El creador de títulos fundacionales en el cine argentino como Pizza, birra, faso, Bolivia, y Un oso rojo le debe su amor a contar historias en parte a su padre, que trabajaba en una sala de su Uruguay natal. Pero también a la confusión vocacional adolescente que llevó a Israel Adrián Caetano a seguir los pasos de una novia que se iniciaba en la carrera del séptimo arte.

Tras triunfar en la pantalla grande, Caetano pisó fuerte —y sin prejuicios— en televisión, marcando un éxito inmediato con Tumberos; le siguieron Disputas, El Marginal y la reciente Sandro de América, entre otras. Hoy, mientras graba en Fuerte Apache la vida de Carlitos Tevez que se estrenará a mediados del año próximo, disfruta del éxito internacional de Pacto de Sangre, que llegó a Netflix tras ser aclamada en Brasil.

El thriller producido por Navajo Films cuenta la historia de Silas (Guilherme Fontes), un periodista en busca de noticias polémicas y sensacionalistas que va camino a convertirse en una de las figuras públicas más controvertidas y poderosas de la ciudad. La serie muestra el submundo criminal del lugar, pasando por el tráfico de drogas, el turismo sexual, los rituales humanos y la corrupción.

El proyecto se comenzó a trabajar en 2015 para luego postergar dos años su estreno. Y se encuentra ahora con un contexto político muy diferente: "No existía (el presidente electo Jair) Bolsonaro —dice Caetano—. Igual está basado en otro político muy singular de Brasil, Wallace Souza, un diputado por Manaos que tenía este operar político. Es interesante también cómo habla de los medios de comunicación. Creo que realmente estamos asistiendo a un mundo gobernado por empresas y medios".

—¿Qué atrapa tanto de la marginalidad?

—En gran parte el morbo. Y eso es precisamente lo más preocupante de la marginalidad: que atraiga el morbo. A ese mundo le hace falta una mirada nueva, o más bien antropológica, ahondar un poco y saber cuáles son las razones por las que esas cosas ocurren. O reírse de eso, ya directamente.

—¿Hay algo en el espectador de "me quiero acercar, pero sin peligro"?

—Sí, pero más como el circo romano también: me quiero acercar sin peligro pero quiero ver lo más posible. Cuando empezó Internet había una fascinación de un montón de gente para ver pornografía y otro montón de gente para ver crímenes y ese tipo de cosas. Se había puesto muy de moda. El espectador ya está acostumbrado a eso.

(Revista Gente)
(Revista Gente)

—Grabaste en muchos lugares marginales. Con Pacto de Sangre, en Brasil, hoy estás rodando en Fuerte Apache. ¿En algún momento estuviste en una situación de peligro mientras trabajabas allí?

—Yo particularmente no, pero se huele el peligro cotidianamente. Es lo que me contaba Tevez: "Yo jugaba a la pelota entre las balas". Eso lo empezó a construir (Juan Carlos) Onganía, después se lo apropia el peronismo a principios de los 70 cuando gana las elecciones, y después se lo apropian los militares, la Dictadura; y ahí meten a un montón de gente de las villas de Capital. Pero las tiran con edificios a medio hacer, sin ningún tipo de papeles ni nada, y eso se convirtió en un gran gueto. El nombre Fuerte Apache le cae muy bien porque si bien la mayoría de la gente es gente que labura y que depende de su trabajo, manda a sus hijos a la escuela y trata de llevar la vida lo mejor posible, hay un estado ahí de tensión constante que al que es de afuera y no nació ahí, lo percibe más que la gente que vive ahí. Y así también lo percibe la gente que vive ahí.

—¿Cómo decidiste hacer la vida de Tevez?

—Me habían convocado hace mucho tiempo; cuando Gastón Pauls tenía una productora iba a hacer un largometraje, después la productora quebró y quedó eso en la nada. Me llamaron este año y a mí me interesó la idea, mucho, pero me interesaba la infancia de él, porque después del debut en Boca su vida está en todos lados: ¿para qué voy a andar contando goles de Tévez, que uno puede ver en vivo y en directo? Pero lo de Fuerte Apache es algo muy interesante: él se formó ahí, se educó ahí, nació ahí, tiene unas raíces muy fuertes con ese lugar, reales, honestas, sinceras, y así como lleva su quemadura que no se quiere operar porque es parte de él, con Fuerte Apache pasa lo mismo. Entender ese lugar también es entenderlo un montón a él.

