
En marzo de 2026, McKinsey Technology publicó “Recalibrating technology budgets for the AI era”, un análisis firmado por Leandro Santos (socio sénior en Atlanta), Thomas Elsner (socio en Múnich) e Ishaan Sharma (experto en Londres). La investigación, realizada en conjunto con Serviceware, relevó los patrones de gasto tecnológico de 17 compañías globales entre mayo y noviembre de 2025. El objetivo era entender cómo los CIOs distribuyen sus presupuestos entre dos categorías: “run”, el gasto fijo que mantiene los sistemas funcionando, y “change”, la inversión que crea capacidades nuevas.
La IA, según el informe, ya consume hasta un tercio del presupuesto de change de las compañías.
Hasta ahí, una investigación más. Lo incómodo aparece cuando uno lee la letra chica.
El estudio clasifica a las empresas en cuatro arquetipos según cómo gastan. Los ganadores, bautizados “deliberate modernizers”, capturan el máximo valor de su inversión tecnológica. Y hay un dato que McKinsey publica sin esquivar: los deliberate modernizers destinan el 16% de su presupuesto tecnológico total a personal interno trabajando en iniciativas de cambio. Eso es entre 1,5 y 4 veces más que el resto de los arquetipos.
Los perdedores, los “strained transformers” que apilan IA encima de sistemas viejos y ven cómo los costos suben sin retorno, hacen exactamente lo contrario: pagan más consultoría, contratan más integradores, delegan el músculo crítico.
Una consultora global publicando que las empresas que contratan menos consultores son las que ganan. Léanlo de nuevo.
La trampa del PowerPoint con logo azul

El informe de McKinsey va más allá. Los deliberate modernizers, además de tener el doble o triple de personal interno dedicado al cambio, mantienen sus costos de infraestructura de “run” al menos un 20% más bajos que el resto de la industria. Dedican el 57% de su presupuesto de aplicaciones a modernización y nuevas capacidades. Invierten casi el doble que el resto en construir capacidades de datos y analítica, creando la base técnica sobre la que después escalan la IA.
La foto es clara. Los que ganan con la IA no la compran. La integran. Y para integrarla necesitan gente propia con contexto, memoria larga y poder de decisión. El consultor externo, por bueno que sea, se va cuando termina el contrato. Lo que deja es un documento. Lo que no deja es capacidad.
El “strained transformer” clásico, en cambio, gasta muchísimo, tiene IA en todas las presentaciones al directorio, y no logra bajar un solo costo. Suma herramientas, suma proveedores, suma modelos que mantener, y cada nueva capa de IA eleva el “run” en lugar de reemplazar lo viejo. Es la empresa que inauguró tres “AI labs” en tres años y todavía responde los reclamos del cliente con un Excel pegado por mail.
Lo que dicen los números y nadie quiere leer
Los datos del informe de McKinsey muestran que la diferencia entre los “deliberate modernizers” y el resto de los arquetipos no solo está en el presupuesto, sino en la manera de priorizar recursos humanos y tecnológicos. Las empresas más exitosas en IA reportan una reducción sostenida de costos operativos y una mejora en la velocidad de implementación de nuevas soluciones. En contraste, aquellas que dependen en exceso de consultores externos ven cómo la complejidad técnica y la fragmentación de sistemas dificultan la captura de beneficios tangibles.
El informe también revela que las compañías con equipos internos sólidos logran una mayor retención de conocimiento, lo que les permite adaptar y evolucionar sus modelos de inteligencia artificial frente a cambios del mercado. La dependencia de servicios externos, en cambio, genera una brecha de aprendizaje y obliga a reiniciar procesos cada vez que se incorpora una nueva tecnología.

Finalmente, los autores advierten que mientras los líderes del sector enfocan sus inversiones en talento y arquitectura flexible, muchas empresas siguen priorizando soluciones de corto plazo, perdiendo así la oportunidad de construir ventajas competitivas duraderas en la era de la IA.
La pregunta incómoda para el directorio
Si usted es CEO o director de una empresa latinoamericana, europea o estadounidense, y su plan de IA consiste en firmar un contrato millonario con una consultora tier 1 para que “le lleve la transformación”, los datos de McKinsey deberían quitarle el sueño. No porque la consultora no vaya a entregar. Va a entregar. Va a entregar un informe hermoso, una hoja de ruta razonable y tres pilotos que funcionarán durante el trimestre siguiente a su publicación. Lo que no va a entregar es la capacidad de seguir aprendiendo sin ellos. Y eso, en la era de la IA, es lo único que importa.
La decisión estratégica real no es cuánto gastar en IA. Es a quién poner adentro para que la IA deje de ser una promesa y empiece a ser un cambio. La nómina correcta pesa más que el contrato correcto.
La IA comprada se desactualiza en seis meses. La que construyen tus equipos se convierte en la única ventaja que no puede copiarte la competencia.
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