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Mario Pergolini recordó el robo que cometió cuando tenía 8 años: “Me arrepentí toda la vida”

En Otro Día Perdido, el conductor exploró junto a Soy Rada y Evelyn Botto algunas travesuras de la infancia que permanecieron en la memoria

Mario Pergolini, Rada y Evelyn Botto compartieron anécdotas sobre robos menores cometidos en su juventud
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La reciente emisión de Otro Día Perdido, el ciclo conducido por Mario Pergolini en El Trece, dejó al descubierto una faceta poco conocida de sus integrantes: los pequeños robos cometidos durante la infancia y el efecto que esas experiencias tuvieron en su vida adulta. En una charla distendida, el conductor y sus compañeros Soy Rada y Evelyn Botto compartieron recuerdos, emociones y reflexiones sobre aquellas travesuras, generando un diálogo cargado de humor, honestidad y nostalgia.

La memoria infantil suele estar plagada de travesuras y pequeños actos de rebeldía. En este caso, recordaron con precisión esos momentos en los que cruzaron la línea, motivados por la curiosidad, el deseo o el simple desconocimiento de las reglas.

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Mario Pergolini abrió el juego mencionando un episodio ocurrido en Villa Gesell en 1984, cuando junto a otros adolescentes se animó a llevarse una lata de tomate de un supermercado. El relato, marcado por el paso del tiempo, mostró cómo estos hechos pueden quedar grabados y ser recordados con una mezcla de humor y culpa.

Por su parte, Evelyn rememoró su primera experiencia en un local de ropa, donde, por desconocimiento, se llevó un bolso grande que el comercio entregaba a los clientes para transportar la ropa mientras compraban. “Aahí es cuando robás sin saber, porque te faltaba la información”, relató, evidenciando que, en muchos casos, estos pequeños hurtos surgen de malentendidos más que de una intención deliberada de dañar.

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Nelson Castro, un hombre de mediana edad con cabello gris, viste un traje negro y corbata, hablando frente a un fondo oscuro con luces de colores ámbar y azul
Mario Pergolinino dudó en confesar robos cometidos en su infancia. (Captura de video)

Rada, en tanto, narró con desparpajo cómo en un viaje a Estados Unidos sustrajo un muñeco grande de Mickey Mouse de un parque temático, llevándoselo al auto tras tomarse una foto con él. “Lo tengo en casa todavía”, afirmó entre risas, dando cuenta de cómo algunos objetos robados en la infancia pueden permanecer como recuerdos materiales y anecdóticos.

En estos relatos, el arrepentimiento aparece como una constante. Pergolini confesó que hay robos que lo acompañan con pesar hasta hoy. “Me arrepentí toda mi vida”, admitió sobre un caso en particular, donde su madre descubrió un billete de cincuenta pesos en su poder cuando era niño. La situación derivó en una escena de humillación cuando la mujer lo llevó de la mano a devolver el dinero a la vecina de la familia, Elba, y le exigió que él mismo golpeara la puerta para confesar el hecho.

Esta experiencia, marcada por la vergüenza y la exposición, generó en Pergolini una reflexión sobre el aprendizaje que dejan estos episodios: “No tendría que haberlo hecho”, reconoció al recordar la incomodidad permanente que le provocó ese robo infantil.

Durante la charla, el grupo discutió en tono humorístico la percepción social y moral que rodea a los pequeños robos cometidos en la infancia. El intercambio dejó en claro que, si bien todos reconocen el error, existe una tendencia a relativizar la gravedad de esos actos cuando se producen en contextos de desconocimiento, travesura o falta de información.

“Todo el mundo ha robado algo”, lanzó Pergolini, provocando la reacción inmediata de Rada y Botto, quienes coincidieron en que, a pesar de lo común de estas experiencias, el arrepentimiento y la vergüenza suelen ser inevitables. “Está mal, está mal”, remarcó Evelyn, subrayando la conciencia ética que se desarrolla con el tiempo.

El conductor apuntó contra su compañero y opinó sobre sus trucos en el ciclo

Estos intercambios, teñidos de humor, permitieron a los conductores analizar hasta qué punto la sociedad tolera o condena los pequeños robos infantiles, y cómo el aprendizaje surge muchas veces del error y la posterior reflexión. A lo largo de la charla, quedó en evidencia que el arrepentimiento se convierte en un elemento educativo y transformador, capaz de marcar a fuego la memoria de quienes lo experimentan.

Las historias personales compartidas en el programa incluyeron no solo la acción de robar, sino especialmente la reacción de los adultos al descubrir el hecho. En la mayoría de los casos, la intervención de los padres fue determinante para que los niños comprendieran la gravedad de su conducta.

Rada relató que, tras robar un juego de mesa de una juguetería cercana a su casa, su madre lo obligó a devolverlo en persona y confesar la acción ante la dueña del local. “Agarrás vos y se lo devolvés”, contó que le ordenó su madre, obligándolo a enfrentar la vergüenza y la responsabilidad por su acción. La experiencia, a pesar del arrepentimiento espontáneo del niño, fue presentada como un momento “tremendo” que lo marcó profundamente.

En otra anécdota, Evelyn recordó cómo, a los ocho años, sustrajo una figura de Pikachu en un supermercado porque su familia no podía comprársela. Tras ser sorprendida por el personal de seguridad, vivió una situación de angustia y temor a que se lo contaran a su madre, algo que finalmente no ocurrió, pero que dejó una huella emocional indeleble. “Por favor, no le cuentes a mi mamá”, rogó en aquel momento.

La conversación también incluyó momentos de humor y exageración, en los que los participantes jugaron con la idea de los límites entre el robo aceptado socialmente, el error infantil y el delito.

Pergolini preguntó en tono de broma si alguno había robado “armado”, lo que generó risas y respuestas negativas inmediatas. Rada, a su vez, ironizó diciendo que “ocupó un terreno”, y Evelyn Botto siguió el juego recordando los “robos” de la infancia sin gravedad real.

En medio de la charla, se discutió sobre el significado de las propinas y si quedarse con ellas podía considerarse un robo. También se mencionó la diferencia entre pequeños hurtos y delitos mayores, ejemplificando con el robo de un autoestéreo, en una época en la que los equipos de música se extraían fácilmente de los vehículos.

Pergolini confesó que este tipo de robos grupales, cometidos por imitación o presión de pares, fueron especialmente difíciles de procesar, ya que el arrepentimiento surgía al darse cuenta de que ninguno de los involucrados tenía un verdadero interés en el objeto robado ni sabía qué hacer con él después. “¿Y dónde lo ponemos ahora? Ninguno tiene auto”, recordó con humor sobre el episodio de su juventud.

Entre relatos, confesiones y bromas, la emisión permitió explorar la complejidad de los pequeños robos en la infancia como experiencias universales, marcadas tanto por el aprendizaje como por el arrepentimiento, y sujetas a la reinterpretación humorística y crítica en la adultez.

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