Hay personas que llegan al Delta buscando descanso. Otras, un fin de semana distinto. Y están quienes, empujados por una mezcla de necesidad, intuición y deseo de libertad, terminan reinventando por completo su forma de vivir. La historia de Aníbal Guiser pertenece a esa última categoría.
Actor, guionista, director, navegante y “soñador profesional”, Aníbal no imaginó nunca convertirse en desarrollador inmobiliario. Mucho menos en el creador de del primer ecovecindario diseñado específicamente para casas flotantes.
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Sin embargo, una apuesta artística fallida y la crisis económica devastadora del 2001 terminaron llevándolo hacia un proyecto de vida radical: vivir sobre el agua, rodeado de naturaleza, en pleno humedal del río Luján.
“Todo navegante sueña con vivir al lado del barco o en el barco”, admitió Aníbal en diálogo con Infobae en alusión a esa idea que venía rondando en su cabeza desde hacía décadas mientras vivía en un departamento del barrio porteño de Agronomía y se ganaba la vida desarrollando proyectos artísticos y documentales.
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Uno de ellos, llamado "Viaje sin fin, Camino de las culturas", lo llevó a recorrer distintos países buscando historias y comunidades. Ese trabajo derivó en una oportunidad gigantesca: el Smithsonian Institution, en Estados Unidos, le propuso realizar una investigación documental sobre comunidades latinas radicadas en Norteamérica.
Aníbal apostó todo. Hipotecó su casa, pidió préstamos, armó equipos de trabajo y avanzó durante meses en la preproducción del proyecto. Pero el financiamiento nunca llegó. El acuerdo se cayó en medio de internas dentro del museo estadounidense y él quedó atrapado en una deuda enorme cuando ya el gobierno de Fernando de la Rúa llegaba a su fin.
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“Fue una debacle. Me encontré con una deuda imposible de sostener”, recordó. La salida parecía inevitable: vender la casa antes de que terminara rematada. Pero en vez de resignarse a una vida más pequeña y gris, tomó una decisión inesperada. “Dije: ‘Perdido por perdido, en vez de irme al monoambiente del artista caído en desgracia, me voy a vivir al Delta con mi barco’, que era lo que siempre quise”, relató.
La idea inicial era instalarse directamente en una isla. Pero apareció otro problema: su hija. Aunque ya era adolescente, Aníbal no quería aislarse por completo ni depender exclusivamente de una lancha para verla. “Buscaba un rincón donde pudiera convivir el río, la naturaleza y la posibilidad de llegar en auto”, contó en alusión a su VW Escarabajo modelo ‘58.
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Durante más de un año y medio recorrió la costa del río desde Olivos hasta Campana. Visitó terrenos, humedales y pequeñas orillas ocultas a las que pudiera acceder en auto y que estuvieran en contacto directo con el agua.
Hasta que un día llegó a un rincón tranquilo en Ingeniero Maschwitz, cerca de Dique Luján, y sintió inmediatamente que ese era el lugar. “Tenía el Delta típico, pero también un campo abierto hacia el poniente con unas puestas de sol increíbles. Dije: ‘Es acá’”.
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Lo que más lo enamoró del lugar fue la combinación de dos paisajes muy distintos en un mismo predio: por un lado, el entorno típico del Delta, con vegetación ribereña y acceso náutico; y por otro, un campo abierto orientado hacia el poniente, con amplias vistas y puestas de sol.
Así es el predio de 6 hectáreas que compró Aníbal en el Dique Luján, que tiene salida al río, para construir su casa flotante
Aníbal tardó un año entero en convencer al dueño de que le vendiera el terreno. Y cuando finalmente aceptó, a fines de 2006, apareció el golpe inesperado: quería el doble de dinero del acordado originalmente.
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Desesperado, acudió a un viejo amigo. “Los dos pusimos todos nuestros ahorros y compramos las 6 hectáreas. Tiempo después, al recorrerlas a pie, nos dimos cuenta que casi todo era un pantano inhabitable”, se sorprendió.
Si bien la franja visible junto al río parecía firme y parquizada, con enormes eucaliptos de más de 40 metros de altura, el resto era un humedal inundado con cortaderas donde prácticamente no se podía caminar porque el suelo cedía bajo los pies.
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El campo tenía, además, otra particularidad clave: estaba más bajo que la línea de la costa del río. Eso hacía que, cada vez que el río Luján crecía y desbordaba, el agua ingresara al humedal y quedara atrapada allí, formando lagunas permanentes. “Esa condición natural fue justamente la que inspiró la idea de construir una casa flotante”, recordó Aníbal.

La aventura de construir una casa flotante
Cuando Aníbal arrancó con su proyecto, a principios de 2006, no existía ningún modelo parecido en Argentina: ni arquitectos especializados, ni manuales, ni referencias concretas. Y para llevar a cabo la construcción necesitaba mucha plata. No solo para levantar la casa sino también para mover la tierra, trazar caminos, abrir canales y llevar la electricidad.
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Fue así, como sin quererlo, se transformó en un desarrollador inmobiliario “a pulmón”. Su estrategia comercial fue casi artesanal. Publicaba pequeños avisos en revistas ecológicas y organizaba expediciones por el terreno. “Era literalmente un safari. Hacía caminar a la gente por el pantano y le contaba ‘acá va a haber una isla, acá un canal y acá una casa flotante’. Muchos me escuchaban incrédulos pero otros creyeron en mí y compraron su terreno”, señaló. Con ese dinero, pudo comenzar la obra. Su propia casa fue el primer experimento.
Pequeña, austera y construida como “conejillo de Indias”, la vivienda de Aníbal tiene apenas 52 metros cuadrados cubiertos. Pero cada rincón fue pensado como parte de un ensayo arquitectónico y ecológico.

