Cómo un biólogo molecular de la UBA pasó de que sus alumnos se vuelvan fanáticos de sus clases a convertirse en una sensación en Internet

Alberto Kornblihtt, científico del Conicet, causa sensación en sus clases de biología. Amante del latín y el cine, lleva una lista de las películas que vio a lo largo de su vida. Por qué sus frases célebres se cuelan entre el debate sobre la ley del aborto y los memes en las redes sociales

El científico Alberto Kornblihtt ha sido elegido como el Investigador de la Nación y es  miembro de la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU. En su libro "No, no está bien. Está mal" (Sudamericana), repasa su vida personal, su carrera, y sus ideas en arte, literatura y política. Cuenta cómo fue la audiencia pública sobre el aborto en la que dijo su ahora popular frase. /Alejandra López
El científico Alberto Kornblihtt ha sido elegido como el Investigador de la Nación y es miembro de la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU. En su libro "No, no está bien. Está mal" (Sudamericana), repasa su vida personal, su carrera, y sus ideas en arte, literatura y política. Cuenta cómo fue la audiencia pública sobre el aborto en la que dijo su ahora popular frase. /Alejandra López

Alberto Kornblihtt es una de las eminencias de la ciencia argentina y un profesor con muchos seguidores. Sus alumnos en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires se vuelven fanáticos después de cursar su materia de biología. Pero desde 2018 la imagen de Kornbliht se ha vuelto popular más allá de la comunidad universitaria y científica. Es un meme en las redes sociales como Twitter, y ya es un “sticker” en la plataforma Whatsapp. Todo fue por su frase: “No. No está bien. Está mal”. La usó para contestarle a una legisladora al hablar en una audiencia pública durante el debate por la ley de aborto, que finalmente se sancionó y garantiza el derecho a interrumpir voluntariamente el embarazo.

El biólogo molecular acaba de publicar el libro que lleva como título su frase, y le agrega como subtítulo: “Una pasión argentina por la ciencia (y por el arte y la política)”. Porque Kornblihtt no concibe a la ciencia sin el arte, la enseñanza universitaria sin hacer ciencia, y la vida entera sin compromiso político. Todo está entrelazado. El científico empleó la frase “No, No está bien. Está mal” para señalarle a una legisladora que no era correcto decir que el síndrome de Down era “una enfermedad incurable”. Se trata de un síndrome, y no es una enfermedad, le aclaró Kornblihtt. También le explicó que el aborto nunca se recomienda sino que es un derecho que las mujeres y las personas gestantes pueden ejercer.

Kornblihtt dialogó con Infobae y contó detalles sobre el detrás de escena de la audiencia pública que lo hizo popular y recorrió su pasado: cómo llegó a la ciencia por la influencia de una profesora del secundario, cómo fue trabajar en el mismo edificio con el Premio Nobel Luis Federico Leloir, y cuál es la nueva investigación en curso que le ha “transformado la cabeza”.

En su nuevo libro, el doctor Kornblihtt -quien es miembro del directorio del Conicet y de la Academia de Ciencias de los Estados Unidos y fue ganador del premio Konex de Brillante en 2013 junto con Juan Martín Maldacena- comparte momentos de su vida, desde su infancia en Buenos Aires hasta la actualidad, incluyendo sus textos políticos. Se manifiesta férreamente en contra del uso de la tecnología de edición genética en línea germinal para modificar la especie humana, un tema que está en debate a nivel mundial.

Su madre murió cuando el biólogo tenía tan solo 25 años. Su padre falleció a los 58 años por un infarto, y sus dos hermanas también perdieron la vida de manera prematura a los 46 y a los 49 años por diferentes enfermedades respectivamente. “¿Cómo sobrevivir siendo el único sobreviviente?”, se pregunta en su libro. A pesar de tantas pérdidas, Kornblihtt siguió adelante, y en las páginas de su obra -con prólogo del periodista Pablo Esteban- destila optimismo y esperanza.

