
La presión puede aparecer mucho antes del silbato inicial. Está en el nudo en el pecho al despertar el día de una competencia, en el pensamiento que vuelve una y otra vez después de un error, en la necesidad de revisar el teléfono para saber qué se dijo en redes sociales. En el Día Mundial de la Salud Mental, que se conmemora cada 10 de octubre, especialistas consultados por Infobae advirtieron sobre la necesidad de incorporar la salud mental como parte estable de la preparación deportiva.
Para un deportista, rendir no implica solo entrenar el cuerpo, aprender una técnica o seguir una estrategia. También supone convivir con expectativas propias y ajenas, con el temor a no estar a la altura, con una lesión que interrumpe un proyecto o con una derrota que parece ocuparlo todo. A veces, ese malestar no llega en forma de palabras. Puede sentirse como cansancio, tensión muscular, insomnio, irritabilidad o una dificultad repentina para concentrarse.
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La psicóloga del deporte Laura Spaccarotella señaló que la presión no produce una sola respuesta. “Depende de la interpretación que cada deportista haga de la presión”, explicó. Para algunas personas, puede ser una señal de que están listas para competir. Para otras, adquiere el peso de una amenaza.

La presión deportiva puede sentirse en el cuerpo, el ánimo y los pensamientos
Un error en un entrenamiento puede convertirse en una escena que se repite durante horas. La cabeza vuelve a ese pase impreciso, a esa marca perdida, a una indicación del entrenador que quedó dando vueltas. En ciertos momentos, la exigencia parece instalarse incluso fuera de la cancha, la pista o el gimnasio.
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Spaccarotella explicó que la presión puede expresarse en distintos planos. En lo cognitivo, puede afectar la atención y la coordinación. En lo emocional, puede provocar cambios de humor. En el cuerpo, puede relacionarse con mayor tensión muscular, fatiga o lesiones. “La presión puede tener consecuencias neutras, salutarias o patológicas”, planteó.
La incertidumbre sobre el resultado forma parte de cualquier disciplina. No se puede controlar un rival, una decisión arbitral, una lesión o el desarrollo completo de un partido. Esa falta de control puede resultar difícil de tolerar, sobre todo cuando el deportista siente que su valor personal depende de ganar.
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También pesan otros factores: la duda sobre el propio talento, los conflictos con un entrenador o un equipo, las cuestiones económicas, la posibilidad del retiro, la continuidad de una carrera y los problemas que ocurren fuera del ámbito deportivo. La exigencia puede aumentar tanto después de una derrota como tras un triunfo, cuando aparece el temor a no poder sostener el nivel alcanzado.

El miedo a fallar puede bloquear el rendimiento de los atletas
El médico psicoanalista Ricardo A. Rubinstein, miembro titular en función didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), definió la presión como una carga que el deportista siente frente a aquello que cree que debe cumplir. Esa carga puede manifestarse como angustia, tensión o endurecimiento físico. También puede adoptar la forma de una sobreexcitación que impide encontrar calma durante la competencia.
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“El miedo a fallar sin duda es un factor muy importante en los deportistas y es causa de ansiedad”, afirmó Rubinstein a Infobae. En esos casos, el cuerpo puede quedar rígido, el juego pierde fluidez y cada decisión parece requerir un esfuerzo mayor. Lo que antes salía de forma casi automática se vuelve difícil.
La baja confianza, el perfeccionismo y la autoexigencia pueden agravar ese estado. También influyen las presiones externas: las expectativas familiares, los cuestionamientos de dirigentes, las indicaciones de los entrenadores, el trato de la prensa y la reacción del público.
Frustrarse es inevitable en una actividad donde se gana y se pierde. La dificultad surge cuando la derrota se vive como una prueba de incapacidad o cuando una equivocación parece imposible de reparar. Aprender a atravesar esas situaciones no significa negar el enojo, la tristeza o la decepción. Implica poder reconocerlas sin quedar atrapado en ellas.
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Las redes sociales amplifican la mirada sobre cada desempeño
Un deportista puede salir de una competencia y encontrarse, a pocos minutos, frente a una catarata de opiniones. Algunas celebran. Otras cuestionan. Otras reducen una carrera entera a una jugada, una marca o una imagen. La exposición pública dejó de terminar cuando se apagan las luces del estadio.
Para Spaccarotella, el efecto de las redes sociales depende de la edad, la personalidad, el momento de la carrera y la experiencia del atleta. También intervienen la autoestima y la capacidad de tolerar opiniones ajenas. “La autoevaluación tiene que ser lo más objetiva posible y estar centrada en su preparación deportiva”, sostuvo.
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El desafío no consiste solamente en decidir qué publicar. También incluye aprender qué leer, qué dejar pasar y qué interpretación dar a los comentarios. Un mensaje agresivo puede ocupar mucho espacio si llega justo en un momento de inseguridad. Una aprobación masiva también puede volverse una exigencia difícil de sostener.
Rubinstein consideró que la experiencia ayuda a ubicar esas reacciones en una dimensión más limitada. La valoración personal, señaló, debería asentarse en el trabajo, las capacidades y el proceso deportivo, no en la aprobación inmediata que ofrecen las plataformas.

