Agregar Infobae enGoogle

El espacio secreto porteño en el que los hombres se convierten en mujeres: el relato de Mirna, la clienta más fiel

Claudia Molina vio la necesidad de este servicio ante la confesión de un amigo. Abrió Crossdressing Buenos Aires en el 2002. Qué ofrece y las tarifas de los servicios

Una persona con peluca castaña, maquillaje y pañuelo rojo es asistida por otra persona que ajusta su cabello en un estudio con cortinas y estantes
Mirna es asistida por Claudia Molina en Crossdressing Buenos Aires
Guardar

Hay un departamento en Buenos Aires donde entran hombres y, por un rato, dejan de serlo. En este caso no hay cirugías, ni revelaciones, ni crisis existenciales en el pasillo. Hay, en cambio, un perchero con vestidos, una colección de pelucas ordenadas por color, zapatos en talle 43 y 44 que en ningún otro local de la ciudad se consiguen, y una mujer llamada Claudia Molina que en 2002 decidió que ese servicio hacía falta y que nadie más lo iba a dar.

El local lleva quince años en la misma dirección. El edificio, cuenta Claudia, era antes de oficinas en el centro porteño. Hoy, del consorcio, casi nadie pregunta. Cuando llegó, Claudia convocó al portero, al administrador y al presidente del consorcio, los trajo juntos y les explicó exactamente qué hacía ahí. Necesitaba que no pensaran que era una prostituta. Porque iban a entrar hombres, muchos hombres, y era mejor aclarar las cosas antes.

PUBLICIDAD

Mirna había llegado a la vida de Claudia en los inicios del negocio en el 2002, cuando el mismo servicio se brindaba en un PH en Caballito y luego en Palermo. Tenía poco más de treinta. Hoy tiene cincuenta. “Mirna declara cincuenta”, aclara con una sonrisa y es, según Claudia, la clienta más antigua que sigue viniendo.

Qué es el crossdressing y por qué importa la diferencia

El crossdressing es la práctica de vestirse con ropa asociada al género opuesto al asignado al nacer. No implica una identidad transgénero ni una orientación sexual específica.

PUBLICIDAD

“Doña Rosa o don Pepe se sorprenderían si supieran quién está detrás - dice Claudia en diálogo con Infobae-. El doctor que la atiende en el sanatorio. El plomero que le arregla la cocina. El abogado. El juez”. Mirna asiente: “Cualquiera”. En la reunión mensual más grande que organizó Claudia se juntaron 85 personas. Y esa noche no estaban todas las que había conocido a lo largo de más de dos décadas.

Una persona de perfil con cabello largo sostiene una peluca rubia. Detrás hay una estantería con varias pelucas en bustos de maniquí
Mirna sostiene una peluca rubia frente a una estantería con otras pelucas en el departamento que ofrece servicio de crossdressing en Buenos Aires

La diferencia entre un crossdresser y una persona trans es, en palabras de Claudia, una cuestión de permanencia y de identidad. “El hombre que elige vestirse de mujer no elige convertirse en una mujer. Es un momento, en ese momento. No va a perder la identidad como varón”. Las personas trans, en cambio, eligieron transicionar su vida y vivir completamente como mujeres.

Mirna lo formula desde su propia experiencia: “Hay algo en mí que no pierdo. Lo podés ver en mis gestos”. Claudia lo confirma: “Ahí está la diferencia”.

Una crisis, un amigo y un tablón de anuncios en internet

Claudia es periodista. Estudió en TEA, se recibió en 1994 y trabajaba en un medio cuando llegó la crisis de 2001. La despidieron junto con muchos otros. Ese día tomó una decisión. Nunca más en relación de dependencia. Nunca más que otra persona decidiera sobre su trabajo.

Poco después, un amigo de muchos años le contó algo que no le había podido decir antes. Se vestía de mujer. Le habló de los lugares que había visto en otros países, espacios donde los hombres podían ir, probarse ropa, estar un rato y salir sin que nadie los juzgara ni les ofreciera sexo. Le dijo que en Argentina no existía nada así. Que hacía falta.

