Son las canciones del ayer, con la mirada de hoy. Y muchas quedarán para siempre. Porque Pedro Aznar están lanzando Resonancia. Lo hará el 1 de septiembre en el Teatro Gran Rex. Se trata de un recorrido por sus canciones más emblemáticas a lo largo de 35 años de carrera artística. Las pondrá en escena en un formato íntimo, especial. Y es que además de cantarlas -y tocarlas-, es como si las contara. Sucede que forman parte de la historia. De su historia.

—35 años en la música. ¿Cómo te sentís? ¿Qué te generan tantos años?

—Fue muy emocionante armar el espectáculo ya que es también un concepto, esta mirada retrospectiva. Y estamos lanzando una caja, que es un objeto, un artículo de colección por así llamarlo, que trae todos mis discos de mi etapa solista, de 1982 hasta la fecha, y un libro de 96 páginas escrito en primera persona donde cuento todo este viaje musical, y desarrollo cada uno de los discos en detalle. Y en los shows también: toco música de todos los discos, en orden cronológico.

—También la memoria debe jugar un papel importante, porque cuando pasa el tiempo uno ve las cosas con otros ojos, y quizás lo que pasó en realidad lo estás contando de otra forma. ¿Te pasó eso?

— Sí. Cuando vos lo contás desde tu óptica actual, es imposible meterte en la piel de cada una de esas personas que fuiste siendo a través del tiempo. Vas haciéndolo desde este momento y desde este lugar. Pero está bien que así sea, es siempre una visión parcial: desde esta fetita del tiempo que te toca vivir mirás hacia atrás y es la conclusión a la que llegás hoy.

—¿Este tiempo se te pasó muy rápido, o con la vorágine de los shows y de tantas giras se te pasó despacio?

—Como le pasa a cualquiera en la vida: se te va volando. Y al mismo tiempo sentís que tenés todo el tiempo del mundo por delante, a medida que lo vas haciendo. Pero después, cuando lo mirás, sí parece un suspiro: hay cosas que parece que hubieran sido ayer, pero ya están a una cierta distancia.

—¿Cuál sería el lado B de tu profesión?

—La distancia de los afectos: estás viajando todo el tiempo y estás lejos de las personas que querés. A pesar de que hoy no es tan crítico porque tenés la tremenda ventaja de la comunicación inmediata, y podés ir compartiendo tus experiencias, y tu gente querida también lo puede hacer con vos. Eso ayuda mucho. Yo empecé a viajar por el mundo cuando no existía este fenómeno de comunicación inmediata, de Internet, y era muchísimo más duro: estabas en una gira internacional, mandabas en una carta, y tardaba un mes en llegar y otro mes en volver. Era otro mundo, una realidad completamente distinta. Hoy eso está un poco más suavizado. Pero de todas formas, la distancia es distancia.

—¿Te perdiste grandes amigos, grandes amores por esta cuestión?

—Creo que no. La gente que está a tu lado, y que es, entre comillas, fiel a vos o al cariño que tenés con esa persona, no te deja porque una profesión te obligue a viajar. De lo contrario, no era la persona adecuada.

—¿De qué te sentís orgulloso? 

—De no haber bajado los brazos en los momentos difíciles. De no haber traicionado mi vocación. De no haber cambiado de rumbo por uno más fácil, si no de ser consecuente con lo que pensaba al principio. Eso lo sostuve siempre.

—¿Alguno de esos momentos difíciles?

—Creo que ocurren en toda carrera, en toda profesión: a veces tu mirada y el afuera no condicen muy bien, o no se conectan. Me pasó en algunos momentos sentir como que el mundo miraba para otro lado.

—¿Que no te miraba a vos?

—Que no miraba al mismo lado al que yo estaba mirando. No necesariamente a mí, sino a lo que a mí me ocupaba y me preocupaba. Esos son los momentos en los cuales corrés el riesgo de perderte la fidelidad a vos mismo, de empezar a desconfiar de cómo vos leés la realidad cuando todo parece ir para otro lado.

—¿En esos momentos te desencantabas de tu profesión?