El científico se casó con Etel, a quien conoció como compañera de la escuela secundaria. Tiene dos hijos y un nieto. Ha viajado mucho por el mundo. En su tiempo libre, anota en un documento Excell las películas que vio desde la infancia. Habla varios idiomas, incluyendo el latín, que empezó a aprender durante la escuela secundaria y siguió luego estudiando solo. Leyó las canciones de Los Beatles en latín, y puede resolver palabras cruzadas en ese idioma. Además de enseñar biología molecular, dicta una clase de latín dentro de un curso de nomenclatura botánica de la facultad.

Alberto Kornblihtt
Alberto Kornblihtt

- ¿Esperaba tanta repercusión por su frase “No, no está bien. Está mal”?

Para nada. El día de la audiencia pública en el Senado tomé la decisión de no abordar el problema del aborto desde el punto de vista de la salud pública porque no soy médico ni sanitarista. Soy biólogo molecular y me metí en los conflictos que hay para definir el estatus del embrión. Mi discurso reafirmó la postura de los legisladores que ya sabían que iban a votar a favor de la ley de la interrupción voluntaria del embarazo. No creo que les haya cambiado la opinión a los que ya estaban en contra y que se basan en una moral religiosa y supuestamente humanista.

-¿Era una de sus frases más frecuentes?

No. Una de las frases que más digo es: “Lo mejor es enemigo de lo bueno”. No me imaginaba la repercusión de la frase que dije en el Congreso. Había estado durante cinco horas en la audiencia pública y había escuchado las presiones que se ejercían sobre los oradores que hablaban a favor de la ley de interrupción voluntaria del embarazo. Había posturas muy agresivas que atribuían intereses oscuros o comerciales a los oradores por opinar a favor del derecho al aborto. En todas las legislaciones, la persona no nacida no tiene documento ni es persona legal, según aclaró la abogada Nelly Minyersky. Pero el Senador José Mayans salió a responderle que “el DNI es su ADN y el domicilio es el útero de la madre”. Era una barbaridad, y eso me hizo estar en alerta antes de dar mi discurso. Al terminar la audiencia, me fui con una de mis discípulas, que es feminista, y nunca me imaginé que mis palabras fueran a generar tanta repercusión.

- Su discurso sobre células y el inicio de la vida fue escuchado por políticos en el Congreso de Argentina antes de la sanción de la ley. ¿Considera que ahora los políticos de diferentes partidos tienen más en cuenta a la comunidad científica?

A nivel global, los científicos sí son más escuchados. Creo que los científicos podemos aportar mucho más en la sociedad. La pandemia -por ejemplo- no es solo un problema médico. Los investigadores en bioquímica, biología, bioinformática, ciencias sociales, física, química, entre otras disciplinas, también pueden aportar mucho. Muchos consideramos que se necesitan varios ciclos de cuarentenas intermitentes y preventivas para controlar la actual emergencia sanitaria en la Argentina. El número de contagios y fallecidos podría ser mejor controlado con esa estrategia. Claro que los científicos no podemos decir que seamos los únicos que tenemos la razón. Puede haber diferentes perspectivas. Pero a veces los investigadores en ciencia básica tendemos a dudar, y esa actitud es clave para comprender la realidad y encontrar respuestas. A partir de la pandemia, hubo como un “derrame” de la ciencia hacia las decisiones que se toman en la vida cotidiana de la gente. Ahora más personas que no hubiéramos imaginado hablan de una revista de primer nivel como The Lancet por los estudios que publicó sobre las vacunas para COVID-19. Antes solo circulaba en el mundillo científico.

-“No hay ciencia inútil y ciencia útil, como nos quisieron hacer creer algunos funcionarios y gobernantes”, escribió en su libro. ¿Por qué lo afirma?

