Fernando Samalea
Fernando Samalea

Fernando Samalea tiene la capacidad de recordar con lujo de detalles hechos que ocurrieron hace muchos años. Los narra como si los estuviera viviendo nuevamente y pone al lector en ese instante, como si fuese testigo presencial de aquello que el músico le cuenta.

El baterista y bandoneonista, de amplia trayectoria en el rock nacional, está preparando su tercer libro, que se llamará Nunca es demasiado, y que abarcará el período transcurrido entre 2010 y 2017.

En diálogo con Infobae, contó en que consistirá el escrito -sucesor de Qué es un long play y Mientras otros duermen– y repasó sus años de trabajo junto a Charly García, Gustavo Cerati, María Gabriela Epumer y otros grandes de nuestra música.

"Mi capacidad de asombro y curiosidad están intactas", subraya Fernando, quien tiene una agenda cargada de aquí a fin de año, que incluirá conciertos con La Portuaria, Hilda Lizarazu, Leo García, el Sexteto Irreal y otro a dúo con Fernando Kabusacki.

Fernando Samalea está preparando “Nunca es demasiado”, su tercer libro (Foto: Any Riwer)
Fernando Samalea está preparando “Nunca es demasiado”, su tercer libro (Foto: Any Riwer)

-La primera pregunta tiene que ver con tu presente. Estás escribiendo un tercer libro, que leí que se llamará Nunca es demasiado, y contaste en tu Facebook que abarcará el período entre 2010 y 2017. ¿Qué nos podés adelantar al respecto? ¿Para cuándo estimás que saldrá publicado?

-La vida continúa a paso firme y entretenida, por suerte, así que ya les estoy dando forma novelada a estos años recientes. Es un ejercicio sanador, en agradecimiento a tantos privilegios, por poder seguir disfrutando y conociendo nuevas generaciones. Me gusta plasmar recuerdos con humor, escapándole a cualquier solemnidad.

Escribo para mí, para los seres queridos y para quienes se interesen, sin intención de convencer a nadie de que los lea. Suficiente con la cantidad exorbitante de información que circula en todos los formatos y plataformas, ¿no?. Como decía Groucho Marx: "Desde que tomé su libro me caí al suelo rodando de risa… ¡Algún día espero leerlo!".

Quizás los volúmenes autobiográficos sean al fin una especie de legado para jóvenes del futuro que quieran saber del rock argentino de estos años

Pero mi capacidad de asombro y curiosidad están intactas. Quizás los volúmenes autobiográficos sean al fin una especie de legado para jóvenes del futuro que quieran saber del rock argentino de estos años, acerca de costumbres, modas, formas de hablar, detalles técnicos, etcétera. Por supuesto, no por lo estrictamente personal sino por mi ligazón a tantos artistas emblemáticos.

En Nunca es demasiado podré escribir sobre Charly García girando por América, grabando Random o tocando en el Teatro Colón porteño, de mis discos de bandoneón y orquesta, vagabundeos en motocicleta o mi pasión por la coctelería, entre otras cosas. En esos años fundamos el grupo eventual Los Quietos con Daniel Melingo, Willy Crook, Luis Ortega, Patán Vidal y María Eva, acompañé a solistas de la generación intermedia como Marcelo Ezquiaga, Pablo Dacal, Luis Mantel o Santi Martínez, a las norteamericanas CocoRosie, grabé con Rosario Ortega, El Kuelgue, Estelares, Julio Moura o el brasileño Nei Van Soria.

Son mil situaciones, muy diferentes entre sí, algunas tan insólitas que parecerán inverosímiles

Son mil situaciones, muy diferentes entre sí, algunas tan insólitas que parecerán inverosímiles. Habrá sobre conciertos con la Orquesta Hypnofón, el Sexteto Irreal -junto a Axel Krygier, Christian Basso, Alejandro Terán y Manu Schaller- o los chicos de El Cisne Elocuente, incursiones a Río de Janeiro, Kioto, Londres, Seattle o New York, experimentos con Fernando Kabusacki, Steve Ball, Electric Gauchos, el inglés Phil Manzanera y japoneses como Yoshitake EXPE, Otomo Yoshihide y Damo Suzuki, o el chileno Pedropiedra.

Además, la gira sudamericana en motocicleta con Marina Fages, que fue una epopeya digna de "Games Of Thrones", y encuentros con el bajista norteamericano Tony Levin, Emmanuel Horvilleur o el poeta Horacio Ferrer.

Este tercer libro cerrará en París, cuando acompañé al francés Benjamín Biolay nada menos que en el mítico Zenith, durante el invierno europeo de 2017. En plan poético, me doy el gusto de reflexionar a lo canchero, mientras caía la nieve sobre los adoquines de Montmartre o puentes del Sena, deambulando por el Boulevard Clichy o tomando un café o una copa de vin blanc por la Rue Saint-Denis. Ameritaba ordenar tanta crónica. ¡Aunque ya me aburro de leerlas enumeradas así! Calculo editar a finales de 2019 o principios de 2020, con el insustituible "visto bueno" de mi amigo escritor Sandro Romero Rey, desde ya.

