
Las primeras tres estrofas del chamamé dicen: “Él gritó ‘¡tiren las armas!’, contestaron ‘¡ya tiramos!’, y retumbaron los tiros en aquel monte cerrado / Enmudecieron de asombro, los cedros y los lapachos, y escaparon los furtivos, traicioneros como el diablo / Un hombre quedó en la senda, un hombre quedó tirado, su sangre manchaba el suelo, que ya ven, no es rojo en vano”. El que gritó “tiren las armas” había sido Bernabé Méndez. Los que huyeron habían sido tres cazadores furtivos brasileños. La sangre del guardaparque se había escondido entre la tierra roja. Era el amanecer de un domingo de pascuas, el 14 de abril de 1968 en el Parque Nacional Iguazú, que junto al Parque Nacional Nahuel Huapi, había sido seleccionada como una de los primeras áreas protegidas en el país tras la sanción de la ley Nº 12.103 bajo la presidencia del general Agustín Justo, el 30 de septiembre de 1934.
Bernabé Méndez desempeñaba un patrullaje de rutina sobre el Alto Iguazú. La legislación le asigna al cuerpo de guardaparques, como función esencial, la tarea de control y vigilancia. Las recorridas de prevención del furtivismo en la búsqueda de huellas de cazadores en cada rincón de las 67 mil hectáreas del Parque Nacional se hacían -y se hacen- a pie. Había partido, acompañado por sus colegas Agustín Santos Sosa y Luis Miranda, desde Puerto Iguazú en un camión con un bote, con sus pertenencias, con un poco de comida, un día antes. Habían bajado en Cabureí a remo hasta el arroyo Santo Domingo. Era un remo con botadores: un guardaparque asignado al frente de la embarcación con un prominente palo que mide la profundidad del río en su nivel más bajo.
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Descubrieron, en esa operación de rastrillaje, un sobrado, un comedero, un señuelo casero de los cazadores furtivos. Son sitios de espera. Consiste en emplazar una botella invertida, cargada con agua salada, tapada por un corcho, “para que actúe como si fuera un suero”, dice Jacinto Vázquez, guía de turismo del Parque Nacional Iguazú, hermano menor de Bernabé. La sal invita a los animales a simpatizar por el área. Comen la tierra, purgan su aparato digestivo con el mismo alcaloide que contienen las hijas, se establecen. El engaño es inducir a la presa a construir un hábito alrededor de una posición específica, afín a sus viles intereses. Ellos, los cazadores, fabrican comodidad en las copas de los árboles para esperar su momento.
“Cuando el animal comienza a chasquear, ellos escuchan el ruido y lo ultiman”, instruye Jacinto. El cuerpo de guardaparques había encontrado el sobrado la noche anterior. Decidieron apostarse esa noche a la espera de los cazadores, amenaza de la conservación de la fauna del parque. A las seis de la mañana, oyeron el chasquido del remo en la inmensidad del domingo. “Yo vivo a quinientos metros del río Iguazú, y los escuchás: se escucha el chasquido cuando la calma y la paz envuelven al lugar”, aduce el guía.
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Bernabé y Agustín se adelantaron por el trillo para identificar las razones de ese ritmo cadencioso de remos. A metros del lugar, se encontraron con un cazador apostado detrás del escudo de un árbol. Bernabé le propinó una indicación en portugués: “Pare, abaixe a espingarda”. Intuía, por sus conocimientos en el campo, que eran cazadores y que eran brasileños. La orden era que bajara la escopeta y se entregara. El cazador aceptó. “Sí, voy a bajar”, le dijo. “Pero en ese lapso que se produce la comunicación con el brasileño, Agustín Sosa, que estaba detrás de Bernabé, sale y escucha un estampido de disparos”, relata Jacinto.
Las escopetas de los cazadores furtivos tenían, por aquellos años sesenta, plomo entre los perdigones. En la región, se lo llaman palenqueta. “Es costumbre que usen plomos para que sea más efectivo el daño contra los animales grandes, en especial el tapir que llega a pesar hasta 300 kilos a más”, informa el hermano de la víctima. Las balas de plomo atravesaron el cuerpo de Bernabé Méndez y los perdigones quedaron esparcidos en su pecho. Eran 33 huellas de balines incrustados. Sosa se replegó y repelió los disparos desde un costado del camino. Miranda, rezagado, veinte metros detrás, acodado en el sobrado, ignoraba lo que pasaba enfrente. La sangre que emanaba del cuerpo del guardaparque fusilado manchaba el suelo que no es rojo en vano, como reza el poema del tercer verso del chamamé Compadre Bernabé Méndez, escrito e interpretado por Juan Carlos Chebez, célebre naturalista y conservacionista argentino, también escritor, orador, poeta, difusor, ambientalista desde los trece años, fallecido en 2011 cuando no había cumplido medio siglo de vida.
