
En la Antártida, donde el silencio se impone con el peso del hielo eterno y el viento corta como navaja, una bandera azul y blanca comenzó a flamear por primera vez el 22 de febrero de 1904. Orgulloso, Hugo Alberto Acuña, el joven de 18 años que la izó, la miraba con los ojos humedecidos y la nariz colorada.
Había nacido en Buenos Aires, el 26 de mayo de 1885, hace hoy 140 años. Sin imaginarlo, se convirtió en pionero de la historia argentina en el confín más austral del planeta. Su nombre quizá no figure en los libros escolares, pero su gesta marcó un antes y un después: fue el primer argentino en izar la bandera nacional en la Antártida y el primer cartero en el continente blanco.
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Con ese gesto, afirmó la soberanía argentina, dando inicio a la presencia científica y permanente en esa región. Aislado, sin grandes recursos ni preparación militar, Acuña enfrentó un año entero de frío extremo, soledad y temporales furiosos. Pero dejó una huella imborrable en la historia nacional.

La primera bandera en la Antártida
Hugo Acuña no provenía de una familia aristocrática ni militar. Era más bien un joven inquieto, curioso y trabajador, que muy poco tiempo atrás había ingresado como empleado de la División Ganadería del Ministerio de Agricultura. Por esos días, el Correo Argentino comenzó una búsqueda sin precedentes: querían a una persona dispuesta a establecer la primera estafeta postal en las lejanas islas Orcadas del Sur, y Acuña no lo dudó. Casi de inmediato aceptó el desafío.
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Su partida casi pasó desapercibida: subió a bordo del bergantín Scotia, el buque escocés de exploración comandado por William Speirs Bruce, acompañado por un alemán y un uruguayo, sin saber que su nombre quedaría grabado para siempre en la historia antártica. Lo esperaba un mundo desconocido, hostil; donde el sol se ausenta por meses y la soledad es una sombra que amenaza con quebrar hasta la voluntad más firme. Pero allí, estoico, Hugo pasó un año entre los hielos y vientos del extremo sur.

¿Por qué esa misión? El Gobierno argentino había decidido hacerse cargo de las instalaciones que Bruce y su equipo habían dejado en la isla Laurie, en el archipiélago de las Orcadas del Sur. Era una decisión estratégica: afirmar soberanía, continuar con las observaciones científicas y establecer una presencia nacional en esa remota latitud.
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Acuña permaneció allí durante ese año junto a otros cuatro compatriotas. Y, además de encargarse del correo, colaboró con tareas meteorológicas, sobrevivió a temperaturas de 40 grados bajo cero y escribió sus experiencias en un diario personal con una prolija aunque temblorosa caligrafía, como la de quien desafía al viento polar.
En una de sus libretas negras, dejó testimonio del histórico momento: “A pesar del frío, vestimos traje de paseo, como en Buenos Aires. Hay 5 grados bajo cero. La bandera asciende en el modesto mástil y comienza a flamear. Ya tenemos listo el pabellón azul y blanco. Ya estamos en nuestra propia casa”.
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De esa ceremonia fueron parte pocos asistentes, entre ellos, algunos tripulantes de la embarcación escocesa y las cinco personas que se convirtieron en la primera dotación permanente del flamante Observatorio Meteorológico y Magnético de las Orcadas del Sud: Hugo, empleado postal; el meteorólogo alemán Edgard. C. Szmula (que prestaba servicios desde hacía años en la oficina de Meteorología Argentina), el uruguayo Luciano H. Valette (miembro de la oficina de Zoología del Ministerio de Agricultura nacional), el escocés Robert C. Mossman (oficial del Scotia) y el cocinero escocés, William Smith.
También fue parte un corresponsal del diario La Prensa, que viajó en el Scotia para cubrir el acontecimiento, y que de regreso en Buenos Aires publicó la primera crónica, el 16 de junio de ese año.
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“Se arrió el pabellón inglés, izándose en su lugar el argentino. En seguida se procedió a la entrega formal de la isla y del Observatorio a la comisión argentina. Por la noche se festejó el acontecimiento brindando a la salud de los pueblos argentino e inglés. Luego hubo música, cantándose los himnos, inglés y argentino por las respectivas comisiones. Finalmente se brindó a la salud de los presentes y se cantó ‘Old land sing’ del poeta escocés Roble Burns”, escribió.

