
Los cuerpos humanos también suenan después de muertos. El forense de la Unidad Móvil Criminalística de la Policía de la Ciudad que entró a la casa de dos plantas en el barrio San Martín de la Villa 31 bis el 17 de marzo pasado por la tarde se encontró precisamente con ese sonido, moscas, el aire tibio y viciado batido por las alas, las sentía ya desde la puerta así como la peste, obvia a la nariz a pesar de la gran cantidad de desodorante de ambiente que habían echado en la casa.
Mirtha González Ayala no daba señales hacía dos días, no respondía llamados, sus dos hijos de 8 y 11 años habían quedado con Evelin, su cuñada, que dio la alerta a la Policía porteña en una comisaría de la zona. Así, llegó una primera inspección de una uniformada que sintió el olor, que tocó la puerta y gritó sin recibir respuesta. Convocó al forense, que cruzó la puerta de chapa e ingresó. El especialista encontró a Mirtha, pero de a poco, lo que quedaba de ella, en partes, primero una, después otra, y después otra, 35 en total.
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Había una olla en la cocina-comedor sobre el anafe, con asas de madera. “Restos humanos seccionados sometidos a proceso de cocción”, marcó el forense en su informe posterior. Se encontró material orgánico similar dentro de un horno eléctrico, otros restos a medio cocinar estaban desperdigados en el suelo. La cabeza de Mirtha, rapada, con signos de ahumamiento en el cuero cabelludo, fue encontrada cerca de la mesa, así como partes del cuello y de sus costillas, su pelvis, sus mamas. La cabeza fue inspeccionada: tenía dos heridas bajo el mentón de tres centímetros cada una realizadas, según los cálculos del forense, antes de la muerte de Mirtha. Faltaban las orejas, cortadas luego de su fallecimiento de acuerdo al análisis del especialista, una lesión post-mortem.
El perro de Mirtha, chiquito, marrón, estaba ahí, ileso, sin ladrar ni ponerse nervioso.

La bañera de la casa se encontraba en la planta alta. Allí fueron descubiertos los brazos, los pies y las manos que evidenciaron heridas defensivas, el hígado, los riñones y la faringe, partes de su piel con quemaduras similares a las encontradas dentro de la olla sobre el anafe. Los azulejos del baño tenían manchas de sangre con un patrón especial, una salpicadura con forma de rocío intenso y veloz que indicaba que allí había ocurrido el desmembramiento con un objeto “similar a una sierra”, marca el expediente.
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Había un cuchillo de cocina grande en un balde, con un mango negro y manchas de sangre y fibras de músculos. También, junto al cuchillo, una amoladora con discos. El forense lo entendió rápidamente: el femicida, el autor del crimen contra una mujer más barbárico de la historia argentina reciente primero usó el cuchillo, y luego cortó.
Sin embargo, nadie habló del ruido en el barrio San Martín, un territorio formado detrás del andén del tren del mismo nombre, marcado por las guerras entre transas y acostumbrado a crímenes grotescos como el triple homicidio de una pareja y otro hombre ocurrido en marzo de 2018, sus cadáveres incinerados en un carrito de cartonero, nadie habló del sonido o el olor de una amoladora caliente contra hueso y cartílago, o del grito de una mujer indefensa antes de morir.
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Así, comenzó la reconstrucción del cuerpo: 25 fragmentos individualizados, cinco fragmentos de pie, partes de músculos. No hubo dudas de la identidad de los restos. La madre de Mirtha entregó su sangre a los investigadores del caso, a cargo del fiscal Andrés Madrea y el juez Hugo Decaria: una pericia de ADN confirmó el vínculo con una exactitud superior al 99,9%. El cuerpo estaba completo en un 70 por ciento: nunca se supo qué pasó, por ejemplo, con el corazón o con los intestinos. Hubo, sin embargo, otras certezas. El Laboratorio de Patología Forense y la Morgue Judicial coincidieron posteriormente en la causa de muerte, una asfixia. De vuelta en el baño, los peritos encontraron dos huellas dactilares sobre el inodoro: esas huellas correspondían a la pareja de Mirtha, al padre de sus hijos, Waldo Servián Riquelme.
Un día antes del hallazgo del cadáver, Riquelme abordó un micro de la empresa Crucero del Norte en Retiro con rumbo a Misiones. Al día siguiente llegó a Paraguay a través del paso San Roque González de Santa Cruz, probablemente en un taxi fronterizo que salió desde Posadas. La orden de captura internacional se emitió poco después.
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Servián Riquelme, de 34 años, se entregó finalmente en la ciudad de Encarnación en el mes de mayo, para ser extraditado a la Argentina con una celda a su nombre en Marcos Paz. Negó el crimen. “Lo único que voy a decir es que no la maté”, aseguró, dijo que se entregaba por sus hijos a los que dejó con su hermana antes de matar a su mujer según la acusación del fiscal Madrea. Afirmó que no respondería preguntas del tribunal.
Otros ya habían hablado en su contra, aportaron los audios de WhatsApp. Los testimonios coincidieron: la violencia de género fue el motivo del crimen, si es que Servián Riquelme es culpable. Lo pintaron con adjetivos: un celoso, un machista haragán, un vividor que de vez en cuando se levantaba de la cama para ir a trabajar de maletero a la terminal pero que prefería comer del bolsillo de Mirtha, que vendía comida y café, que tenía alquileres y que llegó a construir y vender una segunda casa en la Villa 31.
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Tiempo antes de morir, Mirtha le dijo a su madre: “Ya no quiero andar de mendiga”.

La madre de Mirtha aseguró que hace “unos años había dejado a Waldo y se fue con los chicos a Paraguay, se habían separado porque ella no se hallaba más con él, porque él la hacía trabajar y la trataba mal, la mandaba al comedor a que pida comida". Mirtha llegó a mudarse al fondo de la casa de su madre, tiempo después volvió con Servián Riquelme, pero las cosas empeoraron: “Eso era todo lo que reclamaba Waldo, él quería plata, plata y no trabajaba”, dijo la madre.
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Pedir plata no era la única forma de violencia. Waldo sospechaba de que Mirtha veía a otro hombre, un catamarqueño. Tomó su celular para hurgarle entre los mensajes. Se lo reinició por completo, un formateo de fábrica. Mirtha le temía, cortaba la conversación por teléfono cuando el padre de sus hijos llegaba.
Así, Servián Riquelme se sienta en Marcos Paz, fue procesado el mes pasado por el juez Decaria por el delito de homicidio agravado por el vínculo y mediando violencia de género, con un embargo de 5 millones. Nunca tuvo un trabajo en blanco de acuerdo a sus registros.
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Su elevación a juicio podría producirse próximamente. Así, Servián Riquelme tendrá la chance de hablar en un tribunal oral y criminal porteño. Podrá decir, por ejemplo, qué hizo con el corazón de su mujer.
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