—Tevez cuenta que era chiquito, jugaba y pasaban las balas cerca. ¿Pasó que, grabando, las balas pasaron cerca?

—No. Pero cada tanto sí hay situaciones así. Estamos bastante cuidados por un grupo de personas que labura ahí en el Fuerte, y que son del Fuerte. No hemos corrido peligro pero se escuchan, se ven situaciones, y me imagino para la gente que vive ahí… También es triste ver que son niños. Uno tiene una imagen de un delincuente de otra época; ahora son niños de 15, 16 años. Una pena todo.

—Ves a esos chicos, y también debés ver a los de cuatro años caminando por ahí. Y hay algo de lo aleatorio de la vida, de dónde uno nació. Vos te vas de Fuerte Apache y llegás a tu casa, los tuyos están calentitos, comidos, lejos de las balas, ¿no?

—Sí. Uno no elige dónde nace. Hay algo también interesante ahí que a partir de la historia de Tévez, de la historia del que triunfa, uno también cuenta la historia de los que no, que son un montón más en esos espacios. Morirse joven es normal en todos esos lugares. La gente vive con mucho cuidado en general. Es un lugar muy diferente. Nadie elige nacer pobre como tampoco nadie elige ser delincuente, en un punto. Me parece que, por lo menos, no nace con esa elección. Uno también es donde nace. Me lo dijo Tévez: "Podría haber sido futbolista como podría haber sido chorro". Hay una honestidad brutal en eso, y uno estando ahí dice: "Es verdad". Y entendés un poco la mecánica de las cosas y juzgás menos; sos menos ignorante, tal vez.

—Más allá de lo ideológico, ¿la vida de qué político contarías, como personaje rico para mostrar?

Alguna vez se me ocurrió alguna película con un gobernador al estilo (Alfredo) Olmedo. Representa una estructura feudal de la política que todavía nos pertenece, una estructura sociocultural que todavía existe en nuestro país. Ese caudillismo que todavía hay en el interior, esa meritocracia folclórica que hay acá.

—¿Por qué no vas a estar en El Marginal 3?

Para mí es un ciclo terminado, por un lado. Y es una serie que tiene vida propia.

—¿Pero te gusta que se haga la tercera parte? ¿O te parecía que ya estaba bien así, con la segunda?

—¡Ay, qué difícil que es eso en la tele! Porque en las películas uno sabe que ya está… Es muy difícil que hayan segundas partes a menos que sean mega éxitos comerciales, cosa que es cada vez más difícil. Me parecía que yo ya no tenía nada más para decir ahí adentro. En la temporada uno iba a dirigir y a escribir, después por razones personales no pude, y solo pude escribir la mitad de los capítulos junto con (Guillermo) Salmerón. En la segunda temporada no pude escribir los guiones y pude dirigir los dos primeros. Me parece que ya está; yo, por lo menos me doy por satisfecho.

Para mí, ‘El marginal’ es un ciclo terminado. Yo ya no tenía nada más para decir ahí adentro

—¿No querés más?

—No, me parece que ya está, que estaría bueno explorar otros lados. Me termino aburriendo.

—¿Se está abusando del formato porque funcionó?

—De toda cosa que funciona se abusa. Es ley del mercado: si hay algo que funciona, le vamos a dar rosca hasta que no funcione más.

Sebastián Ortega y Adrián Caetano, antes de grabar una escena de “El Marginal 2”
Sebastián Ortega y Adrián Caetano, antes de grabar una escena de “El Marginal 2”

—Recién decías que con las películas uno sabe cuándo está terminad. Y siempre me surge la duda con los artistas: ¿en qué momento una obra está terminada? ¿Cuándo la soltás?

—No, nunca. Uno hace películas todo el tiempo para poder terminar alguna o sentir que lo que no pudo terminar en la anterior, lo puede contar en la que viene. Nunca soltás, pero la mejor manera, en vez de quedarse obsesionado con algo que te detenga, es saber decir: "Ya está, no puedo perfeccionar esto".

—¿Y lográs hacerlo vos o hay una productora que te dice: "Basta, me lo das, me lo entregas porque se estrena…"?

—En la tele, donde el tiempo es tirano, por ejemplo en el caso de Tumberos o Disputas, lo que yo entregaba era mi corte. En Pacto de sangre fue diferente: filmé, dirigí y entregué el material.

—La post producción ya era de otro.

