En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, Sergio Fernández, autor y referente en desarrollo personal, presentó su libro Los diez poderes para diseñar tu vida y reflexionó sobre la importancia de abordar todas las áreas vitales con equilibrio. Destacó que muchas personas no alcanzan una vida plena no por falta de esfuerzo, sino por carencia de claridad, autoconocimiento y herramientas prácticas para identificar y resolver los problemas cotidianos.
Fernández, fundador del Instituto de Pensamiento Positivo (IPP), profundizó en la relevancia de reconocer las propias sombras y talentos, asumir la responsabilidad de la propia vida y diferenciar entre objetivos del ego y objetivos del alma. Sostuvo que, para lograr avances reales, resulta fundamental sincerarse y revisar las creencias más arraigadas: “Solo te irá bien si te va bien en todas las áreas de la vida”.
Durante la conversación, Fernández analizó cómo la indefensión aprendida y el miedo a salir de la zona de confort pueden limitar el desarrollo individual. Explicó la importancia de “contarse verdad” como primer paso para identificar cambios necesarios y romper con patrones de insatisfacción. El episodio completo está disponible en Spotify y YouTube.
Sergio Fernández es un divulgador español especializado en desarrollo personal, hábitos y liderazgo. Es reconocido tanto por su labor en IPP como por su trabajo como escritor y conferencista sobre gestión de la vida y libertad financiera. Tras años de experiencia en formación, Fernández orientó su carrera a brindar herramientas prácticas para que las personas puedan diseñar una vida alineada con sus valores y propósito, combinando ejemplos cotidianos con estrategias concretas de autogestión.

Ha publicado ocho libros, entre ellos Vivir sin jefe, Vivir con abundancia y Los diez poderes para diseñar tu vida, y lidera equipos multidisciplinarios que ofrecen formaciones presenciales y online, además de talleres en España y América Latina.
—Publicaste tu octavo libro, “Los diez poderes para diseñar tu vida”. ¿Por qué decidiste escribirlo?
—Muy buena pregunta. Yo siempre digo que los libros me han salvado la vida y que hay una cosa como de estar agradecido en la vida, que es como de: si te han dado mucho, tienes que dar mucho. De hecho, el principio de una vida es recibir: naces, te cuidan, te alimentan, te protegen. Pero luego el resto de la vida va de devolver. Si entiendes esto, te va bien. Así que, cuando empecé en esto del desarrollo personal y profesional, pensé: “Cada vez que tenga contenido y cada vez que haya aprendido algo, sacaré un libro”. En los últimos años, llevaba tiempo sin escribir; en cambio, mandaba un correo cada día a decenas de miles de personas, compartía entrevistas, aprendizajes, anécdotas.
Pero no es lo mismo un correo que un libro. Tenía ganas de sacar un libro desde hacía tiempo, venía pensando la idea de hacer un libro que explique las ideas fundamentales de las áreas importantes de la vida. Para que te vaya bien en la vida, te tiene que ir bien en todas las áreas. Esto parece obvio, pero no todo el mundo lo entiende. Hay gente que apuesta al dinero, otros a la salud, otros a la familia. Mi propuesta es: no necesito un diez en todo, prefiero un notable en todo. En el libro recopilé las ideas fundamentales que compartimos en las diferentes formaciones máster de IPP, como las ideas núcleo, la esencia de cada área fundamental. El libro es solo el principio. En 352 páginas no cabe todo, pero son esas ideas núcleo que permiten cambiar tu vida. Me gusta decir que estamos a una idea de cambiar nuestra vida, y espero que esa idea esté ahí dentro. Por eso escribí el libro.
—¿Cuál fue la idea que cambió tu vida?
—Ha habido varias. Una de ellas es que hay solución para todo. Es una idea sencilla. Arranco con esto en la introducción del libro. Comprender que tengas el problema que tengas, ahí afuera hay una solución, eso ha cambiado mi vida. Porque nadie puede buscar algo que no sabe que existe. Aunque yo no sepa cuál es la solución para el lío que tenga en cada momento, sí sé que hay alguien que tiene esa solución. Vuelve a sonar obvio, pero ¿cuántas personas arrastran problemas durante años o décadas? ¿Cuántos países arrastran problemas durante años o décadas? ¿Cuántas empresas? Porque no saben que existe una solución. Esa fue la primera idea que transformó mi vida. La segunda, la acabo de mencionar: solo te irá bien si te va bien en todas las áreas de la vida. No quiero ser el más listo en un área, prefiero ser el segundo o el tercero, pero estar bien en todas.
