
Min Jae Kim, con 38 años y domicilios registrados en Parque Avellaneda Ezeiza y San Martín, se dedicaba, al menos en los papeles de la AFIP, al mismo negocio que muchos otros hombres de su nacionalidad: la venta minorista de ropa. Pero en la práctica, Kim parece ser mayorista de otra cosa. Lo Policía de la Ciudad lo encontró el 27 de abril pasado a bordo de un Volkswagen Vento en la esquina de Caseros y Sáenz junto a Juan Daniel Pulgarín, un hombre de nacionalidad colombiana, sin documentación en el país. Min Jae se puso nervioso de inmediato, lo mismo su acompañante.
No era para menos. En su auto llevaban dos bolsas Ziploc cargadas con dos mil pastillas de éxtasis, un número frecuente en años pasados, pero inusual para la actual época narco, casi sin un circuito de fiestas electrónicas donde esas pastillas se consuman a nivel local. Es decir, nadie tiene esta cantidad en el hampa últimamente, mucho menos en un auto en movimiento.
Min Jae tampoco parecía ser un criminal de carrera, aunque miembros de fuerzas de seguridad deslizaron en la Justicia que tendría mucho más peso del que aparenta. Su ficha delictiva solo contaba con una vieja causa, una riña del año 2004 que tramitó en un juzgado de menores porteño y quedó en nada. Pulgarín, nacido en 1999, tampoco tenía antecedentes a nivel local.

Así, la causa siguió con una investigación bajo las ordenes del Juzgado Federal N°7 de Sebastián Casanello. Los efectivos de la división Sumarios y Brigadas de la Comuna 4 de la Policía de la Ciudad continuaron el rastro hasta un departamento en la calle Larraya de Villa Lugano vinculado a Juan Pulgarín.
Allí, encontraron a dos colombianos más en la cocina del lugar con una cosa rosa en la sartén. Eran casi cien gramos de 2CB, cocaína rosa, un poderoso euforizante que está hace varios años en la Argentina, el favorito de los ladrones colombianos en discotecas, así como de clientes narco de alto poder adquisitivo: la 2CB puede costar tres o cuatro veces más que su homónima blanca y peruana. También, la encontraban en la primera cocina de cocaína rosa encontrada por la Justicia en la Argentina con sus precursores químicos y su molinito de café para afinar el polvo.
A nivel local, nunca se había visto algo así.

Siempre se sospechó que la 2CB llegaba a la Argentina en pequeños contrabandos desde Colombia que explicaban su alto precio en los tarifarios dealer. En 2019, un histórico ladrón caribeño fue encontrado en Villa Crespo con 38 gramos de granulado rosa. Hubo otros lotes mayores. Christian Martin Castronuovo, que trabajaba para un despachante de Aduana, cayó en su departamento de Flores con medio kilo de substancia entre gran cantidad de pastillas, cogollos, micropuntos y un terrón de cocaína del tamaño de un puño de un chico de doce años, un superdealer con un trabajo honesto. Sin embargo, nunca se encontró una cocina a nivel local.
El enigma es obvio: ¿cuál era el circuito para entregar todo este material? ¿Fiestas clandestinas, tal vez? El circuito, a pesar de restricciones, continúa. Buscar un cerebro parece difícil. Los otros dos colombianos detenidos en la casa, los presuntos chefs, tampoco tenían antecedentes penales. En Comodoro Py, mientras tanto, se preguntan cómo se conecta todo. Un delincuente coreano no suele ser visto con colombianos, históricamente vinculados a la substancia. De todas formas, la causa recién comienza.
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