El ministro de Guerra y Marina Carlos Pellegrini podría haber ido en tren y bajarse en la precaria estación, ubicada en Medrano, Pelufo y Lezica, abierta el 28 de agosto de 1857. Pero a la inauguración de la Confitería Las Violetas fue en un tranvía fletado especialmente para él, al que se subieron diversos invitados especiales. Fue el domingo 21 de septiembre de 1884. Hace hoy 138 años.

La iniciativa de los inmigrantes Felman y Rodríguez Acal de levantar un lujosísimo local fue una movida arriesgada. Por entonces, la calle Medrano marcaba el límite de la entonces ciudad de Buenos Aires. Cruzando Medrano hacia el oeste, se ingresaba al partido de San José de Flores, lleno de quintas y mucho campo. Se accedía desde el centro por la calle Rivadavia, que era la conexión hacia el oeste, una arteria que llevaba ese nombre desde 1857.
El barrio donde se levantó hace 138 años Las Violetas se lo conoce como Almagro, supuestamente por Juan María de Almagro y de la Torre, un funcionario de los tiempos de los virreyes, propietario de grandes extensiones de tierra. La casa familiar estaba muy cerca de la esquina donde se impone la confitería.

Almagro, límite de Buenos Aires
Al lugar se accedía tomando el tren en la estación que se levantaba donde hoy está el Teatro Colón y había que bajarse en la estación Almagro, a una cuadra de la confitería. También se podía tomar el tranvía a caballo que recorría la calle Rivadavia.
Aseguran que su nombre proviene de los canteros con violetas que adornaban su frente. Desde el primer momento, fue una confitería de lujo, que contrastaba con la pulpería de la esquina en diagonal. Las familias que habían huido del centro porteño por el flagelo de la fiebre amarilla, se encargaron de poblar el norte y el oeste de la ciudad.

De pronto, la zona empezó a ser frecuentada por gente muy bien vestida, que llegaba en carruajes lujosos.
Poco a poco, se fue imponiendo en las costumbres de las clases acomodadas. En la década del 20, los dueños la remodelaron y quedó como se ve en la actualidad. El piso se hizo de granito rojo, negro y blanco; del techo colgaron una veintena de arañas de bronce de caireles de cristal y el cielo raso fue finamente decorado por pinturas y con formas en relieve. Aún se conserva la escalera original de madera.
Sus ochenta metros cuadrados de vitrales –tres principales, cinco detrás de la barra, uno en el baño y otros menores- fueron realizados por el artista catalán Antonio Estruch, quien se radicó en el país en 1910 y fue director de la Escuela de Bellas Artes. Fueron producidos en el taller que había montado en el barrio de San Telmo. Estruch fue el primero de tres generaciones de vitralistas que dejaron su huella en innumerables edificios, como la Casa Rosada, el Teatro Colón, catedrales, iglesias y diversas instituciones tanto de la ciudad como del interior del país.

Reunión de celebridades
Todos pasaron por Las Violetas, a medida que crecía la fama de sus masas finas, de sus sandwiches de miga, sus medias lunas y el pan dulce. Era casi un lugar obligado de la mayoría de las celebridades que visitaban nuestro país. En la Argentina del Centenario, la llevaron a la Infanta de Borbón, que había llegado al país el 18 de mayo de 1910.
Fue inspiración de escritores, como Roberto Arlt quien, en su cuento Noche Terrible, se adivina la descripción del local: “Abona el viaje. Entra al café. Se sienta a una mesa. Mira en redor. Está bajo un plafón de yeso con filetes dorados, que soportan frías columnas jónicas, de mármol jaspeado con motas de oro y ceniza y mostaza. Un friso de espejos ciñe la pared artesonada de cuadros de cedro. Cada espejo es un embudo rectangular de encendidos cristales escalonados”.

En sus mesas era habitual verlo a Carlos Gardel junto a su amigo Irineo Leguisamo, sobre el que en algún tiempo rondó una vieja disputa de derechos de autor con la Confitería Del Molino por un postre que lleva su nombre, una bomba perfecta de pionono, dulce de leche, merengue, marrón glacé, castañas glaseadas, crema de almendras, hojaldre y fondant. Aparentemente el origen fue en la confitería del barrio de Congreso, pero lo que realmente interesa y atrapa es su fórmula.
Había otros tangueros habitués, como José María Contursi, el genial letrista, autor de tangos memorables como Gricel, En esta tarde gris, Sombras nada más o Quiero verte una vez en más, entre tantos; la cantante Azucena Maizani, quien Libertad Lamarque la apodó “La ñata gaucha”, por la vestimenta con que se presentaba. También concurría un vecino, Arturo Frondizi, que de joven era un defensor de la cuarta división en el Club Almagro. Cuando se quebró un brazo, terminó su carrera de futbolista y colgó la boina que usaba para jugar.
Fue el lugar elegido por las Madres de Plaza de Mayo para realizar sus encuentros, lejos de los lugares públicos. Simulaban festejar cumpleaños para llevar adelante su tarea en el mayor de los secretos posible.
El lugar fue escenario donde se rodaron escenas de películas, como La Mafia, de Leopoldo Torre Nilsson, de 1972 y Sol de otoño, de Eduardo Mignona, estrenada en 1996.
En la década del 90, los dueños se declararon en quiebra. Entre 1997 y 2001 estuvo cerrada. En 1998 fue declarado lugar histórico y pasó a integrar el listado de bares notables. Reabrió, gracias al esfuerzo de un grupo de gastronómicos, el 17 de julio de 2001 y dos días después, para el público. Ya era, entonces, una referencia histórica ineludible de ese gran orbe en la que se transformó Buenos Aires, que entonces terminaba en la calle Medrano donde, más allá, había solo campo.
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