Esa idea es fundamental también. Y la tercera es la de “estoy solo”. Esta idea no es popular, pero si me dejas que la explique, seguro que nos ponemos de acuerdo. Muchas personas viven en una especie de somnolencia ideológica que les lleva a pensar que alguien tiene que hacer algo por ellas o que incluso alguien les debe algo. Esa idea termina mal porque nadie puede hacer las cosas importantes por ti: nadie puede hacer deporte por ti, nadie puede preparar una entrevista por ti, nadie puede trabajar por ti, nadie puede cuidar de tus amigos o tu familia por ti.
O lo haces tú, o nadie lo hace. Esta idea de responsabilidad pura, de “estás solo”, de “nadie me va a salvar”, te lleva a otro lugar en la vida. Y te lleva a algo muy bueno: cuando entiendes esto, empiezas a rodearte de personas que apuestan por su vida y entienden la responsabilidad. Te saca del club de los quejicas y víctimas y te mete en el selecto club de las personas que hacen algo por su vida. No digo que necesariamente les vaya bien, pero hacen algo. Aquí se respira buen ambiente, hay ganas de vivir y de aprender, se comparte información, nadie se queja, no se echan culpas. Tercera idea que cambió mi vida: estoy solo en esto de tener una buena vida.

—Quiero profundizar en las tres ideas principales del libro. Empecemos por la primera: ¿de qué manera el concepto de que todo tiene solución impactó en tu vida diaria? Una vez que comprendes una idea a nivel intelectual, ¿cómo logras aplicarla en tu vida?
—Muy buena pregunta. Son dos pasos. Uno: cuéntate verdad. Mírate al espejo y cuéntate verdad. Este es uno de los mantras que más repito a mis alumnos y que está en el libro. Ten el coraje de contarte verdad. Si te va bien en algo, cuéntate verdad y disfrútalo. Goza que eres un alma bendecida y que tienes salud, o unos padres que te quieren, probablemente. Cuéntate verdad en lo que te va bien y deja de unirte a este club de cinismo profesional que hay en la sociedad. Pero cuéntate verdad también si te va mal en algo. Ten el coraje de decir: “Mi relación de pareja es un desastre”, “No tengo buenos amigos”, “Me pagan bien, pero no hago lo que quiero hacer”. Primero contarte verdad. Cuando te la contás, ahora sí estás preparado para empezar a buscar información. Porque nadie puede buscar una solución a un problema que no sabe que tiene. Nadie puede buscar algo que no sabe que existe.
No podés irte de vacaciones a un destino que no sabés que existe. No podés buscar la solución a un problema que no sabés que tenés. El problema es que no nos contamos verdad porque, en el fondo, sabemos que cuando lo hagamos, no nos quedará más remedio que actuar. Si estás en un trabajo que no te gusta y lo reconocés, aunque no se lo digas a nadie, aunque no se lo digas a tu jefe o compañero, aunque no se lo digas a nadie, pero te decís: “Este no es mi sitio”. Entonces te quedan dos: o te anestesiás y esperás que pasen los años, o moves ficha. No hay más. Cuando nos contamos verdad, nos toca entrar en acción y por eso no queremos hacerlo.
Pero cuando lo hacemos, estamos listos para saber que nos tocará movernos. A veces nos moveremos en una semana y a veces en una década. Hay veces que hay que quedarse en un sitio que no te gusta años, y hay que ser muy valiente para eso. Hay que ser muy valiente para contarte verdad y decir: “Vivo donde no quiero, pero es donde me he ganado vivir”. Ahora, sostén eso durante dos, tres, cinco años. Por eso pocas personas se cuentan verdad. Pero insisto: si no te contás verdad, no accedés a buscar otra información. El que se cuenta cinco años que vive donde no quiere, buscará información, aprenderá, se apuntará a una formación, hará algo, no sé qué, pero hará algo. El que dice: “Bueno, tampoco se está tan mal aquí. Hay gente que está peor”. Ese está perdido, ha firmado su sentencia de muerte.

