
Todos hemos oído hablar alguna vez, del tratamiento por hipnosis o de la curación por hipnosis.
En otras épocas incluso supimos de algún odontólogo que extrajo una muela con sólo hipnotizar al paciente, sin aplicarle inyección alguna, para adormecerlo y que durante la extracción, el paciente no sufrió ningún dolor, como si lo hubiesen anestesiado.
El primer médico que aplicó la hipnosis para curar a sus pacientes se llamó Franz Mesmer.
Era alemán, nacido en 1734. Tenía además un título de doctor en Filosofía. Posteriormente hasta un sabio como Sigmund Freud utilizó también la hipnosis como método curativo.
Pero “los que vuelan suelen rozar con sus alas a los que no pueden volar”.
Y el doctor Mesmer fue tratado por los científicos de su tiempo como un charlatán y un embustero.
Este hombre erudito, inteligente y con un espíritu intuitivo, cometió seguramente errores de concepto, sí. Pero la esencia de su descubrimiento, era correcta.
En primer lugar, creyó inicialmente que solo los imanes poseían un magnetismo, un fluido.
Pero luego comprendió que no era el imán lo más importante, sino el propio magnetismo mismo, que él llamó “magnetismo animal” y que estaba en todos los animales y personas, aunque no con la misma fuerza. Pero en los seres humanos, especialmente.
Y agregaba, que esa fuerza podía curar enfermedades.
Que podía ser trasmitida y concentrada en una especie de acumuladores, como si fuera energía eléctrica.
Y que luego, masajes en los órganos enfermos, ejercidos por algunas personas con elevada fuerza magnética, podrían completar la curación.
Y él mismo, el doctor Mesmer, se creía poseedor de esa fuerza. Y no se equivocaba. La comenzó a probar con sus pacientes.
Rápidamente, se hizo muy famoso en Viena, donde se había trasladado. –Lo llamaban “El Mago del Danubio”-. Médicos de Austria, Alemania y Suiza, le pedían asesoramiento.
Detectó entonces que el principio fundamental de la hipnosis, era la sugestión, que sumada al fluido magnético, llevaba a la curación de una manera natural aunque no en todos los casos, era exitosa.
Pero mientras su fama crecía, la comunidad científica lo criticaba.
Porque “los necios muchas veces desprecian lo que desconocen” y sobre todo suelen desmerecer a los que los superan.
Un caso real como ejemplo. Una muchacha muy talentosa, había quedado –por una parálisis del nervio óptico- con una ceguera incurable desde los 4 años. La diagnosticaron incurable. Pasaron 11 o 12 años. La jovencita, era famosa en Viena, por su particular aptitud como pianista. La apadrinaba la emperatriz austríaca que además subsidiaba a sus humildes padres.
Fracasados todos los tratamientos, realizados por los mejores médicos especialistas austríacos, Mesmer diagnosticó: ¡Tiene una conmoción de su sistema nervioso! y se comprometió a ayudarla. Ya a la semana logró devolverle la mitad de su visión, pero por una conjura de los oftalmólogos de Viena –es que más alto sube el hombre vientos más fuertes soporta- se interrumpió el tratamiento.
A Mesmer no le permitieron mostrar ni continuar su tarea, la chica volvió a su ceguera.
Ya la emperatriz había retirado el subsidio y el doctor Mesmer dejó Austria para radicarse en Suiza y luego en París, donde tuvo como pacientes a la misma María Antonieta, y al Marqués de Lafayette que lo protegieron.
Pero el rey Luis XVI, influenciado negativamente, por médicos interesados en su fracaso, ordenó que una comisión especial, que integraba el creador de la guillotina Dr. Guillotin y Benjamín Franklin entre otros, dictaminara sobre sus aptitudes médicas.
La comisión voto en contra. Luego llegó la Revolución Francesa y Mesmer decidió exiliarse en un pueblito suizo, donde ejerció simplemente como médico y continuó aplicando la hipnosis con singular éxito.
Casi 70 años después, gracias al doctor Charcot, la Academia Francesa reconoció como positivo y por ello legal su método.
El doctor Mesmer moría a los 80 años, un 7 de marzo de 1815, en ese pueblito suizo que le brindó tanto reconocimiento como paz espiritual.
“Muchos dan, pero muchos viven para dar".
Y un aforismo final para esa tardía valoración de la Academia Francesa:
“La incomprensión puede vencer a la verdad en cien batallas, pero…siempre perderá la última”.
(*) El autor, José Narosky es un escribano y escritor argentino, reconocido por sus célebres aforismos. Escribió más de 17 mil, de los cuales solo publicó 3 mil.
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