Brenda Loreley del Castillo, Morena Verdi y Lara Morena Gutiérrez fueron asesinadas el 19 de octubre en una casa de Florencio Varela, en uno de los hechos más aberrantes de la historia del hampa argentina —quizás, el crimen más feroz del siglo XXI en nuestro país—. Fueron torturadas, apuñaladas, mutiladas incluso, vivas y, también, ya muertas. Las manchas de sangre rociaron varios sectores de la casa de la zona de Villa Vatteone, que apestaba a lavandina. Sus cuerpos fueron enterrados en pozos al ras de la tierra. Lara tenía apenas 15 años.
Todavía queda por esclarecer el motivo. La histórica de la sospecha de la UFI de Homicidios de La Matanza —que esclareció el caso en una investigación histórica— y del Juzgado Federal N° 2 de la misma jurisdicción, junto a la fiscal Mariela Labozzetta, es que una banda de narcos peruanos que operaba en el Bajo Flores las mató en venganza por robar droga, de acuerdo con varios arrepentidos que declararon en el caso, con más de una decena de detenidos y tres prófugos internacionales.
El día antes del crimen, los supuestos cerebros del triple crimen se juntaron a almorzar.

El 31 de diciembre pasado, la DDI de La Matanza de la Policía Bonaerense, que investigó el caso desde el comienzo, allanó una concesionaria en la calle 44 en La Plata llamada Automotores Yimi. Buscaban un Chevrolet Cruze blanco. Ese Cruze había sido conducido el día previo al triple crimen por el último sospechoso detenido en el caso, Bernabé Mallón, alias “El Tío”, detenido a mediados del mes pasado. El Cruze, efectivamente, fue encontrado en el lugar.
Mallón, precisamente, fue acusado de citar a las víctimas en la casa donde las mataron. Según confirmaron fuentes del caso a Infobae, habría mantenido un encuentro con Lara, la menor de las víctimas, pocas horas antes del crimen. Para la Bonaerense, Mallón era un jerárquico dentro de la banda, muy por encima del hoy famoso “Pequeño Jota”, detenido en Perú en medio de una cinematográfica fuga.
“El Tío” empleó ese Cruze para dirigirse a un restaurant peruano en la calle Tres Arroyos de Avellaneda el 18 de septiembre. El video que ilustra esta nota muestra sus movimientos.
Al llegar al restaurante, estacionó junto a un Volkswagen Fox que utilizaban Alex Ydone, narco peruano con una larga historia en el hampa, buscado en su país, hoy prófugo internacional, que fue buscado años atrás por la Justicia de su país, y Florencia Ibáñez, amante de Ydone.
Tras el almuerzo, el Fox siguió viaje hacia Quilmes, según revela otro video que ilustra esta nota. Allí, lo abordó “Pequeño Jota”: el auto se dirigió a la casa del crimen en Villa Vaettone. En menos de 24 horas, Brenda, Morena y Lara estarían muertas bajo la tierra del jardín.
Sobre su encuentro en el restaurante, Mallón dijo ante la Justicia que, simplemente, allí se discutió “la venta de artículos de bazar”, según asegura un informe del caso.
Un almuerzo con “El Bola”
Florencia fue una voz cantante en el expediente, por así decirlo. Declaró tres veces ante los fiscales Arribas, Rulli y Fornaro, los investigadores originales. En su tercer canto, la amante de Ydone —a quien ella misma delató— decidió relatar lo que, supuestamente, vio el 18 de septiembre, el día previo a los crímenes.
Allí, introdujo a un nuevo personaje en la trama, "El Bola", oriundo de Bolivia según ella, amigo de Ydone Castillo. De este nuevo sospechoso, también dio datos Víctor Sotacuro Lázaro, tío de Florencia y preso por el triple femicidio: lo ubicó junto a “Pequeño J” y “El Loco” David en su Volkswagen Fox blanco de regreso de Florencio Varela tras los asesinatos.
“Voy a contar a partir del día 18 de septiembre, es decir, el día anterior al hecho”, comenzó Florencia este lunes, en una declaración doble que incluyó un escrito y un interrogatorio. En el documento, siguió: “Sotacuro ya estaba en la calle, me vino a buscar y de ahí nos encontramos con el amigo de Alex, “El Bola””.

El hijo de “El Bola” estaba presente; pidieron comida peruana en el restaurante donde el misterioso ciudadano boliviano lloró un poco sus problemas: se había peleado con su mujer poco antes. “Un rato más tarde, se fue solo. Me dijo que a trabajar, a hacer sus cosas. Él me decía que hacía ‘revoleos’”, continuó Ibáñez. “Revoleos”, en la jerga narco, significa lanzar cocaína desde un avión.
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