
El surgimiento de los vitalistas intensificó el debate sobre la prolongación de la vida e introdujo una postura radical: defienden que la muerte es “incorrecta” y debe considerarse el principal problema de la humanidad. Frente a décadas de discurso tradicional sobre longevidad, este movimiento aboga por una transformación social, política y científica para erradicar el envejecimiento y buscar una vida indefinida.
Desde eventos en Estados Unidos hasta su influencia en políticas y biotecnología, los vitalistas consolidan una corriente que interviene en la regulación de tratamientos experimentales y marca pauta en congresos internacionales, según documentó MIT Technology Review.
¿Quiénes son los vitalistas?
El vitalismo contemporáneo surgió como respuesta a la desconfianza en términos como “longevidad” o “transhumanismo”, erosionados por usos comerciales y promesas poco fiables. Nathan Cheng y Adam Gries, fundadores del movimiento Vitalism, elaboraron una declaración que denuncia la muerte como un reto moral y la prolongación de la vida como prioridad.
Durante el “Vitalist Bay Summit” en Berkeley, California, cientos de asistentes defendieron la idea de que morir de manera involuntaria es un fracaso de diferentes ámbitos sociales.

Inspirados en revoluciones históricas, los vitalistas impulsan que la “revolución de la longevidad” implique una reorientación absoluta de prioridades públicas, políticas y presupuestarias. Su manifiesto sostiene que la vida y la salud son bienes supremos y exige el compromiso de erradicar el envejecimiento a cualquier costo.
Figuras principales y rostros del movimiento
Cheng, antiguo estudiante de doctorado en física, y Gries, empresario tecnológico especializado en ingeniería de software, encabezan Vitalism. Ambos se sumergieron en la “causa vitalista” tras atravesar crisis personales y lograr estabilidad financiera, lo cual les permitió dedicarse al objetivo de la longevidad.
En torno a ellos confluyen otros protagonistas notables: Bryan Johnson, famoso por sus experimentos para retrasar el envejecimiento; Daniel Ives, director ejecutivo de Shift Bioscience; y Anar Isman, cofundador de la plataforma AgelessRx dedicada a la telemedicina en longevidad.
Además, colaboran asesores de agencias estadounidenses como ARPA-H, y personalidades del ámbito biotecnológico. Entre los funcionarios destaca Jim O’Neill, alto representante de salud pública de Estados Unidos.

Motivaciones de la filosofía vitalista
Para Cheng y Gries, la convicción resulta clara: valorar la vida obliga moralmente a buscar una longevidad indefinida. Esta idea se traduce en acciones y en una ética donde la muerte resulta inaceptable y el envejecimiento es el enemigo principal.
Sostuvieron que la muerte es “el mayor problema de la humanidad”, con el envejecimiento como su agente principal. Ambos ven como deber influir en leyes, presupuestos y cultura para que la salud y la prolongación de la vida ocupen el centro del debate público.
Estrategias y políticas: de la biotecnología al activismo
El vitalismo se estructuró formalmente como una fundación sin fines de lucro, con estrategias para atraer apoyo político, científico y económico. Una táctica central fue la certificación de empresas biotecnológicas como “organizaciones vitalistas”; actualmente existen 16 empresas reconocidas, incluidas compañías de criopreservación y clínicas orientadas a la prolongación vital.
Los vitalistas buscan incidir en las regulaciones para facilitar el acceso a terapias experimentales. Realizan presión en parlamentos estatales estadounidenses, como en Montana, donde ayudaron a respaldar una ley que permite a las clínicas ofrecer tratamientos aún no completamente aprobados.
También impulsan campañas para atraer a “individuos de alto impacto” —grandes inversores, académicos y funcionarios— con el propósito de influir en la toma de decisiones y el reparto de recursos a nivel institucional.
Este enfoque se extiende a eventos comunitarios y “ciudades emergentes” como Zuzalu (en Montenegro) y Vitalia (en Roatán, Honduras), donde los vitalistas exploran jurisdicciones más flexibles favorables a la innovación contra el envejecimiento.

Controversias con objeciones éticas
La propuesta vitalista genera debate entre filósofos y bioeticistas, que advierten sobre las consecuencias humanas, culturales y sociales de intentar “superar” la muerte.
En ese sentido, el filósofo Sergio Imparato, de Harvard, subrayó que la muerte tiene valor moral y que nuestras acciones adquieren sentido porque el tiempo es limitado.
Estas preocupaciones se intensifican ante la comercialización de tratamientos experimentales y el recurso a jurisdicciones flexibles, lo que podría permitir prácticas riesgosas sin suficientes garantías.
Alberto Giubilini, filósofo en Oxford, sostuvo que la muerte “define a la humanidad” y señaló que la cultura, las costumbres y la psicología humanas están modeladas por la conciencia del final de la vida.
Algunos críticos temen que el vitalismo implique una pérdida de significado humano y comunitario del morir, así como una posible acentuación de desigualdades y un desplazamiento de otras prioridades sociales.
Dentro mismo del ámbito científico y biotecnológico, existen dudas sobre si el activismo vitalista debería anteponerse a problemas como la pobreza o los conflictos armados.
Un tema delicado para el vitalismo es la renuencia de numerosos científicos, empresarios y representantes del sector a identificarse abiertamente como vitalistas. Aunque la declaración fundacional promueve “difundir el mensaje”, proliferan los “vitalistas ocultos” que rehúyen la etiqueta por temor a ser percibidos como dogmáticos o elitistas o a perder apoyos entre inversores y colegas.

Perspectivas y futuro del vitalismo
Actualmente, el vitalismo ya incide en políticas y foros relevantes de ciencia del envejecimiento. Vitalistas ocupan roles principales en congresos internacionales, y sus propuestas influyen en el diseño de leyes y regulaciones. Incluso existen funcionarios, como el mencionado Jim O’Neill, que representan la penetración del movimiento en instituciones estatales.
Aunque la meta de lograr una vida indefinida carece aún de pruebas científicas concluyentes, los vitalistas valoran su mayor logro actual en haber colocado el debate sobre la muerte y el envejecimiento en un lugar central e incómodo. Para Daniel Ives, director ejecutivo de Shift Bioscience, la motivación reside en “recordar cuánto tiempo queda y centrarse en la causa”.
De acuerdo con el informe del MIT Technology Review, pese a desmarcarse de etiquetas de moda, el vitalismo busca un cambio sistémico cuya ambición hasta hace poco era considerada marginal.
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