-Prometiste que en el libro vas a hablar de Random (2017), el último disco de estudio de Charly García. ¿Cómo fue el proceso de grabación? ¿Cómo lo viste a Charly durante ese proceso?

-Un día me propuso grabar otra vez baterías en un disco suyo y fue un alegrón. Había comenzado los esbozos privados durante su deambular por hoteles de Buenos Aires. En general lo grababa Tato Vega, el chico que lo acompaña desde hace años. Así continuó en Cathedral, el estudio de Villa Urquiza, donde le hicieron un aguante descomunal a lo largo de meses y meses.

Nuestro Héroe Nacional fue llamándome a esas sesiones a través de su novia Mecha. Era genial verlo pasar de un instrumento a otro, o escucharlo cantar buscando cada frase con maestría, mientras Rosario agregaba voces. Fuimos descubriendo "La máquina de ser feliz", "Kubrick", "Primavera", "Otro", "Lluvia" o "Mundo B" como por arte de magia.

Nuestro Héroe Nacional fue llamándome a esas sesiones a través de su novia Mecha. Era genial verlo pasar de un instrumento a otro, o escucharlo cantar buscando cada frase con maestría

El gran misterio de la creación, siempre apasionante. Cuando apareció en la película el ingeniero Nelson Pombal, todo cobró un lindo carácter de disco oficial, digamos. En Los Pájaros de Luján grabamos las baterías definitivas y, para coronar, Joe Blaney puso un poquito de su clase en Nueva York.

-Hace apenas unas semanas participaste del regreso de La Portuaria y vas a acompañarlos en dos shows en diciembre (El 1 en Vicente López y el 8 en Mendoza). ¿Qué te genera que te hayan invitado a tocar con ellos en esta etapa?

-Me encanta, aunque ahí estoy casi de colado, como percusionista, disparando samplers o tocando tambores o melodías de steel drum, complementando los ritmos del joven baterista Pedro Bulgakov quien, además de saber cómo hacer sonar lo suyo, es un gran amigo de años, muy talentoso: toca tabla hindú, guitarra, compone, programa y lleva su proyecto solista con altura. Es una emoción compartir de nuevo con Diego, Alejandro, Sebastián y Christian, compañeros de tantas batallas desde los lejanos ochenta. Esta versión actual la completa León Isch, otro joven guitarrista que se las trae. Y cuentan con el apoyo de la entusiasta manager Romina, todo un emblema de empuje femenino, así que se auguran buenas cosas.

Son tiempos de reencuentros -ya que suelo ser baterista de Hilda Lizarazu o Leo García y grabar cada tanto con Charly en sus canciones aún inéditas, además de continuar integrando la banda parisina de Benjamín Biolay-, y de descubrimientos: me gustan las bandas de rock del indie argentino y solistas de cierto rodaje como Lucas Martí, Darío Jalfin, Marina Fages, Lucy Patané o la emergente Candelaria Zamar. Además, están los proyectos del Mono Fontana y Sergio Verdineli, que siempre estimulan el foco. Y a través de la cantante y saxofonista Michelle Bliman estoy conociendo a la nueva generación del jazz-canción o jazz instrumental, con pibes sub-25 que ni sabía que existían y la rompen. Los "circuitos" son diversos y no me puedo quejar, el asunto sigue adelante y promete…

Fernando en el camarín del Teatro Coliseo junto a Charly García, Fabiana Cantilo y el “Negro” García López (1991)
Fernando en el camarín del Teatro Coliseo junto a Charly García, Fabiana Cantilo y el “Negro” García López (1991)

-Dejamos un poco el presente y, aprovechando tu gran memoria, nos vamos hacia atrás en el tiempo. El año pasado se cumplieron tres décadas de la edición de Parte de la religión (1987), el primer disco en el que trabajaste junto a Charly García. ¿Cómo se dio tu encuentro con él y qué es lo que recordás de esos primeros días junto al maestro?

-Lo conocí dos años antes de Parte de la religión, durante la grabación de Vida cruel, el disco de Andrés Calamaro con el cual tuve la fortuna de "debutar" en el mundo de los vinilos. Se acercó al Estudio Panda de la calle Segurola junto al mismísimo Spinetta y fue un sacudón emocional para nosotros. Íbamos a grabar todos juntos en una de las canciones de Andrés.

Jamás olvidaré cuando Charly me acompañó a la sala, copa de cognac en mano, antes de la toma de batería. Sus movimientos graciosos lo asemejaban a algo indefinido entre Dalí y la Pantera Rosa. Se sentó delante del piano Steinway y me propuso afinar los tambores en relación armónica con el tema. "A ver, a ver… ¿Cómo era tu nombre? ¿Fernando? Fijate si podés poner estas notas en los roto-toms", dijo, y fui girando los aros de a uno y dando golpes suaves, hasta que escuchaba su "¡Ahí está bien!".

