Hace apenas unos años, Romina López no imaginaba que algún día estaría al frente de uno de los bares más reconocidos del mundo. Su vida transcurría íntegramente en el barrio Padre Mugica, donde trabajaba trasladando chicos a la escuela. Hoy es encargada de Tres Monos, elegido como el mejor bar de Sudamérica y ubicado en el décimo puesto del ranking The World’s 50 Best Bars 2025.
Entre un punto y otro hubo una decisión que cambió su recorrido: anotarse en La Escuelita, un proyecto de formación gastronómica que desde 2021 ya capacitó a cientos de vecinos y abrió nuevas oportunidades laborales dentro y fuera del barrio.
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La historia de Romina fue uno de los ejes de la charla que compartió junto a Sebastián Atienza, cofundador de Tres Monos, en Infobae a la Tarde. Allí repasaron cómo una iniciativa que nació con fines educativos terminó convirtiéndose en una herramienta concreta de inclusión social, con más de 800 inscriptos, alrededor de 150 egresados y 56 personas incorporadas al mercado laboral.

La idea de crear una escuela, en realidad, es anterior al desembarco en el barrio 31. Atienza recordó que, cuando Tres Monos abrió sus puertas en 2019, el equipo ya imaginaba un espacio para compartir conocimientos. Durante la pandemia, ese proyecto continuó de manera virtual y permitió sostener parte de la actividad del bar. El verdadero punto de partida llegó dos años después, cuando referentes del Centro de Desarrollo Emprendedor y Laboral (CDEL) del barrio los convocaron para brindar capacitaciones.
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“Fuimos a investigar un poco y empecé a dar cursos ahí. Había talleres para diez personas y se anotaban 120 o 150. Ahí entendimos que existía un interés enorme y decidimos arrancar”, recordó.
Lo que comenzó con clases de coctelería fue creciendo hasta sumar cursos de cocina, barismo y otras disciplinas vinculadas a la gastronomía. Pero el objetivo nunca fue solamente enseñar un oficio. La propuesta buscó generar un puente entre el talento que ya existía en el barrio y un mercado laboral que muchas veces resulta lejano.
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“El barrio tiene una identidad gastronómica muy fuerte por la influencia de las comunidades boliviana, paraguaya, peruana y también del interior de la Argentina. Nosotros no fuimos a enseñar gastronomía desde cero; fuimos a profesionalizar un talento que ya estaba”, explicó Atienza.
Romina llegó a uno de esos cursos sin imaginar que terminaría construyendo una carrera dentro del rubro. “Buscaba una salida laboral, pero también hacer algo distinto. Nunca pensé que iba a trabajar en gastronomía; simplemente aproveché la oportunidad cuando apareció”, recordó.
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El cambio fue mucho más profundo que conseguir un empleo. También implicó salir, por primera vez, de un universo que hasta entonces parecía tener límites muy definidos. “Mi mundo era el barrio. Con el curso empecé a conocer otra forma de trabajar y otras oportunidades. Me di cuenta de que tenía la actitud para crecer”, resumió.
Ese proceso, explicó Atienza, suele ser el desafío más importante para quienes atraviesan La Escuelita. Aprender técnicas de cocina o de coctelería es apenas una parte del camino. “Lo más difícil no es hacer un trago o cocinar, sino adaptarse a un ambiente laboral distinto, sentirse parte y entender que pueden desarrollarse en cualquier lugar. Por eso prestamos mucha atención a la actitud y al contexto de cada alumno”.
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Los resultados empezaron a verse rápidamente. Algunos egresados encontraron trabajo en bares y restaurantes porteños; otros eligieron emprender dentro del propio barrio y abrieron cafeterías, bares o locales gastronómicos. Romina siguió otro recorrido: ingresó como camarera, fue asumiendo nuevas responsabilidades y hoy está a cargo del funcionamiento diario del bar. En ese camino también representó a Tres Monos en eventos realizados en Chile y Panamá, experiencias que hasta hace unos años ni siquiera imaginaba posibles.
“No soy bartender, pero colaboro en la barra, hago la apertura del bar y aprendí que en gastronomía hay que saber hacer un poco de todo. También entendí el valor del trabajo en equipo y de acompañar a mis compañeros desde el lugar que me toca”, contó.
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Para ella, el mayor aprendizaje no estuvo únicamente en las herramientas técnicas. La experiencia también le permitió dejar atrás inseguridades que muchas veces aparecen al salir del barrio para trabajar en otros ámbitos. “A veces uno mismo se pone límites. Estos cursos me ayudaron a perder ese miedo y a entender que había muchas más posibilidades de las que imaginaba”.
La demanda por ingresar a La Escuelita sigue creciendo y, según Atienza, en cada convocatoria reciben muchos más interesados que vacantes disponibles. El objetivo ahora es replicar el modelo en otros barrios populares, aunque reconoce que construir el mismo vínculo de confianza lleva tiempo.
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Mientras tanto, el proyecto continúa sumando historias como la de Romina. “Hoy hay muchas oportunidades para capacitarse, no solo en gastronomía. Hay cursos de informática, deportes y distintos oficios. Hay que aprovecharlas porque la educación te abre la cabeza y te muestra que existe otro mundo”, afirmó.
Atienza cree que allí reside el verdadero impacto de la iniciativa. Más allá de las cifras de egresados o de los puestos de trabajo conseguidos, destaca que muchos jóvenes atravesaron experiencias que antes parecían inalcanzables. “Hoy hay chicos que sacaron el pasaporte por primera vez, viajaron al exterior, conocieron otras culturas y representaron nuestro trabajo en distintos países. Descubrieron que el mundo no termina en el barrio y que pueden construir una vida diferente”.
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La Escuelita nació para enseñar gastronomía, pero con el paso del tiempo terminó demostrando que un oficio también puede ser una puerta de entrada a otros horizontes. En el caso de Romina, esa puerta la llevó desde el barrio 31 hasta uno de los mejores bares del planeta. Y, detrás de esa historia, ya hay decenas de recorridos que empezaron a escribirse de la misma manera.
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