Si su hijo no hubiese nacido, la historia de Aída Habedank y Víctor Robledo Puch podría contarse en pocas palabras. Ella, ama de casa, química, profesora de inglés y descendiente de alemanes. El, hijo de españoles, inspector de agencias de autos. Se conocieron cuando tenían 28 años: se casaron y fueron a vivir a una casa tipo chorizo de la calle Laprida 1569, en Florida, partido de Vicente López. Ella soñaba con ser madre, pero él dudaba: decía que no era el momento. Ella le recriminaba que se lo pasaba trabajando.

—No voy a pasar por esta vida sin haber tenido un hijo —le dijo Aída a su esposo, después de que él llegara de un largo viaje por el norte del país.

Víctor la entendió. Buscaron ser padres durante dos años, pero los intentos fracasaron. Eso los hizo pensar que no podían tener hijos. Aída rezó con fervor en la parroquia San Isidro Labrador, donde se había casado. Siempre creyó que esas plegarias dieron más resultados que el tratamiento que le había dado su médico.

Fue así que el 19 de enero de 1952, hace hoy 66 años, nació Carlos Eduardo Robledo Puch, el llamado ángel negro que en 1972 mató a once personas por la espalda o mientras dormían. Está preso desde entonces.

Decirlo ahora, con el diario del lunes, resulta sencillo: si el tratamiento al que se sometió Aída no hubiese resultado, el mayor asesino civil de la historia criminal argentina no habría existido.

"Fue un milagro", dijo Aída cuando quedó embarazada. Su marido era puntilloso y obsesivo. Llevaba un diario de su vida. El 19 de enero de 1952, anotó: "Nació mi hijo Carlos Eduardo. Es hermoso. Todos dicen que se parece a su madre".

Carlitos, como lo llamaban sus familiares, durmió en la pieza de sus padres hasta los tres años. Era pelirrojo y pálido como su madre. Pasaba la mayor parte del día con ella y con su abuela materna Josefa, que le enseñaron a hablar mientras acariciaba los crisantemos, las orquídeas y los jazmines del jardín.

"Así aprendió a pronunciar las primeras palabras —contaría tiempo después su madre Aída a la revista Gente—. Mi ilusión era tener ese hijo y al tenerlo toqué el cielo con las manos. La educación que le dimos fue rígida porque nuestras raíces son alemanas. Nunca tuve problemas con él: comía bien, dormía mejor y era un hermoso bebé." Nunca le levantaron la mano: bastaba con un grito seco, del estilo militar, para que el chico se portara bien.

Cuando su hijo fue detenido por los once crímenes, Aída y Víctor casi no podían salir de su casa. Recibían amenazas. Una de ellas decías: "Merecen la pena capital por haber engendrado al diablo".

Los dos murieron y Robledo Puch se quedó sin familiares. No recibe visitas y es probable que nadie lo haya saludado hoy en Sierra Chica, donde está detenido.

El 19 de enero de 2009 lo visité en esa prisión. Fui el único invitado al cumpleaños del criminal más famoso de la historia argentina. Robledo Puch cumplía 57 años y yo estuve ahí, con una bolsa, un libro envuelto en papel de regalo (por carta me pidió que le regalara algo) y una torta con crema que se derretía por el calor y por la demora de un guardia en abrir un candado.

Mientras esperé a Robledo, apareció el Tumba, el asesino de dos policías que siempre me hablaba cuando entraba en la cárcel. Una vez más, proclamó su inocencia y dijo que saldrá libre antes de lo pensado. Me preguntó qué llevaba en la bolsa. "Una torta", le respondí. Y fue a avisarle a Robledo que lo esperaba. Diez minutos después, a lo lejos, lo vi venir. Estaba con pelo. Canoso, parecía otro hombre. Tenía un aire al actor Norman Briski. Vestía una musculosa blanca y pantalones cortos. Lo saludé y le regalé el libro La novela de Perón, de Tomás Eloy Martínez, y una camiseta de River, su equipo favorito. Sonrió y agradeció emocionado. Dijo que esa noche empezaría a leer el libro. Se probó la camiseta, se besó el escudo de su equipo y dijo: "Hace rato que no juego al fútbol. Me gustaba ir al arco. Mis ídolos son el Beto Alonso y Amadeo Carrizo". La torta chorreaba un líquido extraño y pegajoso. La había en la panadería de enfrente, la única que hay en Sierra Chica. Robledo tenía una teoría:

—Ahí pichicatean la masa con una falopa rara. Siempre que como esas facturas que me traes, me agarra una cagadera terrible. Se las termino regalando a un paria del pabellón 7. Las come rancias. Es un tipo que está muerto de hambre: sería capaz de comer una rata.