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Sosa y Miranda tomaron a su compañero y lo llevaron de nuevo al bote. La muerte no tardó en presentarse. A las ocho y cuarto de la mañana, habían llegado al desembarco del floating de las cataratas. El herido ya era un cuerpo inerte. Caminaron 700 metros hasta el Hotel Cataratas, donde emitieron una llamada con las oficinas del Parque Nacional para comunicar el caso y anunciar el deceso de Méndez, el primer y único guardaparques asesinado en el cumplimiento de sus funciones en la historia argentina y americana.
En el país hay 39 áreas protegidas y más de 550 guardaparques asignados a la conservación de la biodiversidad
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Bernabé Méndez tenía 32 años. Había nacido en San Ignacio, provincia de Misiones, el 10 de junio de 1934, el mismo año en que se decretó el Día Nacional del Guardaparque, una fecha creada por la ex Dirección de Parques Nacionales, actual Administración de Parques Nacionales, y que se celebra cada 9 de octubre, a efectos de la promulgación de la ley. Era el tercero de tres hermanos: Luis Beltrán y Domingo Cantaleano, guardaparques baqueanos que ingresaron a la fuerza tras la muerte de Bernabé, Isabel Cantaleano, hoy en Puerto Libertad, y Ramón Jacinto, afincado en Puerto Iguazú.
En 1966, había ingresado al cuerpo informal de guardaparques, que tiene su antecedente de formación en la Escuela de Viveristas y de Capacitación para Guardaparques de la Isla Victoria, hacia 1938. Tuvieron que pasar 29 años para que se creara oficialmente la Escuela de Guardaparques, primera en su género en América Latina. Fue en 1967, un año después de que se despertará su vocación y un año antes de su fatídica muerte en el Alto Iguazú. Lo mataron por intentar preservar un área protegida: el primer funcionario público caído en defensa del patrimonio natural de la Argentina. El cazador furtivo brasileño dejó viuda a Blanca Cáceres y sin padre a Margarita y Blanca Graciela, de cinco y un año respectivamente.
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Su historia se hizo cruz y tumba en la selva del Alto Iguazú, se hizo chamamé por Juan Carlos Chebez, se hizo copla por Julio Rolón y su canción Guardián protector, se hizo poema por su colega guardaparque Alfonso Risiuto (“fue un solo estampido / pero el eco se esparció por la selva / como un tropel de tapires / llevando la angustia de la despedida”), se hizo documental con el corto titulado Bernabé, una vida ofrendada al monte, se hizo calle en Puerto Iguazú, se hizo salto en las mismísimas Cataratas “por haber defendido la fauna de nuestro país con valor, dedicación y entrega de aquellos que buscan usarla para su comercialización ilegal”, se hizo Centro de Instrucción de Guardaparques “Bernabé Méndez”, que tuvo su primera sede en el Hotel Futalaufquen.

Alguna vez, Héctor Sosa, hermano de Agustín, escuchó en una reunión informal de trabajadores de taxis y remises en una parada aleatoria y turística de las Cataratas de Iguazú, cómo un chofer brasileño presumía ser el hijo del cazador que mató al guardaparque argentino. Héctor se lo contó a Jacinto. Le confesó, también, que ese comentario le engendró un sentimiento de repulsión: en vez de seguir escuchando, en vez de confrontarlo, debió retirarse del lugar.
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Alguna vez, a Jacinto, un policía de apellido García que ya está muerto le comentó que conocía a quien había matado a su hermano. Le dijo que si él quería podía enseñárselo. Jacinto, en su relato memorioso, usa ese verbo -“enseñar”-, lo que disimula un grado de docilidad o de indefensión. El hombre, un brasileño, usaba bastón y caminaba con dificultad. La patrulla de guardaparques que había llegado al sobrado para tomar pericias del crimen había descubierto restos de sangre en el raid de huída del agresor. Agustín Sosa había logrado, finalmente, herirlo. Jacinto, aconsejado por sus otros hermanos, le agradeció la gentileza al efectivo policial. No lo movía un ánimo de revancha.
“Bernabé Méndez significa mucho para todos nosotros. Su defensa a la selva Misionera es incomparable y continúa siendo una fuente constante de inspiración en nuestra familia. Él es un ejemplo a seguir, y sueño algún día poder contribuir de la misma manera que lo hizo él en Iguazú, que es mi lugar en el mundo. Como siempre digo, esta tierra es la que emana leche y miel”, expresa Luis Sebastián Méndez, sobrino nieto de Bernabé. El cierre del chamamé de Chebez dice: “Y por cada palmitero, cada furtivo cazando, levanto Bernabé Méndez, tu nombre para espantarlos”.
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