
Una tarde de otoño, en un viaje en remise desde La Boca al centro, palabra va, palabra viene, el chofer me contó una historia poco creíble. Pero tenía fotos: condición sine qua non. Y dijo cinco palabras decisivas: "El
protagonista fue mi padrastro". Hablamos al otro día, desde las seis de la tarde hasta las diez de la noche. Ajustarse los cinturones…
Domenico Sigismondi, italiano y más tarde argentino naturalizado, se enfrentó a una encrucijada. En 1934, Antonio, su padre, confeso antifascista y marcado como tal, fue llamado a las filas de Benito Mussolini, el grotesco dictador italiano y más tarde socio de Hitler e Hirohito: el Eje que desangró al mundo.
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"Agnello in bocca al lupo", dijo cuando recibió la papeleta. Traducción: "Cordero en la boca del lobo". Pero Domenico, su hijo, se apiadó. Tenía un poco más de 20 años y la presumible fuerza de esa edad, de modo
que se ofreció como voluntario, en trueque por su padre, y lo aceptaron.

En abril de ese año ya vestía el uniforme del Regimiento 1 de Artillería. Hizo carrera. Cabo, cabo mayor, sargento, y mil libras de premio por buen comportamiento. En 1936 lo mandaron a España -la Guerra Civil- a combatir en las filas de Francisco Franco. Lo hirieron, y volvió a Italia con dos medallas y más de tres mil liras "por comportamiento heroico en el campo de batalla". Pero no le concedieron la baja, como imaginaba…
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Combatió, siempre como soldado fascista y ya en la Segunda Guerra Mundial, en Grecia, Dalmacia, Albania. Otra herida, en febrero de 1942, lo recluyó en un hospital militar de Trieste. Por entonces, su ficha militar -cuatro condecoraciones- estaba empañada por dos sumarios: falso testimonio y estafa. Sin detalles. Misterio.
Pero Domenico, además de un bravo guerrero… ¡era trígamo! Un Casanova moderno. Atletismo amoroso que pagó muy caro. A principios de 1943, una amante despechada lo denunció como espía de los aliados, ¡y fue a parar a un campo de concentración nazi! Nada menos que al pavoroso Dachau, y a una barraca de judíos. Más tarde, la burocracia del Tercer Reich lo arrumbó en el no menos pavoroso Flosenbürg.
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Sólo logró, nadie sabe cómo, que no marcaran su piel a fuego con el número destinado a las futuras víctimas de la Solución Final. A cambio, le quebraron los dedos. Nunca más pudo tocar el clarinete, una de sus pasiones. Le partieron la mandíbula. Lo apalearon. Fue conejo de Indias de los diabólicos experimentos genéticos de Josef Mengele, el atroz coleccionista de ojos azules, y quedó impotente. Por ahora, telón.

Carla Pedrazzini, nativa de Casalmaggiore, Cremona, nacida en 1921, se casó en París con un francés, Marcel Demissy. Al año nació Marcos, su único hijo. Marcel era jefe de una estación ferroviaria, y una mañana, cuando Marcos tenía apenas cuatro meses, resbaló en la nieve, y un tren lo hizo pedazos. Su viuda volvió a Italia, recibió -generosa- a muchos soldados que volvían, lacerados, del frente, y uno de ellos fue Domenico Sigismondi.
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Que le contó su insólita y terrible historia. Carla se enamoró de él, se casaron, y en 1948 llegaron a un puerto seguro: la Argentina. Una vez aquí, ella se enteró de la trigamia de Domenico. Hubo furia y reproches. Pero también perdón. Los naipes de nuestro héroe venían cruzados. Volvió a Italia, no le fue bien, e intentó otra recalada en la Argentina. Su segunda oportunidad sobre la tierra. Su Macondo al revés.
Fue motorman del tranvía 22 (Retiro-Quilmes, llamado "el expreso de Oriente"). "Zorro gris" (policía de tránsito) de Berazategui. Empleado del montepío (el Banco de Préstamos). Obrero en Bernal. Fletero en el Chaco. Según Marcos, su hijastro, "odiaba a los alemanes, era peronista y antisemita, pero guardó su pasado bajo siete llaves". Una pancreatitis fulminante se lo llevó el 19 de noviembre de 1980. Sus huesos yacen en el cementerio de Ayacucho.
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¿Fin de la historia? No todavía…
Pasadas las módicas ceremonias del adiós, Marcos Demissy subió al altillo de la casa de Domenico y, entre muchos papeles sin valor, encontró una caja con fotografías. Un centenar de las más atroces escenas de los crímenes nazis. Cámaras de gas y decenas -o miles- de cadáveres apilados en vagones abiertos o enterrados en enormes fosas. Fueron tomadas, con una sencilla cámara Kodak de cajón, por un soldado norteamericano de los que liberaron el campo de exterminio de Flosenbürg, y según una carta de Domenico, regaladas por aquel.
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Fotos de aquellos tiempos. De ocho por diez centímetros, y borde dentado. Las mismas que captaron felices vacaciones junto al mar, bebés sonrientes, cumpleaños de quince, casamientos. Ampliadas y donadas, están hoy en el Museo del Holocausto, Montevideo 919, entre otros testimonios del horror.
En todo caso, el azar volvió a demostrarme, como otras veces, que el periodismo, más allá de la narración de los trabajos y los días del griego Hesíodo -año 700 Antes de Cristo-, sigue siendo uno de los oficios más misteriosos de la Tierra. Y que con sus leyes, sus rutinas, sus éxitos, sus fracasos, sus glorias, sus miserias y hasta sus torpezas, es una llave que abre siempre abre puertas. A veces, desde la nada hasta la verdad.
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