Imagen de cámara de seguridad: el segundo secuestro de la hija de Rosales el 29 de abril último.
Imagen de cámara de seguridad: el segundo secuestro de la hija de Rosales el 29 de abril último.

El tinte de vendetta alrededor del tema era obvio. Luis Alberto Rosales Sandoval, "El Gordo Papa", remisero en aquel entonces, se hacía el desentendido ante los policías y periodistas y funcionarios judiciales que le preguntaban, decía que él no tenía nada que ver, que lo que había pasado no era por droga, que no tenía antecedentes ni era ningún transa. Puertas adentro, a los compañeros de la agencia de autos, Luis Alberto les decía otra cosa: "Esto fue por mí." El secuestro de su hija R., de apenas dos años de edad, fue una historia policial particularmente desagradable y misteriosa en julio de 2002.

Ocurrió cuando Rosales Sandoval, en ese entonces vecino de Villa Lugano, buscaba en su Ford Escort a su hija mayor a la salida de su escuela primaria en Flores. Rosales Sandoval dejó su auto en doble fila por unos instantes, con R. sentada atrás, para subir a su otra hija e irse. Un grupo de hombres vestidos con trajes de policía poco creíbles le cortó el paso: "Te tenemos que detener", le dijeron.

Rosales no se la creyó y reaccionó de forma picante. Los falsos policías lo golpearon en el acto, intentaron reducirlo y llevárselo, pero no pudieron.

El plan, si es que había uno, cambió al instante: uno de los atacantes entró a su Ford Escort y tomó a R. para subirla a otro vehículo. Luis Alberto se lanzó al auto que partía, se aferró con sus manos a un vidrio entreabierto; su fuerza arrancó el cristal de cuajo. Otro de los falsos policías, mientras tanto, le robaba el Ford para escapar en otra dirección. "El Gordo Papa" no se rindió: se subió al auto del padre de una compañera de su hija mayor y persiguió a los captores de R. para perderlos algunas cuadras después.

El secuestro sería relativamente corto. La bebé apareció sana y salva cinco horas después en casa de un vecino de su padre, entregada supuestamente por un hombre morocho, de pelo muy corto. Sin embargo, nadie llamó a Rosales Sandoval para pedirle un rescate, la bebé volvió gratis a su casa y su auto apareció abandonado tiempo después. Hubo dos llamados misteriosos que recibió otro vecino del entonces remisero, en ninguno de ellos se pidió plata. El secuestrador simplemente pedía hablar con Luis Alberto. "Si no, mato a la nena", advirtió.

El remisero declaró ante al entonces juez federal Jorge Ballestero, hoy camarista, a cargo del caso. Negó saber si tenía enemigos, si era efectivamente el blanco del ataque. El ex comisario de la PFA Carlos Alberto Sablich, "El Ruso", el ex jefe de la división Defraudaciones y Estafas de la Federal que actuó en los secuestros del empresario Osvaldo Sivak y del presidente Macri en 1991, estuvo a cargo de investigar el caso.

Las sospechas, inevitablemente, apuntaban a Rosales Sandoval, pero el remisero negaba todo. Sincerarse, si es que tenía que hacerlo, parecía difícil. El pedido de dinero a su teléfono por su hija llegaría mucho, mucho tiempo después.

El 29 de abril último a las 20:40, R., con 18 años de edad, volvía a su casa en Flores a bordo de una camioneta Ford Ecosport roja. Al menos tres hombres la golpearon y la obligaron a subir a punta de pistola a un Volkswagen Golf gris, mientras la secuencia completa era tomada por una cámara de seguridad en la cuadra. Minutos después, Luis Alberto, "El Gordo Papa", escucharía la voz de un hombre en su teléfono de línea: "Dos millones o la droga", dijo la voz. "Quieren dos millones de pesos, ¡juntala!", le imploró la joven a su madre en una segunda llamada.

R. sería liberada a la mañana siguiente a pocas cuadras del Unicenter. Luis Alberto no pagaría dos millones de pesos o droga, pero pagaría, 297 mil pesos empacados en una mochila infantil que su mujer entregó en un callejón oscuro del barrio Santa Rita de Boulogne.

El pago era notable por el monto, el más grande por un secuestro en tiempos recientes: los hechos extorsivos a lo largo de la zona Oeste, trabajos de pocas horas con una víctima en constante movimiento sobre un vehículo, promedian los treinta, cincuenta mil pesos, no mucho más, en una modalidad delictiva cada vez más escasa, llegando a su mínimo histórico en el país.

Carlos Rívolo y Santiago Marquevich, fiscales del caso.
Carlos Rívolo y Santiago Marquevich, fiscales del caso.

La mujer de Rosales no estuvo sola en la entrega de la plata: un brigada de la división Operativa Central de la PFA la acompañó a pocos metros de distancia. Rosales decidió denunciar el secuestro de su hija en vez de callárselo, lo que disparó una causa a cargo del fiscal Carlos Rívolo y la UFESE, la unidad especializada en secuestros extorsivos, liderada por el fiscal Santiago Marquevich. Cada billete fue filmado antes de ser entregado.

R. dio su testimonio ante los fiscales del caso después de ser liberada. Aseguró que la ataron de pies y manos con precintos, que la golpearon, señaló a dos hombres en particular a los que pudo describir con exactitud, dio sus posibles edades, 22 y 28 aproximadamente, describió sus cortes de pelo y formas de hablar. Contó cómo sus secuestradores la golpearon en el auto al no recordar de inmediato el número de línea de su casa y habló la casa donde la "guardaron" con motos que llegaban y gritos de niños en la distancia, de la voz de una mujer que llamaba a una bebé.