La preparación psicológica debería comenzar desde las etapas formativas
La salud mental suele entrar en conversación cuando aparece una crisis: una lesión reiterada, ataques de ansiedad, dificultades para dormir, desmotivación, conflictos en un plantel o dudas sobre la continuidad en el deporte. Los especialistas plantean que la consulta no debería quedar reservada para esos momentos.
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“Lo mental se entrena como se entrena lo físico, lo técnico y lo táctico”, afirmó Spaccarotella. Desde esa mirada, el acompañamiento psicológico puede ayudar a construir recursos antes de que el malestar se vuelva más intenso: reconocer señales de agotamiento, poner límites, recuperar el descanso, procesar frustraciones y sostener vínculos por fuera de la competencia.
La especialista advirtió, además, que un deportista necesita otras fuentes de gratificación además de su identidad deportiva y de los resultados. Un día sin entrenamiento, una charla que no gire alrededor del rendimiento, una actividad de ocio o un tiempo de recuperación psíquica también forman parte del cuidado.
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La consulta profesional puede ser necesaria cuando el deporte deja de disfrutarse, cuando el sufrimiento se repite o cuando la exigencia empieza a invadir otras áreas de la vida. Pero el acompañamiento regular ofrece otra posibilidad: que el deportista no tenga que esperar a sentirse al límite para pedir ayuda.
Los clubes de barrio cumplen una función social, pero necesitan recursos de salud mental
Los clubes de barrio suelen ser un espacio de pertenencia, juego y contención. Para muchas familias, son el lugar donde niños y adolescentes construyen amistades, encuentran adultos de referencia y ocupan horas que, de otro modo, podrían transcurrir en soledad.
Spaccarotella remarcó que estas instituciones hacen mucho con los recursos disponibles, aunque muchas veces deben responder a situaciones complejas sin equipos suficientes ni programas sostenidos. La falta de una planificación integral también puede alcanzar a los clubes de mayor dimensión, donde hay gran cantidad de deportistas y disciplinas, pero no siempre un seguimiento psicológico regular.

“Una charla no alcanza”, advirtió la psicóloga. La prevención requiere propuestas que incluyan a profesionales de la psicología, la nutrición, la kinesiología y la psicopedagogía, entre otras áreas. También exige una mirada atenta sobre la especialización temprana, las dietas restrictivas, la sobrecarga de competencias, los estereotipos de género, el dopaje y las distintas formas de violencia que pueden atravesar al deporte.
En ese recorrido, la salud mental no depende solo de quien compite. También se construye en la forma en que las instituciones entienden el deporte, en las palabras de los entrenadores, en el acompañamiento de las familias y en el clima que rodea a cada competencia. A veces empieza con una pregunta sencilla, formulada antes de hablar de resultados: cómo está esa persona que hoy sale a jugar.
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