—Claro. A veces me toca el caso de que los trabajos son por encargo y tenés que entregar, y en un punto también es un alivio. Pero en los casos propios son como hijos: tenés que soltarlos. Las película las tenés que dejar caminar solas en algún momento, y las querés y les dejás de ver los defectos, y chau.

Pizza, birra, faso cumple 20 años.

—Sí, un hijo grande: ya cumplió 20…

—¿Qué te pasa hoy, pensando en lo que fue desde ese momento esa película para vos hasta este presente?

—Todavía no me tocó ver la vida en perspectiva. Creo que me faltan unos años para tener más perspectiva sobre las cosas. Estoy contento, estoy orgulloso, realmente estoy súper agradecido a la vida y a toda la gente que me crucé en el camino y que me ayudó y me acompañó. Todavía estoy como pensando lo que viene.

—¿Es verdad que el acercamiento al cine, más allá de que tu padre trabajaba en un cine, fue siguiendo a una novia?

—Sí, es verdad. Después no hizo cine hasta donde sé. Yo era muy adolescente, tenía 16 años, estaba en el secundario, ni sabía qué quería. Sabía que me gustaba mucho la ingeniería, las matemáticas, quería irme para ese lado, y después apareció esto del cine y me empecé a copar. Bah, de chico me gustaba contar historias: era bastante fabulero.

—Pero le debemos un poco a ese amor adolescente.

—Un poco mi viejo, un poco ese amor adolescente, un poco a poder romper la cáscara. Eramos una familia de laburantes, vivir del arte era algo que nadie te creía mucho.

—¿Costó convencerlos a tus padres?

—Con el tiempo me vieron y me dijeron: "Che, qué buen laburo", pero antes me decían: "¿Y cómo es tu trabajo? ¿Qué es lo que hacés?".

—En algún momento dijiste: "El público es cada vez más fácil de dominar". ¿Realmente es así?

—Yo creo que sí. El público es cada vez menos exigente, y nosotros, como personas, somos cada vez menos exigentes: ya lo posible nos parece un logro. He tenido montones de discusiones con productores de cine, de que el cine se tiene que hacer de esta manera porque si no de otra manera no se puede hacer, que salir a filmar con una cámara a la calle es como romántico y zonzo, y "no se puede" y "sí se puede". Si uno se queda dentro de lo posible, que es lo que está ocurriendo… Ahora todo lo que ocurre parece que es el único mundo posible que puede ocurrir.

Veo que hemos aceptado que las cosas son de esta manera y tenemos que jodernos

—¿Cómo está hoy la industria cinematográfica en la Argentina?

—Todavía estamos asimilando lo que significa el golpe de la televisión, por lo menos los cineastas estamos viendo de qué se trata. Igual para mí las películas siempre van a existir, pero bueno, ahora hay como eso. Como lo hubo con Internet ahora: hay como una saturación de series de televisión que todavía hay que digerir.

—¿Y con el contexto político actual?

—Me cuesta mucho ver la realidad como hablábamos recién en el macro; yo me guío por lo que veo más cerca. En lo personal, veo que hemos aceptado que las cosas son de esta manera y tenemos que jodernos. Hace rato. No sé si está bueno eso. Para mí está bueno pensar que las cosas realmente pueden estar mejor, y no solo pensar sino trabajar en función de eso. También creo que cuando las cosas se pintan de una manera tan cruel la gente tiende a ponerse más egoísta todavía. Cuando vos decís: "La calle es un peligro", te ponés más desconfiado. Cuando decís: "Hay poco trabajo", cuidás más el tuyo y tratás de no ayudar al de al lado. Toda esta situación de "Bueno, me cuido yo", cierto triunfo del individualismo en general, y creo que es mundial, me parece una pena. Y me parece una pena más nosotros como país que todavía ni siquiera nos llegamos a conformar, todavía no sabemos ni quiénes somos nosotros.

—¿Qué viene, después de Apache? ¿Qué tenés ganas de hacer?

—Estoy queriendo hacer una película o una serie donde haya un héroe, donde haya un tipo que hace las cosas bien. Que era un poco lo que pasaba en Un oso rojo. Yo me crié así, me crié viendo Indiana Jones, me crié viendo héroes, tipos con honor, tipos que decían lo que pensaban, y hacían lo que pensaban. Tengo ganas de hacer una película o una serie así, como El Zorro, por decirte una zoncera.

—Uno de los buenos.

Hacer algo con los buenos. El anti héroe ya está medio vapuleado, y más en las series gringas. Me parece que está bueno que venga de un lugar insospechado. Uno ve El Zorro y todavía le gusta.

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