Lucila Frend y su amiga Solange Grabenheimer, asesinada hace 11 años atrás
Lucila Frend y su amiga Solange Grabenheimer, asesinada hace 11 años atrás

En los últimos tiempos, las crónicas de los casos policiales locales se parecen todas a sí mismas. La falta de certeza, las especulaciones, las hipótesis más variadas conviven en cada análisis. Eso no se debe a la imaginación frondosa del cronista ni a su ingenuidad que deja permear las diferentes e interesadas teorías de las partes. La impericia, negligencia o venalidad de quienes deben realizar la investigación científica de rigor posibilitan que todos los casos permanezcan en las brumas, que su resolución sea casi imposible siguiendo las rigurosas pautas probatorias del derecho penal y se conviertan en territorio de corazonadas, pálpitos y actos de fe. Forenses que no tienen los instrumentos necesarios para realizar su trabajo, pruebas vitales nunca analizadas, huellas digitales mal tomadas, extracciones contaminadas, el poder político que arrasa con una escena del crimen, o simplemente fiscales torpes, que se mueven con la ductilidad de una manada de jabalíes sobre una mesa de billar, incorporando ADN que no estaba, confundiendo pruebas, pisando charcos de sangre o alterando el lugar de los hechos.

En los últimos tiempos, el caso del asesinato de Solange Grabenheimer fue uno de los que logró captar la atención pública. Nadie parece quedar indiferente. Muchos, si uno se guía por los comentarios en las notas periodísticas y en los posteos en las redes sociales, están convencidos de la culpabilidad de Lucila Frend, la amiga que convivía con ella. La virulencia de la opinión pública cayó sobre su persona. La sentencia popular fue de culpabilidad. Pero es imprescindible que la Justicia se maneje con otros parámetros. El caso de la muerte de Solange adoleció de grave fallas investigativas que impidieron una sentencia condenatoria. Las dudas siempre permanecerán porque el aporte que la ciencia debería haber brindado estuvo ausente. Quienes debían traer certezas, derribar coartadas, precisar horarios, no lo hicieron. Sólo brindaron imprecisión, fallas e inepcia. El tiempo, clave en cualquier pesquisa, fue desperdiciado. Las pruebas que se debían colectar con celeridad, apenas descubierto el cadáver, o no se recogieron o se lo hizo con imprudencia evidente. Luego están los tiempos de la Justicia. El fallo del tribunal oral, que absolvió a Lucila, llegó recién cuatro años seis meses y dos días después del asesinato de Solange. La sentencia de Casación confirmando la absolución de Frend tardó un par de años más.

Las grandes dudas del caso, las claves que no permitieron una sentencia condenatoria a Lucila Frend son las siguientes:

1) La hora de muerte. Nunca se pudo determinar con precisión a qué hora la víctima fue asesinada. Eugenio Aranda, el forense que primero entró en contacto con el cadáver, dio tres versiones diferentes a lo largo del proceso. La primera fue que Solange había fallecido entre 18 y 24 horas antes de su hallazgo. Es decir, entre la 1 y las 7 de la mañana de ese 10 de enero de 2007. Horario en el que, sin disputas, Solange se encontraba en su casa. Luego en un ateneo con varios peritos más acompañó el dictamen que sostenía que la muerte se produjo entre las 9 y las 15, lapso en el que está probado Lucila estaba en su trabajo (salió a las 7.30 de su casa y llegó al laboratorio farmacéutico en el que trabajaba pasadas las 8. 30 horas). Pero en el juicio oral dio una tercera versión situando el crimen entre las 7 y las 13. Estas imprecisiones podrían haberse evitado si el trabajo hubiera sido hecho competentemente. Tomar la temperatura corporal del cadáver en el momento de su hallazgo permite establecer con sensata precisión cuando murió. Sin embargo, Aranda no tenía consigo un necrotermómetro, el instrumento apropiado para tal fin que brinda la temperatura rectal o del hígado. Pero esta circunstancia no fue la única que impidió saber la hora de muerte, dato vital para determinar si Lucila estaba o no en el PH de Florida. Otro especialista, en un momento posterior, tomó una muestra de humor vítreo (líquido que se extrae del globo ocular), que permite conocer la hora del deceso con una precisión mayor. Sin embargo el resultado de ese análisis sorprendió a todos: estableció que Solange llevaba 77 horas muerta. Algo absolutamente imposible. La muestra estaba contaminada y eso produjo un resultado disparatado. Y, una vez más, la impericia o negligencia alejó la posibilidad de acceder a la verdad.

2. No se pudo determinar con precisión el modo en que el asesino actuó, la mecánica del crimen. Mientras algunos peritos hablaron de estrangulamiento, además de las puñaladas, otros dijeron que las marcas en el cuello fueron ocasionadas por un cuchillo. Sin haber certeza absoluta pareció haber coincidencia que el asesino pudo haber sido zurdo como Lucila Frend. Sin embargo mientras algunos expertos dijeron que alguien de 55 kilos pudo cometer el homicidio, nuevamente otros sostuvieron lo contrario y hablaron de alguien con una mayor contextura física.