—Mencionaste que las personas suelen aferrarse a hábitos que les resultan cómodos, aunque no los hagan avanzar. En el libro relatás que los habitantes del Caribe no reconocieron las carabelas. ¿Cómo te influyó esa historia?
—Cuando las carabelas de los españoles llegaron a América, la mayoría de la población no pudo verlas. Pero había un hechicero que era el más despierto, vio ondas en el mar y se dio cuenta que había algo que no sabía qué era, que era un armatoste hecho de tablas, que eran las carabelas. Cuando él las señaló, todos las vieron. A veces necesitamos ayuda. A veces necesitamos que alguien nos diga: “¿Ves eso que está ahí? Eso es un barco, aunque no sepas qué es”. A veces necesitamos que alguien nos diga: “¿Ves eso? Eso es una solución. No sabés lo que es, pero está ahí”. Esto me lleva al tema de la indefensión aprendida. Hicieron un experimento hace cincuenta años con tres grupos de perros. A todos les tiraban agua fría. Los de la jaula uno tenían la puerta abierta y se escapaban.
Los de la jaula dos podían abrir la puerta con la pata y también salían. Los de la jaula tres, por más que intentaran, no podían salir. En la segunda parte del experimento, pusieron a todos juntos en una sola jaula con la puerta abierta. Los de la jaula uno y dos salían, pero los de la jaula tres se quedaban recibiendo agua fría porque habían aprendido que no había salida. Este fenómeno se llama indefensión aprendida, y nos pasa a los humanos: tenés la solución ahí, pero no la ves porque aprendiste que no había remedio.
En política pasa igual: décadas de engaños y la gente no ve otra solución, prefiere que la sigan engañando. Así que podemos buscar algo solo cuando lo conocemos, pero tenemos que darnos cuenta de que muchas veces estamos en indefensión aprendida. A veces la solución está ahí: un libro, un consejo, una carrera diferente. Hay que darse cuenta de que otros perros se escaparon de la jaula y que uno se queda solo por indefensión aprendida.

—Al inicio mencionaste que una de las verdades que más te transformó fue entender que estás solo.
—En noviembre de 2015 arranqué un viaje en velero con unos amigos y cruzamos a vela hasta América. Los primeros días son todo alegría, te sentís valiente, hasta que llega un momento en el que los helicópteros de rescate ya no te pueden ir a buscar, porque no tienen combustible suficiente para volver a Canarias o a África. Y tampoco estás tan cerca de América como para que un helicóptero de ese lado te pueda ir a buscar y traerte. Llega un momento en el que estás solo. Ahí lo entendí claramente: si me despisto y me golpeo con la botavara, me quedo ahí; si me corto el dedo cocinando, lo pierdo; si me caigo por la borda, especialmente de noche, no me recuperan.
Si me distraigo por estar mirando el móvil, muero. Es una metáfora muy clara de la vida: tenés que entender que estás solo en medio del océano, que solo dependés de vos. Si aparece un helicóptero o un barco y te rescata, mejor, pero no podés contar con eso. Es como en la película “Viven”. Se estrellan en la frontera entre Chile y Argentina, los dan por perdidos, y cuando se salvan es porque un grupo decide dejar de esperar un rescate y sale a buscar ayuda. Todo empieza cuando alguien reconoce: estamos solos, nadie nos va a rescatar. No es un mensaje individualista. Los seres humanos hacemos cosas en comunidad: empresas, familias, amistades.
Pero no podés esperar que tu familia, tu empresa o tu país te salven. Tenés que partir del principio de que estás solo en esto. Yo conduzco como si no existieran los hospitales: no me puedo permitir un accidente. Vivo como si no fuera a recibir jubilación del Estado. No sé si la recibiré, pero prefiero no depender de eso. Lo mismo con la educación: no puede depender de lo que te cuente un profesor. La educación depende de uno. Me responsabilizo y me encargo de mi vida. A veces los planes salen, a veces no, pero al menos voy a ocupar mi sitio en el mundo. Y eso lo cambia todo: la energía con la que te levantás, cómo hablás, cómo estás en el mundo.

