
¿Qué hace al dealer perfecto? ¿Ser escurridizo, habilidoso? ¿Ser el que consigue las mejores drogas?
¿O ser todo eso y además ser nadie, un indetectable que nunca llama la atención?
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Para un dealer, básicamente, no hay nada peor que gritar su plata.
Los pequeños traficantes que cayeron tras las cinco muertes en la fiesta Time Warp de 2016 amaban mostrarse en Instagram con chicas en decks al sol y en sectores VIP de discotecas, en sombreros fedora blancos de gusto cuestionable. Martín Asci, detenido dos veces por mover pastillas, se había mudado a Nordelta a una mansión que alquilaba por 70 mil pesos mensuales, manejaba un BMW M4 que valía como mínimo 100 mil dólares y que estaba a nombre de su novia con físico de modelo que también terminó detenida como su cómplice.
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Pero Christian Martín Castronuovo no tenía nada que llamara la atención. Vivía en un dos ambientes de la calle Directorio en Flores, sin estridencias, sin jacuzzi, sin tele grande o el clásico póster de la película Scarface o la memorabilia de Pablo Escobar que compran los traficantes de poca monta para sus paredes apenas sienten un poco de ego. No tenía antecedentes penales, un legajo de reincidencia o causas previas. Tampoco manejaba un Audi o un BMW, sino un Volkswagen Golf.
Para un delincuente genuino, un ratero, un traficante o un transa, tal vez no hay nada peor que tener un trabajo honesto. Es de gil, de tonto. Pero Christian tenía un trabajo honesto. Tras pasar por un supermercado mayorista, Castronuovo había pasado los últimos seis años como empleado de un despachante de Aduana porteño, miembro de los directorios de varias empresas. El 30 de mayo de 2019, Christian fue arrestado en su departamento. Un día antes, la Federal lo detuvo en la esquina de San José y Avenida de Mayo mientras le vendía pastillas a un joven porteño, una decena de comprimidos y una cápsula de cristal de MDMA. Tenía más en la mochila: 180 cartones de LSD, micropuntos de LSD, doce bolsitas de cocaína, más cápsulas de MDMA, otras 140 pastillas.
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Mientras lo esposaban, les pidió expresamente a los policías de la Federal que se lo llevaban que no le generaran un problema en la oficina.
Así, al día siguiente, le abrieron el armario. Según la causa, insólitamente, Castronuovo se habría delatado a sí mismo. Por lo que había allí, y por otras cosas, Christian fue encarcelado en el penal de Ezeiza y luego condenado. Tras una elevación a juicio a cargo de la fiscal Alejandra Mangano, pactó una pena en un proceso abreviado el 15 de octubre pasado en el Tribunal Oral Federal N° 8 con Marcelo Colombo como fiscal acusador. La oferta fue de su ex abogado defensor, Pablo Jurado, que logró un arreglo sumamente conveniente de cara al Código Penal. En el medio, su teléfono fue peritado: los mensajes revelaron regateos y chicanas, consultas por precio de a kilo, una apurada a un comprador que le debía.
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La pena acordada fue de cinco años de encierro, tres millones de pesos de multa.

En una causa por narcotráfico, un acusado tiene dos vías. Puede ser un colaborador o callarse la boca. Ya es tarde para convertirse en un arrepentido, pero quizás el acuerdo le convenga. Castronuovo no tendrá que decirle nada a nadie. Así eligió hacerlo en su acuerdo. Se lleva a la cárcel su secreto más preciado. Durante meses, la PROCUNAR, el ala de la Procuración dedicada a investigar delitos de narcotráfico, intentó determinar cómo había conseguido todo lo que estaba en ese armario, una obra maestra en importación clandestina. Castronuovo mismo se había negado a declarar en la causa, sin ofrecer explicaciones.
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Cada sustancia distinta implicaba una ruta. Europa era una vía de provisión lógica para el contrabando, lo mismo Colombia, dado el medio de kilo de cocaína rosa entre sus pertenencias. El correo es un viejo favorito de los revendedores locales de drogas sintéticas. En los primeros seis meses, la Aduana capturó 24 paquetes con drogas sintéticas que llegaban del exterior en puntos como Córdoba, Mendoza, La Rioja, Santiago del Estero. Las encomiendas en sobres sellados de correos privados fueron la norma.
Las pastillas en todas estas incautaciones fueron apenas 637. Castronuovo, detectó PROCUNAR, hizo muy pocos envíos internacionales a su nombre. Y en su casa tenía mucho más. "Enorme”, calificó la fiscal Mangano en su stock, un material valuado en casi 75 millones de pesos según un documento en la causa, más de 110 millones en precio dealer actual con el ajuste inflacionario del dólar libre.
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Para cuando se fueron, el récord ya estaba en el acta: Castronuovo, el despachante de aduana de la avenida Directorio, se había convertido en el presunto dueño de medio kilo de cocaína rosa, 22.744 pastillas de éxtasis –entre ellas las “Donald Trump” de color naranja, con la cara del presidente estadounidense y de alto poder, 200 miligramos de MDMA en su interior–, 3.100 pastillas micropunto de LSD, un litro y medio de ketamina líquida en 31 frascos, planchas de LSD de 10 por 10 centímetros con la figura del Pac Man o la lengua de los Rolling Stones, casi un kilo de cristal de MDMA, 210 gramos de cogollos de marihuana de una fragancia penetrante y un terrón de cocaína del tamaño del puño de un nene, el mayor lote de drogas sintéticas de la historia argentina reciente.

La pregunta sigue. ¿Dónde consiguió todo? “A nivel local”, dice alguien que lo conoce: “Nunca hubo un contrabando”. La misma fuente le baja el precio simbólico al hallazgo en el armario. “Es un tipo que se entusiasmó con su stock”, reconoce.
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