En “Acusada”, Lali Espósito interpreta a una joven acusada del crimen de su mejor amiga
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3. El móvil. Aunque no es imprescindible conocerlo para una sentencia condenatoria, tampoco se precisó. Las sospechas recayeron sobre Lucila de inmediato. Amigas y familiares de Solange declararon que la relación de amistad entre ellas estaba deteriorada (y que la víctima pensaba mudarse sola en breve), que Lucila era homosexual y había sido rechazada por su amiga, y que un tiempo atrás un novio de Lucila quiso tener un affaire con Solange. Este último supuesto fue reconocido por Frend y por allegados pero se esclareció que ambas se pusieron de acuerdo para repudiar al pretendiente y hasta juntas le dañaron el auto. Se descartó el robo como móvil porque nada faltaba de la casa.

4. Nunca se encontró el arma homicida. A pesar de los intentos, la búsqueda resultó infructuosa. Tampoco se pudo encontrar el encendedor que quedó marcado en la pierna de la víctima. Se sospecha que, debido a eso, el asesino dio vuelta el cadáver sobre la cama y luego la depositó en el piso de la habitación. Un indicio que complicó a Lucila fue que no hubiera en la casa rastros de barro ni arenilla inevitables en caso de haber provenido el asesino del exterior de la vivienda, dado que esa noche había llovido. Tampoco se encontraban forzadas las ventanas y puertas. Sin embargo se comprobó que la puerta del balcón no cerraba bien.

5. Quien asesinó a Solange no actuó con demasiado cuidado. Sin embargo, contó a favor para asegurarse la impunidad con la falta de idoneidad de los expertos. Se limpió la sangre de las manos en las sábanas, movió el cuerpo en dos ocasiones, olvidó el encendedor bajo Solange al menos un par de horas. Sin embargo nada de eso sirvió para encontrar al homicida. Otras falencias evidentes de la investigación: no se realizó un croquis detallado de la escena del crimen, un bóxer masculino con sangre encontrado en la habitación no fue analizado, hasta hubo dudas para determinar algo de una sencillez insultante: para qué lado abrían las puertas del balcón.

6. Un pelo ensangrentado encontrado en la escena del crimen no tenía ADN de Solange. Si esa prueba hubiera dado positiva difícilmente podría haber sido absuelta.

7.Que no haya podido establecerse circunstancias determinantes para exigir una culpabilidad penal no implica que muchas de las actitudes de Lucila no hayan sido extrañas y sospechosas. El haberse negado a subir a la habitación de Solange cuando esa noche hizo concurrir al PH al novio de Grabenheimer y a sus primas. Que haya dicho que la impresionó ver el cuerpo de su amiga boca abajo y en medio de un charco de sangre (cuando ella subió por pedido del fiscal para comprobar si faltaba algo, el cuerpo ya había sido dado vuelto: nunca vio, en ese lapso, a Solange boca abajo). Los familiares de Solange insisten que su actitud en el momento del hallazgo y de las exequias fue más que extraña. El fiscal acusó a la sospechoso de haber montado una gran puesta en escena para mostrarse angustiada y con preocupación.

Solange y Lucila eran amigas desde pequeñas
Solange y Lucila eran amigas desde pequeñas

8. Días después del crimen, Lucila ingresó a la cuenta de mail de Solange; se sospecha que para borrar algún mensaje que la podía inculpar. Su defensa, aceptada por la Justicia, fue que era una muestra de gran confianza que su amiga le hubiera dado a conocer su clave. Ella adujo también que ingresó para ver si podía encontrar algún dato o indicio que permitiera resolver el crimen. Y que difícilmente pudiera verse su actitud como sospechosa o punible dado que la familia de Solange intentó hacer lo mismo días después que ella.

9. Lucila y su defensa intentaron desviar la atención de la investigación en varias oportunidades. Cada uno de los otros sospechosos alguna vez mencionados en el expediente fueron aportados (mencionados sería un término más preciso) por ella. Una amplia galería de posibles asesinos aportados por la defensa. El dueño del PH y su hijo, ambos con antecedentes violentos y hasta psiquiátricos; los albañiles de la obra de al lado del PH (alguno había pedido el teléfono de la víctima); algún acreedor descontento con el padre de Solange que tenía un negocio que polarizaba vidrios de autos en la calle Warnes; un remisero que mandaba mensajes intimidantes; o la mucama del novio de Solange con la que esta había tenido una discusión virulenta meses atrás.

10. Si bien es cierto que estos nombres fueron aportados por Lucila, se debe reconocerse que el fiscal Guevara desdeñó todas las otras líneas de investigación centrándose sólo en Frend. Algunos peritos encontraron huellas unidireccionales que se dirigían de la obra de al lado hacia la vivienda de las jóvenes, entre otras pistas, pero no se prestó atención a esas circunstancias.

Por más sospechas que todavía persistan y de la impotencia que la impunidad genera, los jueces, tanto los del Tribunal Oral como los de Casación, no contaron con los elementos probatorios necesarios para poder atribuir culpabilidad penal debido a las falencias evidentes de la investigación y de la acusación. El beneficio de la duda, principio sagrado del sistema penal y del estado de derecho, hizo el resto. En nuestra realidad, aun el homicidio más desprolijo puede convertirse a fuerza de inoperancia y pereza en el crimen perfecto.