Nahuel Pennisi: "En el colegio los chicos no querían jugar conmigo porque era ciego”

No vidente de nacimiento, el artista de 27 años ganó gran popularidad cuando entonó el Himno Argentino antes de un partido de la Selección. Fue artista callejero hasta que participó del Festival de Cosquín. En esta entrevista con Teleshow habla de su historia: "Poder ayudar a los demás desde mi ejemplo es una alegría, pero también un compromiso", dice

Nahuel Pennisi iba al colegio y, al salir, cantaba y tocaba en distintos barrios de la capital. Se sentaba en la vereda para alegrarle la vida a quienes, por casualidad, pasaban por allí. Y de paso lograba hacer un poco de dinero, en una época de carencias. Sin embargo, cuando todo parecía perdido, el destino lo sorprendió.

Oriundo de Florencio Varela y proveniente de una familia humilde, con su talento y su carisma Nahuel logró hacerse un nombre en el mundo de la música. Ganador de dos Premios Carlos Gardel, hoy recorre el mundo con ella. En agosto de 2017 lanzó su segundo álbum de estudio, que sin dudas captura su estado actual: Feliz.

—¿Cómo fue que empezaste en la música?

—A los cuatro años jugaba con instrumentos: en mi casa había guitarras, bajos, había un piano, de todo, porque mis viejos son músicos. Me incentivaron con la música, y empecé a jugar con el bajo, empecé a tocar. Mi mamá toca la guitarra y canta muy bien. Mi viejo toca el bajo, algunas cosas en el teclado. Y ese legado continúa: mis hermanos también están ligados a la música. Desde diferentes lugares, ¿no? Aprendiendo, estudiando, explorando.

—¿Pudiste terminar el colegio?

—Se me mezcló un poco el colegio con la profesión porque cuando estaba en segundo año del secundario empecé a tocar en la calle por unas ganas de tocar hacia toda la gente, compartir lo que me gusta con todos, y sentía que el escenario era la calle. Empecé en Lomas (de Zamora), después pasé por Quilmes, cerca ahí, de Varela, y después llegué a Florida. La idea era compartir lo que hacía y, al mismo tiempo, era una fuente de trabajo.

—¿La gente te dejaba plata?

—Sí. Y lo que me tranquilizaba es que yo sentía que estaba haciendo lo que me representaba a mí, así que era algo honesto en todo caso. Y poder compartir eso era re lindo. Después grabé un demo y lo empecé a vender en la calle. Estuve participando de algunos concursos de música adonde conocí a varios artistas y ahí empecé con la música.

—¿Ibas al colegio y después a la tarde tocabas en la calle?

—El último año sí, iba al colegio a la mañana y a la tarde… Primeramente, los fines de semana, y el último año empecé a ir más a tocar, digamos. Iba de jueves a domingos, ponele, o de miércoles a sábados. Y nada, disfrutaba mucho: fue una época muy hermosa donde ya la música era totalmente la prioridad, y ahí sentía que tenía que hacer música.

—¿Cuánto cambió su vida desde ese entonces, hasta hoy?

—Un poco ha cambiado en la exposición, en cosas que más tienen que ver con el afuera, con los demás. Pero en mí, obviamente que espero nunca cambiar, ser siempre el mismo. Y me siento muy agradecido por eso. Las raíces siempre están por encima de todo, la necesidad de hacer música por amor, principalmente. Y después, bueno, adaptándome a esto de tocar para un montón de gente, de compartir una vida por las redes, por ejemplo, que es algo totalmente lindo y también mágico. A mí me emociona mucho ver a muchas familias en los conciertos: hay muchos chicos, hay gente grande. Y por ahí, gente de mi edad. La música una a las generaciones: es tremendo, y es muy hermoso.

—¿Sentís que muchos chicos y chicas se identifican con tu historia?

—Sí, mucha gente me ha hablado de eso. Y ser una fuente de contagio y de identidad para los jóvenes es muy emocionante. Obviamente que uno escribe su propia historia sin darse cuenta de lo que puede llegar a generar, porque uno lo hace con amor, con toda la simpleza. Pero bueno, poder ayudar a los demás desde mi ejemplo es una alegría. Y también es un compromiso porque a medida que uno termina siendo ejemplo, también los demás esperan más de uno. Y ese es un desafío hermoso.

—¿Qué fue lo mas difícil que tuviste que transitar en estos años?

