
Si esta fuera una votación como cualquier otra, Cecilia Scasso habría buscado con el dedo su mesa en el padrón, entrado a la escuela, votado, y punto. Pero Cecilia tiene tres hijos y vive acá en Lanús, a 20 cuadras de donde pasó todo, y ya cuando baja del auto se nota en su silencio que se está tragando el llanto.
Aunque Cecilia no conocía a Morena Domínguez para ella no es una elección más: le tocó votar en la misma escuela en la que, hace cuatro días, otra madre como ella intentó reanimar, primero sobre un pupitre y luego sobre el piso, a una nena de 11 años a la que dos motochorros acababan de desgarrarle el hígado a las piñas.
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“La verdad es que no iba a venir, vengo a votar por respeto. Me afectó mucho lo que pasó. Nosotros vivimos acá, mi hijo menor tiene 14 años, ¿me entendés?”, pregunta a Infobae ella, que es recepcionista en una clínica.
En ese “¿me entendés?” no hace falta que diga mucho más: ¿Podría haber sido su hijo? Pero claro. Que te maten a las 7.30 de la mañana, camino al colegio y a las piñas: y no, no hay forma de que le entre esa variable en la cabeza.
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Cecilia se quedó unos minutos parada afuera, tomada por la tristeza, porque a la escuela Almafuerte nº 60, en Villa Diamante, no pudo entrar: sobre las rejas negras no hay pegados padrones sino carteles que dicen que la institución permanecerá cerrada y que deberán votar en otra, a 13 cuadras de ahí.
Con ella está Ornella, su hija de 19 años, que hoy también tiene que votar. No sé si lo saben pero estacionaron el auto justo en el lugar por donde el jueves pasó el coche fúnebre con dos coronas de flores frescas para una nena. El coche negro, lento y largo al que otros chicos de 11 y 12 años se metieron de cabeza para apoyar las manos en el ataúd de su compañera.
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“Yo voto confundida más que enojada, porque no confío en nadie. Siento que vote a quien vote no me voy a sentir segura”, dice a Infobae.

Elena se baja del colectivo enfrente, cerca de la calesita quieta, y la desborda la furia cuando se entera de que la escuela está cerrada y nadie les avisó.
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“Todos los políticos son unas lacras vivientes. Yo crecí en este barrio, jamás vivimos toda esta inmundicia. No se aguanta más esta mugre que tenemos que soportar. Además, inútiles: no pueden avisar que acá no se vota, menos van a poder ocuparse de la seguridad para evitar que una nena sea ultrajada como lo fue esa criatura”.
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Detrás de ese enojo visceral lo que se ve también es el espesor de la tristeza, porque tampoco a ella el asesinato de Morena la tocó de costado. Elena trabaja en el cementerio municipal de Lanús y el jueves estuvo ahí mientras la enterraban.
“No me lo voy a olvidar nunca. Los chicos llorando con globitos en las manos y flores para su compañera. Terminamos todos llorando, yo y todos mis compañeros de trabajo...mirá que estamos acostumbrados, pero a eso no”.
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Sobre la vereda de la escuela quedaron los fondos de las velas derretidas, los globos blancos ya escuálidos. Los claveles cuelgan secos, ya no erguidos sino con la mirada hacia el suelo. Quedaron las fotos de Morena y los pedidos de Justicia: “Morena, perdón, no supimos protegerte”, dice uno. “Morena no tiene paz si no hay Justicia”, dice otro.
Se nota que algunos fueron escritos por adultos, otros no.
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“Justisia x More”, dice un cartelito, con la falta de ortografía que nadie se atrevió a corregir y el dibujo de un corazón desprolijo. ¿Qué puede saber un chico de primaria de la Justicia? ¿Debería saber?
Hay una combi que viene a cada rato a llevar a la gente a la escuela 504, a donde deben ir los que votaban acá. Pero Rubén -jubilado, 66 años- vino en bicicleta, así que no le sirve. “Con las pocas ganas que tenía de votar…”, dice. “Vengo por obligación como ciudadano, pero lo que siento ahora es hambre y sed de justicia”.
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Reina Rodríguez es enfermera y está parada en la puerta del jardín de infantes Patagonia, justo a la vuelta de la escuela. También ahí rebotaron todos los que fueron a votar en las PASO.
La razón es que fue exactamente en ese lugar, casi en la puerta del jardín, que Morena quedó tirada en el asfalto y que un barrendero trató de socorrerla todavía sin saber que estaba sufriendo una hemorragia interna masiva.
La sensación -lo dicen todos- es que cancelaron la votación en los dos lugares porque “quedaba feo”, parecía de mal gusto, o porque “tenían miedo de que se armara lío”. Se parece -dicen también- a eso que hicieron los precandidatos cuando cancelaron sus cierres de campañas: desaparecer, como si desapareciendo la escenografía se cerrara el telón y desapareciera el problema.
Miguel Carbone -jubilado, 69 años- fracasó también en la puerta de la escuela en la que votó siempre.

“Enojado vine a votar, más que triste. Todos dicen ‘que venga más policía’, mirá alrededor, ¿ves a algún policía? Ni siquiera hoy para quedar bien”, dice. “Voy a votar igual porque es la única posibilidad de elegir algo, pero sin ganas. ¿Cómo puede ser que no se pueda salir a tomar un mate?”.
Al lado, Hugo Rodríguez -electricista de 63 años- se baja de su bicicleta en silencio, y por el suspiro también se le nota la angustia.
“Vengo a votar mal, esta nena vivía a dos cuadras de mi casa. Tenía una idea de a quién votar pero ahora no sé, si no creo en nadie... Si no pueden cuidar a un hijo de uno cuando va al colegio, ¿qué pueden hacer?”.
A diferencia de todos ellos, Griselda Carrizo sí conocía a Morena. No sólo eso, “Morena me decía tía, era parte de mi familia”, dice, afónica de tanta furia, a Infobae. Griselda dirige el comedor “Los traviesos”, en el barrio Eva Perón, y de las 120 raciones de comida que repartían todos los días, dos fueron siempre para Morena.
Reparte rabia para todos lados: para la mamá de Morena “por haberse borrado”, a las autoridades que sólo le mandan comida tres veces por semana - “como si los chicos fueran chanchos”-, para los delincuentes que mataron a una nena a la que recibía en su casa desde que tenía 3 años. También con los que rompen los patrulleros cuando ellos los llaman.

No sólo a ella Griselda conocía bien, también a Bruno, el hermano mayor de Morena, que juega en las inferiores de Huracán. Es el adolescente de 15 años que ayer se sacó una foto y mostró el tatuaje que se había hecho en honor a su hermana: unas alas, un nombre, y una distancia entre la fecha de nacimiento y la de muerte demasiado corta.
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