
—¿Qué siente ante la destrucción de sus obras? —le preguntó un periodista francés a Pablo Picasso.
—Eso no es una noticia, sería noticia si quemaran el Prado —respondió el pintor malagueño con un dejo de ironía.
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Corría noviembre de 1971 y Picasso continuaba viviendo en el exilio a pesar de que, por más de una vía, la dictadura que gobernaba en España le había hecho saber que podía regresar cuando quisiera. No solo eso, en los últimos años lo había distinguido como “español universal”, nombrado académico de honor de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, expedido un sello oficial con su imagen y convocado a un certamen de arte juvenil en su nombre. Aún así, el pintor seguía sin poner un pie sobre su tierra natal, fiel a su promesa de no regresar hasta que el dictador Francisco Franco estuviera muerto y enterrado. No quería que la dictadura se lavara la cara haciendo uso de su figura.
Eso no impidió que se realizaran una serie de actividades oficiales en homenaje a sus 90 años, cumplidos el 25 de octubre del 71. “Pretendieron apropiarse de la idea del artista para dar una mejor imagen de España en el exterior. Era un poco absurda la situación: en los años 60, Picasso ya estaba reconocido como el mejor artista occidental, pero en España apenas se le conocía”, explica la historiadora del arte Nadia Hernández Henche, autora de Picasso en el punto de mira, un libro donde analiza los ataques violentos de la extrema derecha contra el pintor.
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Ni lerdo ni perezoso, el artista también aprovechó la ocasión: seguiría sin volver a España, pero permitió que se realizaran exposiciones con algunas de sus obras, la más importante de ellas en la Galería Theo de Madrid. Precisamente a lo ocurrido con los grabados que se iban a exhibir en esa muestra se refería el periodista francés con la pregunta a la que Picasso respondió haciendo gala de un inesperado sentido del humor.

Un ataque relámpago
La Galería Theo era para 1971 una de las más importantes y modernas de Madrid. Inaugurada cinco años antes por Elvira González y su marido, Fernando Mignoni, se destacaba por organizar muestras de pintores modernos, casi desconocidos para el censurado y opaco panorama cultural permitido por el franquismo.
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Desde ese lugar de vanguardia, González y Mignoni se propusieron conseguir obras de la “Suite Vollard” para hacer su muestra conmemorativa de los 90 años de Picasso. Se trataba de una serie de 303 grabados producidos por el pintor malagueño entre 1930 y 1937 por encargo del marchante y coleccionista de arte Ambroise Vollard. Como pago por ellas, Vollard le entregó a Picasso obras de Pierre-Auguste Renoir y Paul Cézanne. Luego de la muerte del marchand, en 1939, el conjunto de grabados se fue disgregando en diferentes colecciones distribuidas por Europa y los Estados Unidos.
Para su exposición, González y Mignoni consiguieron a préstamo 27 obras de la serie, pero el público madrileño no llegó a verlas. La tarde del viernes 5 de noviembre, a las 17.10, cuando la galería abrió sus puertas para la fiesta de inauguración, una solitaria empleada de nombre Ana Escardó y el primer visitante en llegar fueron sorprendidos por seis hombres vestidos de idéntica manera, con camisas azules, boinas y anteojos oscuros del mismo color, que irrumpieron en la galería, amenazaron a la mujer con navajas al grito de “¡Cerda marxista!” y apalearon al hombre por el solo hecho de estar ahí.
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El grupo actuó con un claro conocimiento del lugar. Mientras uno de sus integrantes mantenía amenazados a la empleada y el visitante, los otros cinco se repartieron por la galería y fueron arrojando pintura roja y ácido sobre las obras del artista malagueño que ya estaban colgadas de las paredes. Como si eso fuera poco, las golpearon con mazas y las rajaron a navajazos. La acción transcurrió en apenas cinco minutos. Cuando los atacantes se retiraron, 25 obras habían quedado destruidas, otras dos habían desaparecido y en una de las paredes se veía una pintada que identificaba a los autores del atentado como “Comando de lucha antimarxista”. La Guardia Civil demoró en aparecer por el lugar, solo para contemplar del desastre.