—Una cosa que le pasó a mi primo el año pasado fue como bastante fuerte. Mi primo tuvo un accidente. Lo importante es que él está bien, pero fue muy difícil pasar ese momento. Y también hay aprendizajes de la vida misma que uno va recibiendo todo el tiempo, esas crisis que por ahí uno tiene con el tiempo con la música y con las cosas que te hacen bien, digamos; es como que uno las pasa más rápido. Y todo el tiempo con desahogo porque la música te libera. Y eso es re lindo.

—¿Cómo te imaginás en un tiempo?

—Me imagino siempre conectado con la música, todo el tiempo. Y la verdad que no me lo esperaba, así que también estoy como en ese mismo tren de dejarme llevar. Me gustaría, por ejemplo, conocer a Silvio Rodríguez, como algo lindo que me puede dar la música.

—Llama mucho la atención cómo tocas la guitarra. ¿Es ingenio tuyo?

—De casualidad (risas). En realidad, se me dio jugando. Tenía cuatro o cinco años cuando me acerqué al bajo. Y jugando de esta manera, el bajo lo encontré acostado para este lado, y como soy curioso desde chico, empecé a tocar así. Después el bajo no lo tuve más, llegó la guitarra, y tuve que reemplazar como ese vacío que tenía por la ausencia del bajo. Hasta el día de hoy me sigo descubriendo con esta técnica porque no conozco a alguien que toque así, ¿viste? Entonces no podría tener un profe de esta técnica (risas).

— ¿Fuiste autodidacta con la guitarra y cantando?

—Sí, sí, sí. Desde muy chico mi mamá me llevaba a los coros de la parroquia del barrio.

—¿No te pasó que te quisieran corregir?

—A los 12 años tuve una historia con un profe que le parecía que estaba mal que tocara de esta manera. Me acuerdo que cuando puse la guitarra así, ya directamente me dijo: "No, no, no, no vengas con cosas raras". "Pero dejame tocar, por lo menos". Entonces toqué y el profe se sorprendió mucho, mucho. Terminé de tocar y se fue del salón, directamente se fue de la clase, y a los cinco minutos vuelve a decirnos que había renunciado. La directora nos dijo que había renunciado porque como que lo había superado el caso de, primero, tener un prejuicio de que estaba mal tocar así. Y después, por no saber qué hacer. Así que fue muy loca para mí esa primera experiencia con la música.

—¿Hubo personas que tuvieron prejuicios con vos?

—Cuando era chico, los famosos chicos de la escuela que me cargaban porque no veía, qué sé yo. Pero la verdad que yo tomé con tanta naturalidad lo mío que no me afectó nunca, ¿viste? Por ahí es muy fuerte para una persona que no tiene la experiencia de no ver pensar que, no sé… Yo mismo te puedo decir que para mí ser flaco, ser rengo, ser gordo o no ver es lo mismo. Es lo mismo porque es una característica que existe y que tenemos. Entonces, siempre lo vi así . Yo trataba de no decir nada porque sentía que era normal. Y además, también es reconocerse uno como es. Y me sirvió para asumir quien soy, y eso es lo lindo: poder convertir un prejuicio en algo lindo.

—¿Con la ayuda de quién convertiste algo negativo en positivo?

—Siempre creí en las cosas lindas que tengo para dar, y en ese sentido mi familia siempre estuvo acompañándome muchísimo, tanto mi proceso como el de mis cuatro hermanos. Mi familia está muy conectada con nuestra esencia. Y somos muy honestos. Entonces, por ahí las realidades que nos tocan asumir a lo largo de la vida como familia ya las sabemos porque marcamos siempre el tema de la transparencia. Y eso está buenísimo.

—¿Sufriste mucho el bullying en el colegio?

—Sí. Me decían: "Con vos no vamos a jugar porque vos no ves". Me acuerdo que en momentos me hacía mal, habré llorado alguna vez en la escuela y todo, pero yo siempre me adaptaba con lo que tengo. No perdía el tiempo en quedarme en un rincón porque no podía hacer nada. Prefería hacer otra cosa o hacerlo a mi modo. Y bueno, creo que la música es lo que me permite estar en sintonía con lo que más me puede representar.

—¿Qué le decis aquella persona que esta pasando por una situacion similar?

— Que se queden tranquilos, que son procesos que uno tiene que vivir. Los procesos no duran un día ni duran una semana, a veces duran mucho tiempo. Y uno tiene que aprender a ser paciente con los tiempos. Y, digamos, todos pasamos por momentos que alguien nos cargó, que alguien hizo una cosa, pero después al fin y al cabo es una fortaleza que vos la usas para lo que vos querés hacer. Los chicos son chicos, tienen que disfrutar, andar sin presiones y ser honestos ¿viste? Yo creo que eso es lo más importante, en este momento es lo más importante. Así que nada, si tengo que decir algo es eso.