“Yo baldeaba el patio todos los días, tenía que estar todo limpio antes de jugar con mi hermano”, inicia su relato Nicolás Cabré, dejando al descubierto un costado casi desconocido de su niñez. Frente a Mario Pergolini en Otro día perdido, el actor se sumerge en recuerdos cargados de detalles y hábitos formativos: “Tiraba el agua, hacía la barridita con la escoba… pasaba el secador y después el secador con el trapo. No entrábamos a jugar hasta que la última línea quedara perfecta”.
Ese simple ritual doméstico era, en su universo infantil, mucho más que una rutina de limpieza: era el umbral que separaba lo cotidiano del juego, una especie de ceremonia privada compartida en familia. “Claro... jugábamos al quirófano”, acompaña Cabré siguiendo la ocurrencia de Soy Rada, participante del ciclo, al advertir su manía. “Necesitaba que todo estuviera impecable. Si no, no se podía”, agrega, y al hacerlo, revive una escena amable y casi cinematográfica. Su hermano, siempre paciente, “se quedaba ahí parado, esperando a que yo terminara”.

Las costumbres del pequeño Nicolás llamaban la atención de los adultos, pero siempre desde un lugar de comprensión. “Mi padre decía: ‘Dejalo, pobre, pobre, pobre’”, recuerda entre risas, reconstruyendo ese clima hogareño en el que lo extraño de su obsesión se veía más como una rareza entrañable que como un problema. Incluso Mario Pergolini, sorprendido, le pregunta: “¿Con qué edad hacías eso?”. La respuesta desliza la primera pincelada de la autoexigencia de Cabré: “Siete años”.

El perfeccionismo se extendía, como una sombra suave, a cada rincón de su dinámica familiar. “Nos quedábamos esperando hasta que la última línea estuviera seca después de pasar el trapo”, insiste el actor. La espera era casi una complicidad silenciosa, un pacto tácito de respeto hacia el minucioso proceso de limpieza antes de sumergirse en las aventuras infantiles.
Solo muchos años después pudo relajarse. “Hoy estoy mucho más liviano con muchas cosas”, asegura, admitiendo que, aunque toleraba la presión de la autoexigencia, la vida le enseñó —a fuerza de tiempo y práctica— a soltar ciertas estructuras.
El avance de la tecnología y el acceso a diferentes herramientas acaso también hicieron su parte: “Ahora lo hacés con la hidrolavadora”, comparte con humor junto a Rada, aceptando que algunas manías adquieren formas más amables con el paso de los años.

Lo particular de su necesidad de limpieza también lo diferenciaba del resto. “Sería lógico ordenar los autitos, pero ¿baldear el patio?”, desliza Pergolini, subrayando la singularidad de ese hábito. Cabré asiente: “Sí, me duró mucho, todos los días”. Sin embargo, nunca fue motivo para sentirse excluido: al contrario, la mirada ajena —tanto la de su padre como la de su hermano— siempre fue permisiva, observadora y hasta cómplice del ritual diario.
El relato se completa con imágenes vivas: el sonido del agua al caer, la barridita enérgica de la escoba (“chis, chis, chis”), el suelo que debía quedar perfecto antes de permitir el ingreso al juego. Y, finalmente, la lección más importante: en cada paso de su historia, la familia, la paciencia y el cariño conformaron ese entramado invisible de respaldo que hizo posible que una costumbre pequeña se transforme en aprendizaje grande.

En charlas con amigos o colegas, no le cuesta reconocer que esa obsesión de la infancia por la limpieza fue mucho más que un simple hábito: se transformó en una lección sobre la importancia de los detalles, la paciencia y, sobre todo, en una anécdota que siempre termina arrancándole una sonrisa. “Antes de jugar tenía que estar todo limpio” recuerda Cabré. Y lo repite, como para no olvidarlo nunca.
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