 
(Gentileza Mondadori/Diego Sansdtede)
(Gentileza Mondadori/Diego Sansdtede)

Le sugerí que guardara la torta para comerla con su amigo Caballo. Estuvo de acuerdo. Mientras, tomamos un café batido y comimos medialunas. Esta fecha especial en que —salvo yo— nadie recordó su cumpleaños, le trajo recuerdos.

Para mis cumpleaños recibía regalitos de mi mamá. Eran sencillitos: soquetes, calzoncillos, una remera o una camisa; cosas así. Pero no tengo un recuerdo especial de mis cumpleaños, salvo haberlos pasado con mis padres, juntos en familia. Era muy zonzo. No pedía cosas. Me conformaba con lo que me regalaban. Los dos regalos más lindos que recibí en mi vida fueron un triciclo y un camión cisterna de juguete que me dieron para Reyes. También me acuerdo del camión de bomberos marca Bichi, a fricción, el patrullero azul de hojalata hecho por los japoneses, que después de perder la guerra inundaron el mundo con sus juguetes. Me acabo de acordar de un tractor Fiat anaranjado de chapa, bien argentino. Era una réplica de los originales.

—¿Alguna vez fue feliz?

—Soy feliz cuando River sale campeón. Tal vez no haya conocido la felicidad. Ni de niño, ni de joven, ni de viejo. No he vivido nada.

—¿Qué imagen cree que la gente tiene de usted?

—La de un asesino. Si la prensa le dijo eso.

—¿Sabía que hay una banda de música que se llama La Robledo Puch y que hay un grupo folclórico que hizo una canción en su nombre?

—Viven de mi fama. Que hagan lo que quieran.

(Fotos Diario Crónica)
(Fotos Diario Crónica)

La visita no duró más de dos horas. En un momento, Robledo se puso de mal humor. La noche anterior había visto en televisión un programa viejo de "Todo por dos pesos". Dijo que uno de sus conductores, Diego Capusotto, anunció lo que tendrían para el próximo programa. Robledo se paró y empezó a bailar como bailaba Capusotto. De izquierda a derecha. Hizo tres pasos hacia la izquierda y tres pasos hacia la derecha. Sus movimientos eran rápidos y torpes. Levantaba los brazos y los movía hacia los costados. Mientras bailaba con los ojos abiertos de par en par, dijo:

—Y en una parte, el demente este de Capusotto gritó: "¡Prepárense para la próxima semana porque presentaremos en exclusiva el musical de Robledo Puch!". Lo dijo y se recontracagó de risa. No dejaba de bailar como ahora bailo yo. ¡Está loco este tipo! ¡¿Por qué mierda me tiene que tomar el pelo?! Lo peor es que todos los que estaban en la tribuna se reían, bailaban y tiraban papelitos. Con gente así, este país se va hundir.

La escena era absurda. Robledo en musculosa, pantalón corto (sus piernas eran flaquísimas, como las de un adolescente esmirriado) y haciendo un pasito cómico. Pero su cara transmitía furia. Contuve la risa como pude.

Cuando el caso salió a la luz, en 1972, no sólo eran consultados detectives, criminalistas y médicos. La revista Así dedicó más de media página a la opinión de un astrólogo que se hacía llamar "Cariño". Este hombre calvo y de lentes, que aparecía en una foto viendo una imagen de Robledo con una lupa del estilo Sherlock Holmes, se basó en la fecha de nacimiento del "pequeño mozalbete" (como lo llamó en la entrevista) para concluir que los nacidos el 19 de enero de 1952 tuvieron vidas adversas por la infausta oposición de los planetas Saturno y Urano.

"Ni más ni menos puedo decir que esos son planetas maléficos —analizó— que influyeron en las acciones de esta bestia humana cebada en sangre, cuyo signo Capricornio sufrió una convulsión espiritual. Las fotos lo muestran cínico, mentiroso, cobarde, con una cabeza pletórica de fantasías. Vive en el mundo del mal. Cuando vuelva a la realidad podrá comprender su drama y tratará de despojarse de ese espíritu maligno que lo aprisiona y gobierna su mente. Entonces buscará la libertad y en esa búsqueda quedará loco. Es más: si persiste su lucidez, luego de su liberación mental, él mismo se quitará la vida".

Pero hasta ahora, el asesino sigue vivo. Es la leyenda negra viviente del crimen. Este año se estrenará la película sobre su carrera criminal, producida por Sebastián Ortega y dirigida por su hermano Luis. Mientras tanto, espera poder salir de la cárcel, su casa eterna. Allí donde volverá a pasar otro cumpleaños, solo y maldito.

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