—Mel Robbins plantea el concepto de que nadie va a venir a salvarte. ¿Por qué muchas personas esperan que un factor externo provoque un cambio en sus vidas?
—Eso es infantilización. Muchos viven con la ilusión de que alguien va a venir y cambiar todo para que ellos cambien. El camino de la salvación es siempre individual. ¿Cuántas personas eligen apostar por su libertad financiera? De cada cien, quizá una, dos, tres, como mucho. ¿Cuántos deciden emprender? Es una minoría, tal vez un cinco o siete por ciento. ¿Cuántas personas deciden tomarse en serio su salud? Diez, veinte de cada cien. Son los menos. Necesitamos entender que la salvación es un camino individual, nadie puede salvarse por vos.
—¿Creés que cuando uno mejora su vida hay una sensación de soledad, de desapego de entornos o personas que no acompañan ese cambio?
—Sí, primero hay una sensación de soledad interna. Es una de las preguntas más frecuentes que me hacen en la promoción de “Los diez poderes para diseñar tu vida” y en los másteres de IPP. Cuando una persona empieza un proceso de transformación personal, siente dos soledades. La primera es consigo mismo: antes pensaba de una manera y, al cambiar, se siente solo, porque se desapega de su antiguo relato. Si querés transformación, tenés que cambiar creencias. Las creencias que tenías te trajeron hasta acá; si querés llegar a otro lugar, necesitas nuevas creencias. Ahí muchos se sienten solos o desamparados, porque están cambiando el relato de su vida.
La segunda soledad es con el entorno: de pronto ya no te interesan los mismos temas, lugares, actividades. Es normal que si eras alcohólico y querés entrenar para las olimpiadas, te alejes de los amigos de la noche. Lo bueno es que hay muchas personas en el mismo camino, aunque sea una minoría. Hoy nunca hubo tantas personas apostando por sí mismas como ahora. Hace treinta años, un libro como este era impensable. No se hablaba de desarrollo personal, ni siquiera en las librerías había una sección para eso. Hoy la hay, aunque algunos digan que es un rollo. Pero que la gente entienda que puede apostar por sí misma, aunque sean pocos, es una buena noticia. Aprender a vivir es una buena noticia.

—Comentaste la fábula de la tortuga y la liebre. ¿Por qué considerás que tu forma de alcanzar metas se identifica con la tortuga?
—Lo fui descubriendo con el tiempo. No es que yo planeara ser tortuga en vez de liebre. Uno de los beneficios de ser una persona normal es que tenés que apoyarte en cosas obvias. Si sos el más inteligente, te sale todo fácil, pero yo empecé en el camino de la libertad financiera, de emprender, sabiendo que era el más tonto de la mesa. Iba a un sitio y pensaba: “Toda esta gente sabe más que yo, yo no sé de finanzas, inversiones, contratar gente, nada”. Así que tengo que ir con mucho cuidado, porque soy el tonto de la mesa. El último capítulo del libro se llama “El tonto de la mesa”, para invitar al lector a conectar con la humildad de no saber.
Cuando uno sabe que es el tonto de la mesa, le queda ir despacio, pero si no para, avanza. Con los años comprobé que las fábulas de La Fontaine y Esopo tienen razón. Arranqué muy humilde: aquí hay gente que corre más que yo, que lleguen primeros, yo llegaré quinto, pero prefiero no salirme en la curva. Con las empresas igual: tengo una empresa de formación desde 2012, todos los años hay empresas que venden más que nosotros, pero pocas duran más que nosotros. De repente llega alguien, lanza un producto y factura veinte veces más. Nosotros decimos: “Nosotros a lo nuestro”. Nos da igual que otros vendan más o menos.