“En ese momento se me prendió la lamparita”, dice Claudia. Aunque matiza: “En realidad, la lamparita me la prendió él. Yo llegué shockeada, diciendo: le gusta vestirse de mujer, existen lugares, ¿qué hago con esto?”. Lo que hizo fue armar un plan de negocios con amigos, conseguir que uno invirtiera y empezar. Ahora ya cuenta con presencia en Instagram (@crossdressingbsas) y sitio de internet con todos los servicios disponibles.

El primer local fue un departamento en Caballito, cerca de Primera Junta. Duró dos o tres meses. El problema fue concreto. Un cliente llegó y no quiso entrar porque conocía al encargado del edificio. Poco después, otro dijo lo mismo. Claudia entendió la señal y se mudó.

Para darse a conocer usó los recursos de la época. Publicó en travestis.net, un tablón de anuncios online donde se anunciaba de todo. También armó un grupo de Yahoo. Mirna encontró el anuncio de Claudia en esa página y la llamó veinte veces antes de animarse a ir. “Crossdresser en Buenos Aires, servicio de transformación”, recuerda que decía.

Persona de espaldas con cabello castaño largo mirando un espejo. Reflejo de la persona aplicando labial. Mesa con maquillaje, brochas y planta. Estantería con objetos
Mirna se termina de preparar en el departamento de Claudia Molina en el centro porteño

Lo que pasa en dos horas

El servicio que ofrece Claudia no es una tienda. Es, como ella lo define, un espacio privado de dos horas en el que el cliente llega como hombre y puede transformarse con ropa, pelucas, maquillaje y asesoramiento. Al terminar, sale exactamente como entró. Sin rastros de delineador. Sin que nadie sepa lo que pasó ahí adentro, salvo él.

El servicio básico de vestimenta cuesta $80.000 pesos. Si el cliente quiere sesión de fotos, el precio sube a $120.000 en total. Una clase de maquillaje individual sale $60.000. Los precios, dice Claudia, son accesibles. No hay comparación posible con lo que cobra Daphne Girls, el referente europeo del rubro, con sede en España. En Madrid, una jornada completa que incluye salidas y producción fotográfica ronda los 404 euros.

Pero el servicio básico es solo el punto de entrada. Con el tiempo, Claudia fue sumando capas. Tiene un sistema de guardarropa donde los clientes pueden dejar su bolso con ropa femenina y volver a buscarlo cuando quieran, porque no pueden tenerlo en casa. Ofrece clases de maquillaje para quienes quieren aprender a hacerlo solos. Y tiene lo que llama la estadía. Una jornada de hasta diez horas en la que Claudia abre el departamento, maquilla al cliente, le deja una llave y vuelve al final del día para cerrar.

La estadía nació de una necesidad real. Hay gente que viaja desde el interior del país exclusivamente para esto. Hay otros que quieren salir a caminar por el barrio, tomar un café, existir unas horas en ese otro registro.

Persona con peluca rubia rojiza sostiene maniquí con peluca rubia. Fondo con estantes, cabezas de maniquí con pelucas de varios colores y un espejo
Mirna recuerda la primera vez que fue al local de Claudia

La primera vez: el miedo, la adrenalina y la sonrisa en el espejo

Mirna recuerda la primera vez que fue al local de Claudia. Estaba en Caballito todavía, en un departamento. Había preguntado veinte veces antes de decidirse. El miedo era que alguien la viera entrar. A que le gustara demasiado. A que su vida, tal como la conocía, dejara de encajar.

“La gente tenía miedo de que le gustara tanto que se hiciera travesti”, dice Claudia. “No en broma. Gente con su familia, sus hijos, decía que esto me puede gustar tanto que mi vida se destruye”.

Ese miedo tiene nombre en el ambiente. Se llama purga. Es el momento en que alguien, abrumado por la culpa o el pánico, tira o quema todo lo que acumuló. La ropa, las pelucas, los zapatos. “Y al mes estaban comprándose de vuelta”, dice Mirna. Claudia asiente. Hay algo que sale de adentro, dicen las dos, que es difícil de frenar una vez que empieza.