Existe, por otra parte, una declaración en el expediente de alguien que arriesgó quiénes serían los responsables de llevarse R. luego de escuchar comentarios de conocidos en la Villa 1-11-14, el testigo señaló a un grupo de jóvenes del Barrio Mitre detrás del shopping DOT en Saavedra, el histórico bastión de la barra brava del Club Atlético Platense, una bandita que se haría llamar a sí misma "La Farándula."

El "Gordo Papa" no pudo acompañar a su mujer a entregar el dinero o salir a buscar a su hija. Tenía un importante contratiempo para salir de su casa: estaba bajo el beneficio del arresto domiciliario en su casa de Flores tras salir un penal federal el 17 de agosto de 2016.

El pedido de droga de los secuestradores no fue una cosa casual. Rosales Sandoval decía no tener antecedentes en 2002, ninguna conexión con el submundo de la droga. Los tendría eventualmente. El 4 de noviembre de 2016, poco más de dos meses de que comenzara a estar preso en casa, el Tribunal Oral Federal N°6 integrado por los jueces Roqueta, Panelo y Sobrino lo condenó a seis años de cárcel. El delito: narcotráfico, regentear un servicio de delivery de cocaína que operó durante un año a lo largo del Bajo Flores. Un mail anónimo que llegó a la entonces Policía Metropolitana en agosto de 2013 fue lo que lo entregó. "Venta de droga", decía el correo, con la dirección de la casa de Rosales, "un señor al que le dicen Gordo Papa."

El allanamiento a la casa del "Gordo Papa" que hizo la Federal en junio de 2014 terminó con un saldo interesante: la cocaína estaba repartida por todo el inmueble, 127 gramos en un tupper, otras 58 tizas por más de 100 gramos metidas en una carpeta, otras tres bolsitas en un baño, otro kilo escondido en una bolsa de nylon en un rincón del techo de la casa lindera. Los precursores químicos para el proceso narco, -acetona, acido clorhídrico- estaban en bidones bajo la parrilla.

Había una Taurus .9 mm con la numeración limada y un surtido de balas de varios calibres en la barra de bebidas en el living, otra Bersa Thunder Pro también de .9 mm en la cochera que había sida denunciada como robada en Villa Madero unos meses antes. La casa de al lado, también controlada por Rosales, tenía otras dos armas de fuego a la vista, una flota de media docena de celulares y un surtido de balas en una caja fuerte que fue abierta a la fuerza El premio gordo del operativo fue encontrado en la cocina del ex remisero: más de 600 mil pesos en efectivo.

Rosales Sandoval, de acuerdo a la condena firmada por el TOF N°6, se había aliado con una serie de transas de la villa Zabaleta y un grupo de ciudadanos bolivianos de Esteban Echeverría que le hacían de mayoristas narco. Tenía varias pequeñas bases: un local de venta de celulares, otros dos puntos en la villa 1-11-14. Se  ordenaron las intervenciones de 14 líneas en la causa: las pinchaduras detectaron un lenguaje en código bastante curioso, típico de transas, "traeme 150 de los altos y 100 de los petisos", decía Rosales Sandoval con una grabadora judicial activa del otro lado. Otras escuchas eran más coloridas todavía, con términos como "la rubia", "la morocha", "vienen tus sobrinas" o, con muchos menos tapujos, "esa rica de la otra vez."

Rosales Sandoval, que tenía al "Pila" y a "Doña Norma" como sus principales líneas de provisión, hacía de mayorista él mismo revendiéndole sustancia a otros dos traficantes menores de la zona. Con el tiempo, el ex remisero diversificó el negocio: la Federal le atribuyó una librería y una peluquería, ambas ubicadas en Flores.

Infobae intentó contactar telefónicamente al "Gordo Papa" con cuatro llamados a su casa a lo largo de esta semana. Resultó ser bastante esquivo para estar bajo arresto domiciliario. Siempre fue la misma respuesta: "Luis Alberto no se encuentra." Su hija, por su parte, prefirió no hacer declaraciones para esta nota. "No me gustaría hablar del tema", dijo R.

En su testimonial ante la PFA, el testigo que señaló a los posibles secuestradores entregó capturas de pantalla de su Instagram. "Kevin", dijo el testigo, "Kevin del Barrio Mitre."

Kevin Ariel Torres, principal sospechoso del caso.
Kevin Ariel Torres, principal sospechoso del caso.

La información que entregó, por lo visto, sirvió de algo. La Federal arrestó por el secuestro extorsivo de R. a Kevin Ariel Torres, de 21 años después de que los fiscales Rivolo y Marquevich encontraran coincidencias comprometedoras en un teléfono celular. La activación de los las celdas de los teléfonos celulares apuntaba al Barrio Mitre en Saavedra. Hoy, Torres está preso en el penal de Ezeiza junto a un supuesto cómplice, Rivolo y Marquevich pidieron su elevación a juicio a mediados de este mes.

El linaje de Kevin es muy particular: es hijo de Andrés Torres, "el Raba", histórico capo de la barra de Platense y una de las figuras de la vieja Hinchadas Unidas Argentinas, una suerte de príncipe del paravalanchas marrón.