— No, no. Desencantarme de mi profesión nunca; sí de los laberintos de la comunicación, de lo que yo hago. Lo que hacemos los artistas está mediado por los discos, la radio, la televisión, Internet, el cómo vos hacés llegar lo que hacás hasta la gente. Hay algo que está entremedio y que conecta o desconecta.

—¿Cómo se trabaja el tema del ego?

—El riesgo de ponerte tonto siempre está. Pero es un acto de ignorancia, porque en realidad el aplauso no es necesariamente a vos, personalmente, sino que es a algo que vos estás ayudando a comunicar. De alguna manera, la música pasa a través tuyo, no es necesariamente tuya. Eso de que vos le pongas tu nombre a una canción, a un poema o lo que sea, en un punto es un poquito arbitrario. Vos sos como un receptor que cataliza un montón de ideas que están en el aire en un determinado momento histórico, y que al pasar por vos, que sos un filtro determinado, sos como un prisma, refleja determinados colores de acuerdo a cómo le dé la luz y el ángulo que la luz tome a través de él. Pero no es que vos inventaste la pólvora ni mucho menos. La gente que se traga la píldora del ego al ciento por ciento es porque tiene ese error de concepción, se piensan que ellos inventaron algo.

Aznar, sobre el escenario
Aznar, sobre el escenario

—¿Charly García y David Lebón, los integrantes de Serú Girán, tenés relación? ¿Se siguen hablando?

—Sí, claro, somos muy buenos y muy queridos amigos. Somos como familia, te diría. Podemos dejar de vernos, como pasa con la familia; por ahí con los hermanos estás en puntas distintas del mundo y no te llamás por teléfono. Y de golpe, cuando te ves, es como si hubieras estado todo el tiempo con ellos.

—¿Recordás algún viaje, alguna anécdota? Algo que te haya marcado y lo sigas recordando al día de hoy.

—Eramos como una especie de circo ambulante muy divertido. Teníamos, y tenemos, mucho código de humor entre nosotros. Y los viajes y las giras eran un poco una… No es que no fuera trabajo, pero al mismo tiempo se sentía como unas vacaciones con amigos queridos en la cual te dedicabas a disfrutar de hacer lo que más te gusta, que es tocar música, y a la vez como de tomarte el mundo un poco en chiste. Reírte un poco de lo que pasa en buen plan, digamos.

—¿Qué es lo que más disfrutás de tu trabajo?

—Mirá, durante mucho tiempo me gustaba mucho el estudio de grabación. Por las posibilidades que ofrece de convertirse como en una especie de atelier de pintor para la música. Vos ahí tenés tus pinceles y tus colores, y vas armando tu paleta y vas haciendo aparecer una imagen, que en este caso es sonora. Y ese trabajo me resultó siempre fascinante. Pero en los últimos 10 o 15 años empecé a tocar cada vez más frecuentemente, y se hizo mucho más potente para mí el contacto con el público desde el escenario. He dejado de grabar tanto; antes trabajaba mucho produciendo discos de otros artistas y ese tipo de cosas, ahora grabo exclusivamente mis discos. También porque no dispongo del tiempo como para hacer más grabaciones porque estoy todo el tiempo viajando para tocar. Pero es algo que disfruto que sea así: prefiero estar más tiempo sobre el escenario que en el estudio porque hay una magia muy especial en el contacto con la gente, en el vivo.

— ¿Cuál es tu próximo deseo?

—Estoy disfrutando mucho de este balance que significó Resonancia. De haber puesto la lupa en todos estos años. Me gustó mucho lo que me encontré, lo que pasó en estos 35 años, las cosas logradas, el resultado artístico. Y eso de alguna manera abre una gran página en blanco. Y estoy disfrutando de eso, de dejar que eso esté ahí y que vaya viniendo lo que tenga que venir. Entonces, más que un anhelo, lo que tengo es como una feliz curiosidad de ver qué es lo que va a ir pasando.

—¿Es la primera vez que te pasa?

—De esta manera, sí. Siempre vislumbré muy claro qué sería lo que vendría por delante, a corto plazo. Y esta vez no tanto, y me parece que está bien. Porque es también una pausa necesaria, es un momento como de refrescar ideas y dejar que la vida vaya haciendo su cosa en mí. Y que eso después resuene, valga la palabra, en nuevas cosas.