Lo que Claudia observa en los clientes nuevos, cuando se ven por primera vez en el espejo transformados, es siempre una sonrisa. “Una sonrisa de alegría, de felicidad”, describe. No de alivio, no de sorpresa. De algo que encaja. Hay hombres que entran y ella piensa “¿qué le pongo a este, por Dios?”, tipos que no parecen tener nada que funcione visualmente. Y se visten y son, en sus palabras, “bombas”. “Sacan algo de adentro”, dice.

Una persona sentada con cabello largo recibe maquillaje en el rostro. Otra persona le aplica el maquillaje. Hay un tocador con espejo, cosméticos y joyas, y un estante con zapatos
Mirna navega con Firefox cuando es Mirna y con Edge cuando no lo es

La transformación de Mirna

Mirna lo explica desde su propia historia. Empezó de adolescente, con ropa de su madre. Lo hacía solo, sin saber que existía un nombre para lo que hacía ni que había otras personas en el mismo lugar. En 1999, en un cyber, buscó en Altavista “hombres que se visten de mujer” y encontró que en Estados Unidos eso se llamaba crossdressing y que había comunidades enteras. “Pensaba que era el único loco al que le gustaba esto”, dice. No lo era.

El origen del impulso, dice Mirna, es distinto en cada persona. Ella lo trabajó en terapia. Su psicóloga de entonces encontró una conexión con querer imitar a su madre para ganar el amor de su padre. Su psicóloga actual discrepa. Cree que fue más por un lado creativo, por el gusto de experimentar. Claudia tiene clientes que recuerdan un acto escolar del 25 de mayo, la vestimenta de paisanita. Otro cuyo primer recuerdo fue que se hizo encima en el colegio y la maestra le puso una bombacha porque no había calzoncillos de repuesto. Mirna recuerda el maquillaje de Kiss. Se talcaba la cara, se pintaba la boca de rojo y los ojos de celeste. Un día sacó el talco y quedó el maquillaje solo.

La comunidad: reuniones en un bar de Caballito y el algoritmo que los delata

Las reuniones mensuales no las organizó Mirna. Las organizó Claudia, y fue Mirna la que tardó en animarse a ir. El argumento que la frenaba era el de siempre: ¿y si cuando entro hay un conocido mío? Claudia le respondió con una pregunta “¿No se te ocurrió pensar que si es un conocido tuyo está ahí por lo mismo que vos?“, le dijo.

Las reuniones empezaron en la casa de Claudia. Hubo una época en que se anotaban veinte y venían tres. Otra en que avisaban cinco y aparecían quince. Claudia compraba la comida, se le explotaba la cabeza, mandaba a su pareja de turno a buscar gaseosas. Eventualmente se cansó de organizar y el grupo tomó autonomía.

Mirna navega con Firefox cuando es Mirna y con Edge cuando no lo es. “No se cruzan las cookies”, explica. Pero Instagram igual le sugiere amistades que no debería conocer.

Mirna tiene perfil en redes como Mirna Lady Rouge. Busca mujeres, le interesan las mujeres. Su pareja actual la encontró así. Vio una foto, rubia, recostada en un sillón en el local de Claudia, y le puso like. Estuvieron un mes hablando. La primera pregunta que ella le hizo fue: “¿A vos te gustan los hombres?”. Mirna le explicó.

Lo que se aprende estando del otro lado

Claudia tiene el teléfono publicado en su sitio web. Recibe fotos de genitales a cualquier hora. “Ya le tengo asco”, dice. Mirna también las recibe en sus redes. Árabes, hindúes, tailandeses que encuentran la foto pública y escriben.

Hay una escena que Claudia cuenta con precisión. Estaba en un shopping con su pareja, en el patio de comidas. Su vista se fue hacia una mesa donde alguien se escondía detrás de un vaso de Coca-Cola gigante. Tardó un momento en ubicarlo. Era un cliente, rodeado de su familia. Le dijo a su pareja: “Agarremos nuestras cosas y nos vamos”. Su pareja preguntó por qué. “Hay un cliente allá que no lo quiero hacer pasar un mal momento”.

Ese es el pacto implícito. Claudia lo formula de manera directa. “Si vos no me saludás, yo paso de largo”. Lo ha hecho muchas veces. Reconoce la cara, duda un segundo, sigue caminando.