Violentos e ignorantes
La elección de la Galería Theo como objetivo de uno de los atentados para repudiar la celebración del cumpleaños de Picasso no solo se debió a la importancia de la muestra sino a la confusión por ignorancia de Blas Piñar, uno de los ideólogos del accionar de los “Guerrilleros de Cristo”, quien presuntamente había ordenado el ataque.
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Piñar, creador del partido de ultraderecha Fuerza Nueva, confundió a las obras de la “Suite Vollard” —que no tenían ninguna connotación de tipo político— con unas viñetas que Picasso había creado en 1937 para acompañar a su “Guernica” en el pabellón español de la Exposición de Paris. La serie en cuestión se llamaba “Sueño y mentira de Franco” y mostraba al Generalísimo en situaciones que lo ponían en ridículo. En una de las viñetas, por ejemplo, Picasso lo había dibujado manteniendo relaciones sexuales con una cerda. “Los ataques parten de un error. Cuando Piñar se entera de que se exponen los grabados de la ‘Suite Vollard’ en la galería Theo, cree que son los mismos dibujos de ‘Sueño y mentira de Franco”, confirma la historiadora de arte Nadia Hernández Henche.
Blas Piñar jamás reconoció siquiera la falta de conocimiento de la obra de Picasso. Incluso en sus Memorias, escritas al final de su vida, cuarenta años después del atentado, siguió sosteniendo que las obras destruidas eran de “Sueño y mentira de Franco”.
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El ataque y robo de los grabados en la Galería Theo fue el pico más alto de la ola de atentados de ultraderecha desatada en repudio por la celebración de los 90 años de Pablo Picasso.
En la capital española, grupos comando destruyeron vidrieras, libros y mostradores, manchados con pintura roja, en librerías que habían organizado actividades alrededor de la figura del pintor malagueño. Mientras tanto en Barcelona otros grupos atacaron con bombas molotov a la galería de arte Taller de Picasso, lo que provocó un incendio que destruyó las instalaciones y las obras que estaban expuestas. Dos noches después también lanzaron bombas incendiarias contra la librería Cinc d’Oros, en cuyos escaparates se exhibían libros sobre el pintor.
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Los dueños de la Galería Theo no sólo quedaron desolados por la destrucción y el robo de las obras, sino porque el seguro que habían contratado se negó a pagarlas con el argumento de que la cobertura no incluía los atentados de tipo político. “Nos dolió. Esa cerrazón… fue muy duro. Pero hubo también una reacción positiva en el sector, que se solidarizó con nosotros. Sufrí mucho, pero eso no nos quitó valor para seguir. Y el seguro no pagó, porque había una cláusula en la póliza que excluía los motivos políticos, y aquel atentado los tenía. Pagué yo, porque si no nunca más habría podido trabajar con nadie de fuera. Fue un golpe económico además de moral”, recordó Elvira González más de cuarenta años después en una entrevista que concedió a Vanity Fair.

Un escándalo mundial
La destrucción de los grabados de la “Suite Vollard” no sólo causó conmoción en España, sino que ocupó las primeras planas de los diarios del resto de los países europeos. Al día siguiente era un escándalo de nivel internacional, que obligó a la dictadura a reaccionar. Por la manera en que había sido perpetrado el atentado se sospechaba que el grupo atacante había actuado con anuencia policial, en una especie de “zona liberada”. Las sospechas aumentaron cuando se supo que la Guardia Civil había demorado en llegar y que no había tomado más que testimonios superficiales, sin recoger pruebas en la escena del crimen.
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Contra su propia voluntad, las autoridades franquistas debieron actuar. Su celeridad para resolver el caso y detener a los culpables hizo crecer aún más la desconfianza: estaba claro que los funcionarios del franquismo sabían quiénes eran desde un principio. Menos de 48 horas después del ataque, la Guardia Civil detuvo a los ocho responsables: los seis que habían entrado a la galería y los dos conductores de los vehículos que se usaron en la operación.
Los Guerrilleros de Cristo Rey se adjudicaron la ola de atentados contra los homenajes y las obras del gran artista malagueño con una proclama en la que dieron sus motivos: “Picasso, marxista, militante del Partido Comunista español, antipatriota proxeneta, homosexual, pornógrafo e hijo ilegítimo (...) si es necesario otro 18 de julio (de 1936, fecha del levantamiento de Franco contra la República) para salvar a España estamos dispuestos a ello con todas sus consecuencias, luchando contra los enemigos del interior y exterior, y muy principalmente contra los traidores que al igual que las prostitutas coquetean con el enemigo para poder salvar la carroña y ponzoña en que se han metido”, decían entre otra rastra de barbaridades.
Por esos días, cuando lo consultaron sobre los atentados y las acusaciones de “comunista” de los Guerrilleros de Cristo contra Picasso, su colega Salvador Dalí también hizo uso de un agudo sentido del humor para responder: “Picasso es comunista. Yo tampoco”, dijo.
Pasarían años antes de que los dos grabados robados de la Galería Theo fueran recuperados. Los guardaban celosamente en sus colecciones privadas dos importantes dirigentes franquistas que, evidentemente, con respecto a Picasso no tenían problema en utilizar una doble vara: podían odiarlo y maldecirlo en público, pero sabían del valor comercial y artístico que tenían las obras de su archienemigo.
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