La planta baja integra living, comedor y cocina en un solo ambiente, con enormes ventanas al ras del agua. Hay además un baño amplio y un cuarto técnico donde funcionan bombas, termotanque y sistemas sanitarios.
En la planta alta se encuentra el dormitorio principal y una terraza deck con pérgola desde donde se observa el canal y las puestas de sol sobre el humedal.
La inspiración estética llegó desde el propio Delta. “No quería hacer una caja de vidrio moderna. Quería algo con identidad del río”, describió Aníbal. Por eso tomó como referencia las chatas madereras paraguayas que navegan históricamente el Paraná: estructuras largas, simples y funcionales, con una especie de puente de mando elevado.
Pero la verdadera innovación estaba debajo. “El gran desafío era definir sobre qué iba a flotar la casa. Después de múltiples investigaciones, con los arquitectos elegimos utilizar flotadores de ferrocemento: una técnica más liviana y flexible que el hormigón tradicional, utilizada históricamente en embarcaciones”, detalló. “El problema de las casas flotantes es el mantenimiento. Si tenés que sacarlas del agua cada cinco años, es inviable”, agregó.
Así es por dentro la casa flotante de Aníbal. Tiene living, cocina, baño, dormitorio y deck con pérgola
El ferrocemento resolvía ese problema, aunque no sin dificultades. El primer flotador de la casa de Aníbal se deformó por completo durante una crecida y todavía hoy presenta filtraciones. “Sigue entrando agua y cada tanto tengo que usar una bomba de achique. Fui el ‘conejillo de indias’ absoluto”, reconoció. Sin embargo, trece años después, la estructura continúa funcionando. Y casi sin mantenimiento.
Pero quizás el aspecto más sorprendente del proyecto sea el sistema de agua, que se extrae directamente de un canal interno del río Luján que, según los análisis encargados por Aníbal, sigue siendo potable en esa zona alejada de focos contaminantes.
“La podés tomar”, aseguró Aníbal, quien junto a un grupo interdisciplinario integrado por bioquímicos, especialistas en electrónica y tratamiento de efluentes desarrolló sistemas de biodigestión anaeróbica y monitoreo permanente para garantizar la calidad del agua y minimizar el impacto ambiental.
En cuanto a la calefacción de su casa, Aníbal contó que con el tiempo fue incorporando conceptos de bioarquitectura y climatización pasiva: “En verano, el calor se aplaca con el techo verde ultraliviano y aprovechando la ventilación cruzada con la cercanía del río”.

Además, la presencia permanente del agua y la vegetación ayuda a moderar naturalmente la temperatura. “En invierno, al no contar con conexión de gas, la calefacción es con salamandras y leñas”, explicó.
Aníbal también aseguró que cuando soplan temporales fuertes, la casa apenas se balancea. “Con vientos de 140 kilómetros por hora sentís un leve movimiento, pero nada más. No se caen ni los vasos”, dijo en alusión a que su casa está bien resguardada por la vegetación.
El primer ecovecindario flotante del país
El predio que compró Aníbal terminó organizándose en 35 parcelas, aunque no todas tienen casas construidas. Actualmente hay alrededor de 20 viviendas terminadas, mientras que otros propietarios todavía conservan los lotes o construyeron únicamente pequeñas casas de apoyo en tierra.
“Una de las principales diferencias con barrios privados náuticos tradicionales es la filosofía ambiental del proyecto. Mientras muchos desarrollos inmobiliarios del norte bonaerense rellenaron humedales para elevar el terreno y urbanizarlo, este ecovecindario busca adaptarse a la dinámica natural del agua”, explicó Aníbal.
En lugar de tapar lagunas o modificar agresivamente el ecosistema, el proyecto aprovechó el humedal existente para crear canales navegables y viviendas flotantes que acompañan las crecidas del río. “Además, las casas fueron diseñadas con grandes distancias entre sí -algunas de más de treinta metros- para conservar privacidad y sensación de naturaleza abierta. No se buscó densidad urbana ni estética de country tradicional”, afirmó Aníbal, quien en 2013 logró cumplir su sueño de inaugurar el vecindario econáutico Hipocampo.
Se trata de una comunidad inspirada en la permacultura, la ecología y la convivencia armónica con el entorno natural. También es un espacio de vínculos humanos. Los vecinos se reúnen a comer junto al río, comparten guitarras y canciones, trabajan juntos y se ayudan mutuamente.
Aníbal suele decir que el ecovecindario “es un lugar de realización de sueños”. Cree que quienes llegan allí lo hacen trayendo deseos pendientes, búsquedas profundas o fantasías nunca concretadas. Y siente que su misión consiste en ayudarlos a convertir esas ideas en realidad.
Porque detrás de las casas flotantes, los canales y las tecnologías ecológicas, lo que verdaderamente construyó Aníbal fue una filosofía de vida. Una forma de reconciliarse con la naturaleza sin renunciar al confort ni a la comunidad.
Y así, lo que empezó como el sueño individual de un aficionado a la náutica se convirtió en una experiencia colectiva donde decenas de personas imaginan un futuro distinto, más amigable con la naturaleza y el medio ambiente.
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