“Yo vivo recibiendo mensajes en mis redes. Hola, mami. Y yo estoy casado con una mujer, me encantan las mujeres, un tipo no lo toco ni con un palito”, explica. Habitar ese lado, dice, te da una perspectiva que de otro modo no tenés. “La mirada del hombre sobre la mujer. Lo que asume que puede hacer o decir o mandar”, sostiene Mirna.

Buenos Aires, el interior y los límites de la libertad

Mirna sale de noche montada desde su casa. Tiene portón eléctrico. Saca el auto y se va. No tiene interés en que los vecinos la vean, aunque tampoco le genera angustia. “Tengo muchos años en esto”, dice. Ha caminado por Corrientes a las nueve de la noche con una amiga. Han ido a un teatro y a comer pizza. “No pasa nada - dice-. Cinco o diez segundos cuando entrás a un lugar. Después la gente sigue en lo suyo”.

Pero eso es Buenos Aires. Mirna recibe mensajes de crossdressers de Venado Tuerto que no pueden asomar la nariz a la calle. “Ya sabe que sacó la nariz y es Carlos”, dice. En algunas provincias del norte, agrega, te pueden pegar.

El 90% de los clientes de Claudia, dice, no tiene a nadie más que sepa. La única persona que lo sabe es ella, porque no le queda alternativa. Hay un cliente que se jubiló hace poco y ya no puede venir porque perdió la excusa para salir. “Este era mi cable a tierra”, le dijo. El local. Las dos horas. La sonrisa frente al espejo con la boca pintada de rojo y la peluca rubia.

El sitio web lo diseñó con palabras clave específicas. Si alguien buscaba “travestis”, no aparecía. Si buscaba “hombre que se viste de mujer”, sí. El filtro era la búsqueda misma. “Si llegó hasta acá es porque le gusta todo esto”. Y Mirna asiente mientras se corre el pelo hacia atrás y se acomoda la minifalda.

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD

Últimas Noticias

“Fui ciega una semana por lo emocional”: Karina Hernández y la experiencia de ser la hija oyente de padres sordos

Desde la casa de sus padres, repasa los códigos de una infancia sin filtros, la vivencia de perder la vista por un shock emocional a los siete años y la huella de una crianza tan genuina como desafiante

“Fui ciega una semana por lo emocional”: Karina Hernández y la experiencia de ser la hija oyente de padres sordos

Edadismo en Argentina: las claves sobre el poder, el lenguaje y las trabas en bancos, seguros y beneficios

El envejecimiento de la población abrió un desafío que todavía no encuentra respuestas. En Rosario, personas mayores reclamaron mayor representación y participación en las decisiones que afectan su vida cotidiana, mientras especialistas advirtieron sobre la falta de preparación del Estado y de la sociedad para acompañar una etapa que cada vez abarca más años

Edadismo en Argentina: las claves sobre el poder, el lenguaje y las trabas en bancos, seguros y beneficios

El desgarrador relato de la mamá del nene que murió tras ser atacado por un pitbull: “Lo que yo vi es tremendo”

“Los perros me lo estaban comiendo”, contó. La familia de Salvador exigió justicia por el niño. “El dueño tiene que pagar por esto”, reclamó la mamá horas antes de que el hombre fuera imputado por homicidio culposo

El desgarrador relato de la mamá del nene que murió tras ser atacado por un pitbull: “Lo que yo vi es tremendo”

Juicio por Loan: declaran la ex responsable del sistema federal de búsqueda y el vecino que filmó las primeras huellas

También fueron citados Cinthia Andrea Grimaldi, la médica que atendió a María Victoria Caillava al día siguiente del hecho, y Martín Leonardo De Cristóbal, comisario mayor de la Policía Federal

Juicio por Loan: declaran la ex responsable del sistema federal de búsqueda y el vecino que filmó las primeras huellas

“Pacto de silencio institucional”: detuvieron a 16 policías por la desaparición de un joven hace 18 años en Misiones

Se los acusa de haber utilizado una comisaría para mantener clandestinamente cautivo a Mario Fabián Golemba y desplegar luego distintas maniobras para ocultar qué ocurrió con él. Hay otro sospechoso prófugo

“Pacto de silencio institucional”: detuvieron a 16 policías por la desaparición de un joven hace 18 años en Misiones