La pandemia echó por tierra esa falacia. Había gente que pensaba que solo había que hacer ciencia aplicada y ser emprendedor en un país como la Argentina. Pero ante el desarrollo de la pandemia, grupos de científicos que trabajaban en ciencia básica pudieron adaptarse para encontrar soluciones. Andrea Gamarnik, que estudiaba el virus del dengue o del zika con su equipo, fue capaz de desarrollar diferentes tests nacionales para COVID-19. Gabriel Rabinovich y su equipo -con subsidios de la Agencia Nacional de Promoción de la Investigación, el Desarrollo Tecnológico y la Innovación, el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación y la Fundación Bunge y Born- contribuyó con la plataforma COVID-T, que permitirá hacer estudios del sistema inmune tanto en las personas que ya estuvieron contagiadas como en las personas que ya accedieron a la aplicación de las dosis de las vacunas contra el COVIV-19. Hubo un grupo de investigadores, con Silvia Goyanes, Griselda Polla y más, que trabajaban en nanopartículas en el Conicet y las universidades públicas. Pero fueron capaces de desarrollar las telas de los barbijos que hoy mucha gente usa como prevención. Estos aportes demuestran que los investigadores que trabajan en ciencia básica sí están preparados para dar respuesta ante la demanda del Estado o de la sociedad para resolver problemas graves. Por esto, considero que hay que apostar a la formación de gente en ciencia básica porque podrán responder a las exigencias que surjan en el futuro.

"Creo que la docencia universitaria no puede repetir lo que está escrito en los libros solamente", dice Alberto Kornblihtt
"Creo que la docencia universitaria no puede repetir lo que está escrito en los libros solamente", dice Alberto Kornblihtt

- Es científico y profesor. ¿No se puede hacer ciencia sin enseñar?

Es al revés. Creo que la docencia universitaria no puede repetir lo que está escrito en los libros solamente. Debe hacer elaboración y contribución al mundo de las ciencias, que no es solo hacer experimentos sino también participar en charlas y debates donde se ponen en cuestionamientos las hipótesis y las teorías. Esa práctica es indisoluble de la docencia universitaria. Todo investigador debería hacer algún tipo de docencia, incluyendo la formación de discípulos.

-¿Cómo llegó a la ciencia?

Mi papá era ingeniero civil, y mi mamá era profesora de geografía. Era un hogar de clase media en el que se sabía que la educación era importante. Pero honestamente hasta cuarto año de la escuela secundaria, el Colegio Nacional de Buenos Aires, yo no tuve idea de lo que era una célula. En cuarto año tuve como profesora a Rosa Guaglianone, quien también era investigadora en botánica del Instituto Darwinion. Fue un gran deslumbramiento en ese momento. Influyó en muchos alumnos que hoy son científicos, incluyendo al actual Ministro de Ciencia, Roberto Salvarezza. La profesora alentaba a razonar, y a buscar respuestas durante sus clases. La amábamos por su rigor. Era también una investigadora que se especializaba en las plantas que se usan para hacer papiros.

- ¿Sus clases son parecidas a las de su profesora del secundario?

Mi estilo es distinto. Muchos años después de sus clases ella me contó que le había costado aprender “a estar ausente en las clases”. Quería decir “dar el tiempo” para que el alumno aprenda con estímulos y sin darle insumos constantemente. Mis clases de biología en la universidad son diferentes. Son para un número mayor de estudiantes.

-¿Por qué algunos alumnos adoran sus clases?

Creo que para ser docente te tiene que gustar lo que le vas a contar a tus alumnos. Cada clase es un recorte de la realidad, pero es imposible comunicar algo si te produce disconfort. Otra pauta que sigo es ponerse en el lugar del otro: ¿cómo me gustaría que me expliquen este tema? El objetivo de las clases es que todos entiendan más allá de los que se sientan adelante en el aula, y te siguen en todo. A veces, yo uso malas palabras porque forman parte de una dinámica en la que necesito comunicar mis sentimientos ante el hecho que estoy explicando. No estoy de acuerdo con la demagogia de palmear al alumno y preguntarle sobre su familia o sobre la situación con la pareja. Esa forma de enseñar conmigo no va.

El doctor Kornblihtt, que director del Instituto IFIBYNE e investigador superior del Conicet con Vanina Sánchez, presidenta de la asociación Familias AME Argentina, y el biólogo Luciano Marasco. Están investigando sobre los mecanismos moleculares relacionados con la atrofia muscular espinal (AME), que es una enfermedad hereditaria que destruye progresivamente las neuronas motoras que controlan la actividad esencial del músculo esquelético, tal como hablar, caminar, respirar y tragar / IFIBYNE -Conicet


 Foto: IFIBYNE.
El doctor Kornblihtt, que director del Instituto IFIBYNE e investigador superior del Conicet con Vanina Sánchez, presidenta de la asociación Familias AME Argentina, y el biólogo Luciano Marasco. Están investigando sobre los mecanismos moleculares relacionados con la atrofia muscular espinal (AME), que es una enfermedad hereditaria que destruye progresivamente las neuronas motoras que controlan la actividad esencial del músculo esquelético, tal como hablar, caminar, respirar y tragar / IFIBYNE -Conicet Foto: IFIBYNE.