El año blanco
La cabaña donde vivieron, de apenas 14 metros cuadrados, estaba hecha de piedra, forrada en lona y con techo de tejas. Tenía dos ventanas pequeñas, una biblioteca chica, una cómoda, una mesa, cuatro banquitos y cinco camas colgantes estilo literas. Allí resistieron tormentas feroces. El mar, en ocasiones, se llevó las defensas de piedra de la casa.
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En su diario, Acuña —asumiendo que comenzaban a hacer historia— relató cada una de las experiencias que él y sus compañeros vivieron, una y otra vez.
Las fuertes tormentas eran corrientes en el lugar. “El 8 de marzo de 1904 el despertar fue un poco feliz. El mar, con olas gigantescas, violentas, deshizo una barranca de nieve que había contra la cabaña. El único bote estuvo a punto de perderse. El mar también se llevó la defensa de piedra que tenía la casa. Diez días después terminamos el nuevo parapeto, hecho con grandes piedras que acarreábamos desde la montaña. Muchas veces hubo que interrumpir el trabajo por nevadas y vientos”, escribió.
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Los fenómenos naturales no les dieron tregua y más de una vez sus vidas estuvieron en peligro. Así lo describió Acuña en sus notas: “El 4 de abril de 1904 volvió la furia del mar. Se llevó de nuevo la muralla. Por momentos, la cabaña quedaba cubierta por las olas. La temperatura había descendido. Estábamos enteramente mojados. Nuestra ropa pronto se cubrió con una espesa capa de hielo. La pared había quedado en pie, curiosamente, gracias a que las piedras están unidas por el hielo”.
Pese a los sustos constantes, a los que aprendió a hacerles frente, el entorno no dejaba de maravillarlo y sorprenderlo. “A nuestro alrededor se extiende un panorama maravilloso, imposible de describir. Sólo dos colores se distinguen: el azul del cielo, el blanco de la nieve. Un poco afuera de la bahía y en medio del hielo, vemos una gran mancha oscura. Es el agua del mar, que parece hervir; de su superficie se escapan densas columnas de vapor que se elevan en formas caprichosas”, relató el hombre que solía caminar entre los pingüinos.
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Entre esas vivencias que dejó escritas como testimonio contó cómo vivió él sus compañeros las temperaturas extremas. “Nuestros ojos tienen un círculo blanco. Pestañas y cejas desaparecen bajo una capa de hielo. El vapor de la respiración también se hiela. Las ventanas de la nariz están blancas. Pegamos la boca al abrigo”, describe y también dejó el recuerdo de la manera en que se vivió la fecha patria.
“El himno resuena en una mandolina que también tocará la marcha de Ituzaingó. Es la primera vez que se conmemora la fecha patria del 25 de Mayo debajo de los 60º de latitud S”.

Un legado modesto, una historia inmensa
Al regresar, en febrero de 1905, al territorio continental argentino, Acuña no buscó aplausos ni protagonismo. Siguió trabajando en el Estado, se casó con Zulema Ferreira. Nunca escribió memorias ni intentó capitalizar su gesta. Vivió con sencillez en el barrio de Florida, partido de Vicente López.
Murió el 13 de mayo de 1953, a los 67 años, víctima de un infarto de miocardio. Sus restos fueron trasladados a la ciudad de Bahía Blanca, donde descansan junto a los de su esposa.
En 1975, el Correo Argentino emitió un sello postal en su honor, junto a los pioneros australes José María Sobral, Luis Piedrabuena, Carlos Moyano y Francisco Pascasio Moreno. En Ushuaia, una escultura recuerda su gesto. Y cada 22 de febrero, en las bases argentinas de la Antártida, se rinde homenaje a aquella bandera que flameó por primera vez gracias a su mano firme.
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