
En las postrimerías del siglo XVIII, mientras París ardía bajo las consignas de libertad, igualdad y fraternidad, una mujer inglesa cruzaba el Canal de la Mancha con una máquina de escribir invisible en la mente y una certeza punzante en el pecho: la revolución de los hombres se había olvidado de la mitad de la humanidad. Esa mujer era Mary Wollstonecraft, y su grito de guerra intelectual no reclamaba la piedad de los poderosos, sino la reconfiguración absoluta del contrato social.
De entre todo el arsenal de ideas que legó a la posteridad, hay una que funciona como un bisturí sobre las buenas conciencias de su época y de la nuestra: “Es la justicia, no la caridad, lo que falta en el mundo”. No es un aforismo lanzado al azar sino el nudo gordiano del Capítulo 4 de su obra fundamental, Vindicación de los derechos de la mujer, publicada en 1792. Dos años antes, cuando publicó el ensayo, Vindicación de los derechos del hombre, se dio cuenta de que el debate estaba incompleto.
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La importancia de Vindicación de los derechos de la mujer radica en que fue el primer tratado sistemático que argumentó que la aparente inferioridad intelectual y moral de las mujeres no era una condición biológica, sino el resultado directo de una educación deficiente diseñada para volverlas sumisas y ornamentales. Así se convirtió en un manifiesto fundacional. En un mercado editorial dominado por tratados de conducta masculinos, el libro de Wollstonecraft irrumpió como una provocación intolerable.
Para entender el peso de la frase, hay que mirar la Inglaterra de la Revolución Industrial. La respuesta de las clases altas ante la creciente miseria urbana era la beneficencia. Las damas aristocráticas fundaban asilos y los caballeros repartían limosnas domingueras. Para Wollstonecraft, esta “caridad” era una trampa perversa: un mecanismo psicológico que permitía a los ricos sentirse morales mientras mantenían intactas las estructuras coloniales, de clase y de género que provocaban esa misma pobreza.
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Cuando escribe “It is justice, not charity, that is wanting in the world!”, la pensadora está denunciando que la caridad humilla al que la recibe y eleva falsamente al que la da, perpetuando una relación de subordinación. La caridad es discrecional, un favor que se puede otorgar o retirar. La justicia, en cambio, es un derecho inalienable, universal y exigible ante la ley. Esta línea resume la arquitectura de su pensamiento, que no buscaba parches emocionales para el sufrimiento humano, sino reformas estructurales.
Para ella, la emancipación femenina y la justicia social eran dos caras de la misma moneda. No bastaba con que los maridos fueran “buenos” o “caritativos” con sus esposas; las mujeres necesitaban independencia económica, representación política y acceso a la misma educación racional que los varones para dejar de ser consideradas ciudadanas de segunda categoría. La vida de la propia autora reflejó esta batalla, quien se negó a seguir los caminos tradicionales de la dependencia económica.
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Wollstonecraft trabajó como institutriz, traductora y escritora profesional en Londres, un hito descomunal para la época. Su trágica muerte a los 38 años, tras dar a luz a su segunda hija —la futura escritora Mary Shelley, autora de la mítica novela Frankenstein o el moderno Prometeo—, interrumpió una de las mentes más brillantes de la Ilustración tardía. La frase hoy citada es apenas una idea de las tantas que produjo, pero que sigue vigente y se mete en el debate entre asistencialismo y derechos.
En pleno siglo XXI, las discusiones sobre la brecha salarial, las políticas de cuidado y los subsidios estatales de emergencia repiten la tensión que Wollstonecraft detectó en 1792. Cuando la filósofa exige justicia en lugar de caridad, nos obliga a mirar las raíces de la desigualdad. Nos recuerda que las sociedades no se miden por el tamaño de sus fundaciones filantrópicas, sino por la solidez de sus leyes igualitarias. Una advertencia de que la dignidad humana no se pide como favor, se reclama como derecho.
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¿Quién es Mary Wollstonecraft?
Mary Wollstonecraft (1759-1797) fue una filósofa, escritora y pensadora política británica, considerada hoy una de las grandes pioneras del feminismo moderno. Nacida en Londres en el seno de una familia económicamente inestable debido a los excesos de su padre, desarrolló desde muy joven un profundo sentido de la independencia y una aguda sensibilidad ante las injusticias sociales. Desafiando los estrictos mandatos de su época, logró sostenerse económicamente a través de su trabajo intelectual.
Entre sus textos políticos más audaces están Vindicación de los derechos del hombre (1790) y Vindicación de los derechos de la mujer (1792). Su vida personal estuvo marcada por la pasión, los viajes y una constante búsqueda de libertad que escandalizó a la pacata sociedad georgiana. Vivió de cerca los años más turbulentos de la Revolución Francesa en París, experiencia que plasmó en su ensayo Una visión histórica y moral del origen y progreso de la Revolución Francesa (1794).
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Sobrevivió a desengaños amorosos que la llevaron al borde del suicidio antes de publicar su aclamada crónica de viajes Cartas escritas durante una corta residencia en Suecia, Noruega y Dinamarca (1796). Se casó con el filósofo anarquista William Godwin poco antes del nacimiento de su hija. Murió a los 38 años debido a una infección posparto (fiebre puerperal), dejando un legado inmenso que heredaría directamente su segunda hija, Mary Shelley, la célebre autora de Frankenstein o el moderno Prometeo.
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