
Expertos en educación advirtieron que la combinación del aislamiento durante la pandemia y la creciente dependencia tecnológica transformó el desarrollo de niñas, niños y adolescentes, esculpiendo una generación ansiosa con desafíos inéditos en su bienestar social y emocional.
No obstante, tanto docentes como especialistas en salud mental coincidieron en que existieron soluciones para revertir esta tendencia, según el estudio encabezado por la educadora Amber Chandler publicado en el portal académico británico Taylor & Francis.
Durante los periodos de confinamiento por la COVID-19, la exposición diaria a pantallas aumentó notablemente en la infancia y adolescencia. La autora de la investigación, Chandler indicó que este cambio aceleró problemas que ya se gestaban: “La naturaleza adictiva de las experiencias en línea de los estudiantes comenzó durante la pandemia, pero ahora avanzó hasta un punto donde fue necesario tomar decisiones valientes”.
Asimismo, Chandler subrayó que el aislamiento y el uso indiscriminado de dispositivos generaron “distracciones digitales mucho más poderosas de lo que imaginábamos”, intensificando el malestar emocional y la desconexión entre pares.

Este fenómeno se registró en todo el mundo. La preocupación por el impacto de la tecnología en la salud mental juvenil se extendió a nivel global, lo que llevó a sistemas educativos como el de Australia a imponer restricciones al uso de redes sociales entre menores de 16 años, en respuesta a las alertas de especialistas y organismos internacionales.
Las consecuencias se evidenciaron en las aulas. Chandler registró que, tras el regreso a clases presenciales, estudiantes que antes conversaban durante los recreos permanecieron en silencio o solicitaron utilizar sus teléfonos móviles. La participación activa disminuyó y la ansiedad aumentó, dificultando la interacción cara a cara y el aprendizaje.
Según los testimonios recopilados en la investigación, se observó una reducción en la autonomía, la capacidad de concentración y la tolerancia al estrés cotidiano.

La autora destacó que la llamada “brecha social” se profundizó en el contexto de educación virtual. Algunas familias no contaron con recursos para acceder a clases a distancia, mientras que en otros hogares, las responsabilidades laborales obligaron a dejar a menores al cuidado de familiares ausentes. Esto resultó en un estudiantado menos resiliente, dependiente del acompañamiento adulto incluso para tareas o retos menores.
A estos factores se sumó el agotamiento generalizado entre adultos, tanto en el ámbito familiar como educativo. Chandler advirtió que “muchos adultos simplemente se cansaron de hablar sobre la pandemia, lo que complicó cualquier intento de abordar los problemas que persistieron”. Esta fatiga pandémica frenó cambios estructurales y reforzó la resignación frente a la crisis de salud mental adolescente.
Profesores y padres, afectados también por duelos, incertidumbre laboral y el confinamiento, vieron limitada su capacidad de respuesta.

Las propuestas de los expertos incluyeron la regulación del uso de dispositivos, la creación de espacios escolares y familiares sin pantallas, y el fomento de la autonomía infantil.
El estudio explicó que prohibir el uso de celulares en horarios escolares o durante los momentos de mayor interacción social permitió recuperar momentos de aprendizaje libre de distracciones y reforzó las habilidades sociales.
En ese sentido, resaltaron la necesidad de espacios sin tecnología, donde los adolescentes conversaron y construyeron vínculos fuera del entorno virtual.
El acompañamiento familiar resultó determinante. Las recomendaciones apuntaron a que madres y padres compartieran tiempo con sus hijos sin recurrir a móviles, enseñaran el valor de la presencia plena y promovieran la resolución autónoma de problemas cotidianos.
Además, sugirieron retrasar la entrega de dispositivos y supervisar conscientemente la exposición a las pantallas y la huella digital de niñas, niños y adolescentes.

El rol de las escuelas fue igualmente central. Según declaraciones recogidas por Chandler, sindicatos e instituciones de Nueva York implementaron normativas que restringieron el uso de celulares durante toda la jornada escolar.
Melinda Person, citada en el libro, explicó: “No se trata de oponerse a la tecnología, sino de estar a favor de la infancia; ofrecer períodos libres de distracciones a los alumnos fomentó la creatividad, la comunicación y el desarrollo social”.
En países como Australia, la prohibición de celulares se acompañó de programas de ciudadanía digital para que los estudiantes aprendieran a identificar prácticas seguras en línea, proteger su privacidad y administrar su tiempo en internet.
Estrategias como el aprendizaje colaborativo, la participación en talleres presenciales y la elaboración de portafolios digitales buscaron un equilibrio entre el uso responsable de la tecnología y la conexión interpersonal.
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