Solo nos comparamos con nosotros mismos y nuestros clientes. Muchas liebres te adelantan, pero muchas se salen en la curva. Si vendés sillas amarillas y otro vende azules y factura más, no hay que perder el rumbo. Nosotros vendemos sillas amarillas y tratamos de hacerlas cada vez mejor. Eso es modo tortuga. Vino de una energía de saber que era ignorante, de miedo a equivocarme porque nadie me iba a rescatar. Empecé con lo justo, sin pedir dinero a nadie. No podía arriesgarme a tener que volver a dormir en casa de mi madre. Entonces, cuando arrancás desde ahí, no importa la velocidad, sino la seguridad. No importa llegar primero, sino llegar. Siempre les digo a mis alumnos: tomá las decisiones que quieras, pero que ninguna te tumbe la empresa, el emprendimiento, tu familia o la hipoteca de tu abuela. Jugátela solo hasta donde, si perdés, no te lleva al pozo. Eso obliga a ser tortuga y a cometer el error de no haber arriesgado más.
Muchas veces me preguntan qué errores cometí y lo tengo claro: no haberme arriesgado más. Muchas curvas las tomé a ochenta cuando podía haber ido a ciento veinte. Si iba más rápido, tal vez llegaba antes y no pasaba nada, pero fui prudente. ¿Me salí? No, pero en el largo plazo, las tortugas siempre ganan a las liebres. Lo más fácil de hacer es lo más fácil de no hacer. La roca diaria es el secreto para ir en modo tortuga. Todos los días avanzás un poco. Si trabajás en algo importante dos horas al día, con interés compuesto, al cabo de los años es mucho. En tiempos de FOMO (fear of missing out), yo digo JOMO (joy of missing out): alégrate de quedarte fuera, de perderte cosas.

—¿La confianza en los propios planes y la seguridad interna son fundamentales para sostener procesos de cambio a largo plazo?
—El segundo de los capítulos es el poder de creer en ti. Si no creés en vos, todo lo demás se desmorona. En uno de los capítulos cuento que mi pareja me preguntó si alguna vez pensé que el proyecto no funcionaría. Y la verdad es que no. Sabía que iría lento, que era el más tonto de la mesa, que me la iban a intentar jugar, que tendría que ir paso a paso y que tardaría años o décadas. Pero como que iba a fallar, no. Lo cuento en el libro no para presumir, sino para mostrar que hay que creer en uno.
Si no creés en vos y en la vida, no vas a sacar nada adelante. Hay momentos en los que solo queda confiar en la vida. Me encanta la metáfora de Indiana Jones, cuando tiene que dar un salto en el vacío para llegar al otro lado y solo aparece el puente cuando confía. Tenés que confiar en vos y en la vida, en lo más cercano y en lo abstracto, en Dios, en el universo, en la inteligencia universal. ¿Cómo se tiene confianza en uno? Conociéndose, sabiendo en qué sos bueno, cuáles son tus talentos, pero sobre todo, animándote a confiar en vos.
—¿Hay algún aspecto de los diez poderes que te gustaría resaltar?
—Quizás, el orden natural. El libro está planteado para que puedas leer cada uno de los diez poderes, cada capítulo, de manera aislada. Podés abrir el capítulo que quieras y tiene sentido por sí mismo, pero el libro está pensado como un viaje. Empieza con saber quién sos, luego creer en vos, después la salud. Sin salud no hay energía, y sin energía, mucha gente ya arranca el día cansada. La salud es energía, un regalo para poner al servicio de algo mayor. No es un fin, sino un medio, igual que el dinero. Si tengo salud, puedo pasar a las relaciones: familia, pareja, amistades. La mayor parte de la felicidad e infelicidad viene de ahí. Después, el propósito, distinguir entre objetivos del alma y del ego.
Si sabés tu propósito y te contás verdad sobre él, podés pasar a la carrera profesional. Si entrás a la carrera con el propósito claro, buenas relaciones, salud, creyendo en vos y sabiendo quién sos, no vas a cometer errores graves. Si hacés eso bien, el último poder, la libertad financiera, llega como consecuencia. Es poco sexy, pero es verdad. En nuestros cursos, la gente entra por el dinero. Yo les digo: vas a aprender de inversiones, pero primero hablemos de desarrollo personal, porque si no, todo lo demás se cae. Solo accedés al superpoder del dinero cuando trabajaste en el resto durante años. La vida está bien montada: si querés dinero, primero te toca aportar en tu carrera, tener propósito, buenas relaciones, salud, creer en vos y saber quién sos.
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