vino el efecto dominó: luego se encendió Palma Soriano y a medida que pasaban las horas estalló La Habana. Una columna inimaginable de cubanos llegó al Malecón hasta que fue brutalmente reprimida.
La capital fue el lugar con más arrestos por parte de las fuerzas del régimen, con 112 detenciones y luego se ubica Holguín, con 76. Además, aún hay 28 cubanos desaparecidos, probablemente apresados por la dictadura pero que no fueron registrados oficialmente y sus familiares no saben dónde están retenidos o si están con vida.
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En paralelo a las detenciones, la dictadura bloqueó los datos móviles: sin acceso a redes sociales, los manifestantes no podían ni informarse de más movilizaciones ni difundir en el resto del globo lo que allí sucedía. Apagón- represión, el combo preferido de la dictadura castrista.
Pero bloquear todo ya no es sencillo, no lo es desde hace tres años cuando internet llegó a los móviles de todos los cubanos. “Esto habría sido imposible sin una Cuba digitalmente conectada. Las redes sociales jugaron un papel facilitador fundamental al canalizar el descontento generalizado y permitir a la gente ver a otros expresar sin miedo frustraciones compartidas”, señaló a EFE Ted Henken, profesor de Sociología y Estudios Latinoamericanos en el Colegio Baruch de Nueva York. El experto define internet como “una caja de Pandora que ha traído constantes dolores de cabeza al régimen al permitir a los cubanos perder cada vez más el miedo colectivo e identificar su descontento con el de muchos otros conciudadanos”.
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Díaz- Canel fue también por la prensa, intentó silenciar a los corresponsales, sus fuerzas de choque golpearon a un fotógrafo de la agencia AP e incluso se llevaron detenida a una influencer en vivo, mientras daba una entrevista para la TV española, pero las maniobras usuales no alcanzaron.
A diferencia de marchas anteriores -como las Damas de Blanco (un colectivo de madres y esposas de presos políticos) y el Movimiento de San Isidro (artistas que reclaman libertad de expresión)-, estas manifestaciones se han extendido más allá de sus pequeños enclaves y han estado integradas por decenas de miles de cubanos, a pesar de las duras tácticas de represión.
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Es que el domingo 11 de julio sucedió lo que parecía imposible en una isla controlada férreamente por el aparato represivo de la dictadura: miles de cubanos salieron espontáneamente a reclamar. Díaz Canel y sus “revolucionarios comunistas” podrán aplastar este foco, pero no será el único.
“Lo que ocurrió tiene muchas lecturas pero en principio es una protesta social, la más grande ocurrida desde 1959, que somete a discusión profunda las bases de lo que se ha entendido por el ‘consenso cubano’”, explicó a Efe el profesor e investigador cubano Julio César Guanche. A su juicio, “es previsible que vuelva a ocurrir” y “eso significa leer la causa no como explosión en sí misma sino como un continuo que con un detonante puede explotar, pero siempre respondiendo a un proceso que remite a sus causas y a sus motivos”.
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“Hay una línea de tiempo que venía indicando que cosas como estas ocurrirían y no hay nada que indique que esto sea el capítulo final de este proceso, a no ser que se entienda como un punto de ruptura y se modifiquen muchas de las bases de la política en sí misma, también de la política económica, social, incluso del lenguaje político que el Estado cubano usa”, afirmó el intelectual.
Tampoco el historiador cubano Rafael Rojas, del Colegio de México, descarta “nuevos brotes de manifestación pública” dado que la represión de la última semana contra los manifestantes “se sumará al cúmulo de agravios que sufren amplios sectores de la población de más bajos ingresos dentro de la isla”. “Es difícil vislumbrar algún tipo de salida a este conflicto en el corto plazo. La polarización se intensificará porque miles de manifestantes pacíficos, de sectores humildes de la isla, han sido tratados como ‘contrarrevolucionarios’ y ‘delincuentes’. En esa ciudadanía inconforme, que crece demográficamente, se afianzará el enojo”, asevera el intelectual del Colmex.
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En 1994 cientos de cubanos volcaron su rabia y desesperación en el bulevar frente al mar conocido como el Malecón. El país se encontraba en medio de una crisis económica conocida como el “periodo especial”, cuando el colapso de la Unión Soviética despojó a Cuba de su principal socio comercial y dejó al país al borde de la hambruna. Aunque existen paralelismos con las protestas de 1994, una diferencia, según los analistas, es que Díaz-Canel tiene pocas opciones, incluso cuando la paciencia del pueblo cubano está en su punto más bajo.
“Díaz-Canel no puede pedir más sacrificio. Díaz-Canel no puede decir que esto es sólo un bache... se acabará. Es incapaz, creo, de convencer a la opinión pública de que tiene arreglo”, afirmó la historiadora de Cuba y profesora de la Universidad de Nueva York, Ada Ferrer.
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Según afirman estos expertos al Washington Post, Díaz Canel esta vez no puede utilizar la migración como una válvula de escape para la oposición, como hizo Castro con el éxodo del Mariel en 1980 y el éxodo de 1994 a Estados Unidos. “Muchos de los manifestantes actuales no quieren salir de Cuba”, explicó Iris Ruiz, coordinadora del Movimiento San Isidro. Han visto a generaciones de cubanos abandonar la isla, pero la vida de los que se quedan no ha mejorado. No podemos seguir así”.
En cualquier caso, esto es inédito, afirmó al Post Pavel Vidal, un economista que trabajó en el Banco Central de Cuba y ahora enseña en la Pontificia Universidad Javeriana en Colombia: “No sabemos cuándo y no sabemos cómo, pero es innegable que esto significará un cambio”.
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