Jamás olvidaré cuando Charly me acompañó a la sala, copa de cognac en mano, antes de la toma de batería. Sus movimientos graciosos lo asemejaban a algo indefinido entre Dalí y la Pantera Rosa

Así me incorporé a su banda de apoyo Las Ligas y compartimos momentos inolvidables entre 1985 y 1986. Luego, siendo yo casi un novato, me llevó a grabar con él a New York. ¡No lo pude creer! García había bocetado las canciones en su departamento de la calle Coronel Díaz, portaestudio a casete de cuatro canales y batería electrónica mediante. Pude escuchar versiones primerizas de "No voy en tren" o "El karma de vivir al sur", que mostraba orgulloso sentado ante el Grand Piano Yamaha CP 70 y el sintetizador Roland Jupiter 6, mientras contemplábamos el bullicio nocturno de la Avenida Santa Fé y sus luces rojas, verdes, blancas y amarillentas, desde las alturas.

-Viviste muy de cerca la llamada etapa "Say no more" de Charly, donde los excesos y escándalos eran una constante. ¿Era difícil convivir con ese Charly? ¿Cuál fue la "locura" que más te sorprendió que haya hecho?

-Él ha hecho un concepto de su vida misma, y yo siempre me llevé bien estando bajo su órbita. Me gustó palpar desde la primera fila su estado excéntrico, ingenioso y original, como esos trazos, dibujos o intervenciones artísticas que hace a menudo.

En mis libros hay muchísimas situaciones de las llamadas "alocadas", no sé si podría hablarte de una en particular sino de un comportamiento generalizado. Me parece que ya trascendió la barrera de la física cuántica. Es inigualable: "Inténtenlo, no van a poder…".

-El presente de Charly es muy distinto al de esos años "salvajes". ¿Cómo lo notás ahora y qué te genera cuando ves que sigue tocando, componiendo y emocionando a distintas generaciones?

-Me alegra mucho verlo tocar en los teatros y continuar compartiendo con él su humor lúcido, a lo largo de tanto tiempo. Su ingenio está a la altura del de Groucho, Woody Allen o Mel Brooks, sin duda. Ametralla con ocurrencias sorprendentes. Fue doblegándose generación tras generación, y todo indica que lo seguirá haciendo.

-En los años junto a Charly también te tocó trabajar con María Gabriela Epumer. ¿Cómo la recordás? ¿Cómo era en la intimidad con el grupo?

-Era una chica encantadora, de quien aprendí muchas cosas. Imposible no notar la sangre aborigen que había heredado en su estilo de tocar o componer. Su tatarabuelo había sido un cacique ranquel y su abuelo, guitarrista de Agustín Magaldi, además de ser hermana menor de Lito y sobrina de Celeste Carballo. Los genes la acompañaron, y supo desarrollarlos con una rúbrica bien suya. Fuimos amigos desde el primer tímido saludo en la sala de la calle Fitz Roy, donde ensayábamos con García. Se extraña mucho su calidez…

En la prueba de sonido de “Ahí vamos” en el Teatro El Círculo de Rosario junto a Gustavo Cerati y su banda (2006)
En la prueba de sonido de “Ahí vamos” en el Teatro El Círculo de Rosario junto a Gustavo Cerati y su banda (2006)

-Junto a Gustavo Cerati trabajaste en los discos Ahí Vamos (2006) y Fuerza Natural (2009). Contaste que fuiste entrando de a poco a su banda y, de hecho, te eligió a vos para acompañarlo en las giras. ¿Cómo fueron esos años y qué es lo que más te impresionó de su forma de trabajar? ¿Era tan obsesivo como dicen?

-No diría obsesivo, pero si que buscaba con pasión la forma de vestir sus canciones, ya sea para grabarlas o tocarlas en vivo. Compartir música y demás con él fue otra de mis grandes experiencias y bendiciones de la vida, viajando por el mundo a pura plenitud, defendiendo su repertorio como los gladiadores en la arena. Era un placer ponerse la camiseta y hacer propio su proyecto tan magnético.

(Gustavo Cerati) buscaba con pasión la forma de vestir sus canciones, ya sea para grabarlas o tocarlas en vivo

Que ya no esté, también es una tristeza que cargaremos por siempre. A través de los libros -desde mi visión-, intenté mostrar algo de su intimidad, humor y picardía. Fue muy emotivo reconstruir esos diálogos o sonrisas. Sobre todo, pensando en que sus hijos Lisa y Benito pudieran conocer incluso un poquito más sobre su papá, si es que desean leerlo alguna vez.

-Leí en una entrevista que Gustavo te propuso ser parte de su equipo en una fiesta a todo volumen y que algo similar te había ocurrido con los Illya Kuryaki. ¿Siempre te proponen trabajar a los gritos?

-¡Es que vivimos de juerga! ¿En qué otro lugar me lo van a proponer que no sea un boliche?

-Una pregunta obligada tiene que ver con tu relación con Pity Álvarez. Ibas a participar del show fallido de Viejas Locas en Tucumán en abril. ¿Volviste a tener vínculo con él después de todo lo que pasó?

-No, no volví a verlo ni hablar por teléfono desde entonces, así que no puedo agregar nada a lo conocido públicamente.

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