
El avance de la inteligencia artificial ha provocado inquietud en el ámbito creativo. Michael Connelly, uno de los escritores de novela negra más reconocidos internacionalmente, expresó, en diálogo con The Guardian, su preocupación por el impacto de la IA en su trabajo y en el de sus colegas.
“Todas las disciplinas creativas están en peligro”, advirtió, en un contexto donde la tecnología evoluciona a tal velocidad que incluso temió que su última novela, centrada en un caso judicial vinculado a la IA, quedara obsoleta antes de publicarse.
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Connelly, creador de la saga Harry Bosch y quien ha vendido más de 89 millones de ejemplares, acaba de publicar la octava entrega de Lincoln Lawyer. En esta nueva obra, el abogado Mickey Haller se enfrenta a una demanda contra una empresa de IA cuyo chatbot aconseja a un adolescente de 16 años que asesine a su exnovia por infidelidad.

El autor explicó que la trama se basa en hechos reales, como el caso de un joven en Orlando que se suicidó tras la intervención de un chatbot, o el de una persona en el Reino Unido que intentó ingresar armado al Palacio de Windsor tras el estímulo de una inteligencia artificial.
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La preocupación de Connelly no se limita solo a la ficción. Señaló que la IA representa un cambio masivo que afectará la ciencia, la cultura, la medicina, a todo, y que su impacto se sentirá en todos los aspectos de la vida. Denunció la ausencia de regulación gubernamental y describió el escenario actual como el salvaje oeste, donde la tecnología avanza sin supervisión y amenaza con dejar atrás a quienes intentan comprenderla o legislarla.
Defensa de los derechos creativos
En el plano legal, Connelly se ha unido a otros escritores de renombre como Jonathan Franzen, Jodi Picoult y John Grisham, en una demanda colectiva contra OpenAI por el uso no autorizado de sus obras en el entrenamiento de chatbots. Relató que fue The Author’s Guild quien le notificó que sus libros habían sido incluidos en sistemas de IA sin su consentimiento.
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“Si dejamos que esto pase, todas las editoriales desaparecerán. Los autores no tendrán protección sobre su trabajo creativo”, afirmó. El objetivo de la demanda es establecer reglas claras para el uso de la inteligencia artificial en la industria editorial.
El temor de Connelly se extiende a otros campos creativos. Recordó la derrota del campeón de ajedrez Garry Kasparov frente a la supercomputadora Deep Blue en 1997 como un hito que anticipó la situación actual. Consultado sobre la posibilidad de que los escritores corran la misma suerte que los grandes maestros del ajedrez, consideró que es posible, aunque duda que el mundo mejore si eso ocurre.
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Incluso los actores están en riesgo: los deepfakes resultan cada vez más asombrosos, advirtió. En Los Ángeles, la preocupación por la llegada de actores virtuales y la manipulación digital crece, y la controversia aumentó recientemente tras la presentación de la actriz virtual Tilly Norwood, creada por un estudio de talentos de IA, lo que desencadenó el rechazo de sindicatos y profesionales del sector.

Más allá de la defensa de los derechos de autor, Connelly también se ha involucrado en la protección de la cultura y la literatura frente a la censura. Junto a su esposa, Linda McCaleb, donó USD 1 millón para combatir la ola de prohibiciones de libros en Florida, su estado natal. El escritor relató que la retirada temporal de “Matar a un ruiseñor” de Harper Lee de las aulas de Palm Beach lo impulsó a actuar, ya que esa obra fue fundamental en su formación.
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Asimismo, le impactó la censura de “Las ventajas de ser un marginado” de Stephen Chbosky, novela clave para su hija. Connelly y McCaleb financian la oficina de PEN America en Miami, que emprende acciones legales para frenar la censura en los colegios. “No creo que nadie tenga derecho a decirle a otro niño que no puede leer algo, ni a usurpar la supervisión de los padres sobre sus hijos”, sostuvo.
Frente a estos desafíos, Connelly insiste en que la creatividad humana posee una cualidad única que la inteligencia artificial no puede replicar. Para el escritor, las obras generadas por máquinas carecen de una esencia fundamental, algo que, asegura, resulta evidente para quien las observa con atención.
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