
Sin visitas ni actividades y aferrado a un teléfono público que es su único contacto con el exterior: así vive sus días de encierro el golfista Ángel “Pato” Cabrera en la cárcel federal Plácido de Sá Carvalho, ubicada en las afueras de Rio de Janeiro. Detrás de esos muros permanece desde mediados de enero cuando Interpol lo atrapó por la alerta roja que pesaba sobre él y que fue pedida por la Justicia cordobesa que lo acusa de ejercer violencia de género contra tres de sus ex parejas. Fue detenido en Río de Janeiro en la noche del 14 de enero, cuando un equipo de efectivos de la policía carioca lo encontró en una lujosa casa del exclusivo barrio Leblón para ejecutar una pedido de captura internacional de Interpol.
Si bien en las últimas horas Cabrera mismo pidió expresamente que se acelere su extradición a la Argentina, el proceso quedó en la nebulosa por el cierre de fronteras a causa del COVID y el destino del ex ganador del Masters de Augusta es incierto.
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“El Pato está sólo allá en Rio de Janeiro. No tiene novia, ni amigos ni nadie que lo vaya a visitar regularmente o que le lleve algo. Él estuvo desde que lo atraparon en el mismo instituto carcelario y lo más probable es que se quede ahí. Habla bastante por teléfono con tres personas: su nuevo abogado Carlos Hairabedian, su representante histórico que además es su amigo y su hijo mayor”, relata a Infobae una persona del entorno del deportista.
El nuevo hogar tumbero de Cabrera, bastante diferente a los hoteles de lujo en los que solía hospedarse en sus viajes por el mundo como golfista profesional, está ubicado a unos 50 kilómetros al oeste de la ciudad carioca. Se trata de un penal con un régimen semi abierto que le permite a los internos poder moverse con cierta libertad entre las celdas, los pabellones y los patios internos.
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Cabrera no realiza ningún tipo de taller ni actividad de las que suelen realizar los detenidos. Sólo hace caminatas por las mañanas y se dedica a la lectura por la tarde pero no mucho más. El resto del tiempo lo utiliza para contactarse telefónicamente con Argentina. Un penal brasileño, un país con incidentes penitenciarios y una tasa de violencia intramuros mucho mayor que la argentina, podría suponer situaciones brutales para Cabrera, pero no parece ser el caso.

“Se trata, dentro de todo, de una cárcel tranquila. La gente que está alojada ahí es de baja peligrosidad. Fue llevado allí por el tipo de delito por el que se lo acusa. Si bien no tiene ningún tratamiento VIP está aislado con un grupo pequeño de detenidos. Una de las ventajas que tuvo ese lugar es que no entró el coronavirus, no se registró ningún caso en ese penal”, explica una fuente de la defensa del golfista.
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Pese a esto, en los últimos años ese lugar recibió varias denuncias por parte de la Corte Interamericana de Derechos Humanos por registrar hacinamiento y sobrepoblación. Las autoridades no informaron en los últimos meses cuál es la cantidad personas alojadas.
Cuando pasaron pocos días de su detención, el hijo mayor de Cabrera tomó un vuelo y fue la única persona que pudo visitarlo aunque por breves minutos. Le llevó algunas cosas para pasar el encierro pero no mucho más. Desde ese momento, nadie lo visita.
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Así, Cabrera espera para ser extraditado a Córdoba luego de esquivar a la Justicia en Estados Unidos. En nuestro país, deberá responder por la violencia cometida contra sus ex parejas. La primera en denunciarlo fue Silvia Rivadero, ex esposa y madre de sus dos hijos, que radicó una denuncia en la fiscalía de Violencia Familiar de Córdoba por amenazas. En el mismo sentido, Micaela Escudero, con la que estuvo en pareja dos años, hizo otra presentación por amenazas y coacción.
La otra mujer que también lo demandó fue la agente policial Cecilia Torres Mana que estuvo en pareja con Cabrera durante tres años. En sus declaraciones testimoniales de 2016 relató que su entonces novio la atacó a golpes de puño e, incluso, intentó atropellarla con una camioneta. Luego, el deportista de elite sumó tres causas más porque supuestamente siguió amenazándola a pesar de que el juez había impuesto una prohibición de contacto.
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El tormento que sufrió Torres Mana fue físico y psicológico: “Si estaba con sus amigos en una reunión, yo debía estar en el dormitorio, sin conexión a Internet. Cuando en la tele salía algo de violencia familiar, me insultaba a mí y también a las mujeres. Decía que era culpa nuestra. Muchas veces me repitió que era de él o no era de nadie”, contó en declaraciones a La Voz del Interior.
De las causas que se iniciaron por las denuncias de Torres Mana hay dos que están a punto de ir a juicio oral. De hecho, lo que motivó que la Justicia de Córdoba pidiera la captura internacional de Cabrera a Interpol fue que el golfista no acudió a las audiencias previstas para mediados del año pasado donde se confirmaría la fecha del debate oral. En lugar de eso tomó un avión privado y se recluyó en Estados Unidos con la excusa de que debía disputar un torneo de golf.
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En el estado de Illinois pasó varios meses hasta que clandestinamente tomó un avión rumbo a Brasil el 31 de diciembre pasado. Increíblemente, a pesar de tener una alerta roja de Interpol sobre su cabeza, logró salir de Estados Unidos, tomar un vuelo e ingresar a Brasil sin que nadie lo detenga.
Recién 15 días después, efectivos brasileños lo arrestaron en una lujosa casa del exclusivo barrio carioca Leblón y lo enviaron a la cárcel de Plácido de Sá Carvalho.
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Si bien desde la Justicia cordobesa se creyó que el trámite de extradición sería más rápido, las burocráticas comunicaciones entre el juzgado que interviene en Rio de Janeiro, el cónsul de Brasil en Córdoba y la justicia argentina demoraron la situación.
En las últimas horas, en una audiencia vía Zoom, Cabrera se expresó ante el juez brasileño que lleva adelante los papeles de la extradición y pidió ser enviado a la Argentina lo antes posible. Sin embargo, por más que exista voluntad, el cierre de fronteras por parte de la Argentina con Brasil por el coronavirus hace que no haya vuelos y el traslado se vuelva imposible por el momento.
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Mientras tanto, Ángel Cabrera permanecerá en la misma prisión a la espera de ser extraditado aunque aquí las cosas no serán muy distintas: lo espera una celda en la cárcel cordobesa de Bouwer.
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