- Usted entró a trabajar como científico en la ex Fundación Campomar (hoy Fundación Instituto Leloir) cuando el mismo Premio Nobel de Química argentino Luis Federico Leloir dirigía la institución. ¿Cómo fue esa experiencia?

Leloir ganó el Nobel en 1970, y yo entré a trabajar allí en 1977. Era una persona muy respetada y querida por los investigadores y los becarios. Era tímido. Trabajaba todo el tiempo en experimentación en el laboratorio. En aquella época, la Fundación Campomar fue un refugio para muchos porque Leloir y su equipo siempre tuvieron una visión muy amplia. Leloir nunca discriminó a científicos por tener ideas políticas diferentes. Era la época de la dictadura, y había personas como yo que no podíamos trabajar en la universidad por nuestras ideas.

- No había redes sociales en aquella época. Pero, ¿Leloir salía a hablar en los medios masivos de comunicación?

No lo buscaba. Ahora, algunos científicos pensamos que tenemos que aceptar la invitación cuando los periodistas nos piden una entrevista. No nos podemos recluir solo en los laboratorios. Nuestro rol también es aclarar con nuestros conocimientos las cuestiones que le preocupan a la sociedad. Además, muchos científicos somos empleados estatales y nos debemos a la sociedad que nos financia nuestras investigaciones.

- ¿Cuál de sus investigaciones científicas le ha dado más satisfacción?

La gran mayoría. Ahora estamos trabajando con mi equipo en el desarrollo de mejores herramientas para el tratamiento de la atrofia muscular espinal, una enfermedad poco frecuente. Surgió por la demanda de familiares de pacientes, y me ha transformado la cabeza. Me encontré con gente que no solo sufría por sus familiares con la enfermedad sino también que sabía del “splicing alternativo”, que es un mecanismo de las células que venimos estudiando desde hace tres décadas. Estamos trabajando en colaboración con el laboratorio que dirige el científico uruguayo Adrián Krainer en un laboratorio del Cold Spring Harbor en Nueva York, Estados Unidos.

Más allá de todo, creo que hay una idea que atraviesa toda mi carrera y que surgió a partir de la clase de mi profesora de botánica en el secundario. Aprendí que algunos genes se expresaban y otros no, entre otros conceptos. La pregunta sobre cómo es la regulación para que una célula embrionaria se convierta en célula del hígado, del cerebro, entre otras, ha sido el eje que estuvo en todas mis investigaciones desde que hice mi postdoctorado en la Universidad de Oxford hasta ahora.

- ¿Qué espera para el futuro?

Quisiera que se termine la pandemia, aunque la situación hoy es difícil. No me angustia el encierro porque en mi casa hago diferentes actividades y me entretengo. Pero creo que el fin de la pandemia va a ser un momento histórico como la liberación de París en 1944, durante la Segunda Guerra Mundial. Todo tendrá otro sabor. Incluso encontrarse compañeros en los pasillos de una facultad o viajar serán experiencias más valoradas. También tengo esperanzas de cambio con la nueva ley de financiamiento del sistema científico que sancionó el Congreso argentino en febrero pasado. Establece que debe hacerse un aumento progresivo y sostenido del presupuesto nacional destinado a la ciencia y la tecnología hasta alcanzar en el año 2032, como mínimo, una participación del 1% del Producto Bruto Interno (PBI) de cada año. Si esta ley se implementara en serio, se podrán llevar a cabo políticas públicas de manera permanente. En cambio, si no se cumple, se seguirá con las ampliaciones y restricciones espasmódicas del presupuesto que hubo en el pasado y solo se taparán agujeros.

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