
“Tengo miedo de no volver a ver a mi madre y a mi abuela”, se lamenta Denys Molodtsov (27), un joven ucraniano que vive en Bahía Blanca. En 2018 dejó su ciudad natal, Mukácheve (cerca de la frontera con Hungría y Eslovaquia), para cumplir su sueño de recorrer el mundo. Pasó por Asia, Medio Oriente, y finalmente llegó a Sudamérica meses antes de la pandemia, sin imaginar cómo el planeta se revolucionaría.
“Necesito volver a mi país para luchar contra la invasión rusa. Estoy dispuesto a todo”, le explica a Infobae. “Lo que están haciendo es inhumano”, agrega con indignación. “Esto no es una guerra entre políticos, es una guerra por la libertad. Putin no ve a Ucrania como una nación y va por todo”.
En Mukácheve, a unos 600 kilómetros de Kiev -donde el miércoles las tropas rusas continuaban bombardeando los suburbios-, quedaron su madre, Tatiana, y su abuela María. “No quieren dejar su tierra natal. Las traté de convencer pero no pude. En su casa no tiene un búnker. Cuando suenan las alarmas tiene que esconderse en el pasillo entre los cuartos. La que pudo escapar fue mi hermana menor, Alina”, le cuenta a Infobae.
El joven no sólo teme por su familia. Tiene miedo por el destino de su país. Desde que arrancó la guerra, hace más de un mes, sus pesadillas son recurrentes. “Me levanto agitado, sueño que las calles de mi pueblo se convierten en rusas. Un territorio bajo un régimen totalitario”, relata. “Los ucranianos fuimos diferentes de los rusos, de los húngaros, de los polacos y siempre quisimos ser libres. Cuando tuvimos por fin la libertad, nos atacan”.

Denys llegó a la Argentina en 2019 luego de vivir unos meses en el sur de Chile. “Aterricé en Bahía Blanca después de pasar por Buenos Aires, y me enamoré de la gente, el clima, la comida y el ritmo de vida similar al de mi pueblo”. Después, irrumpió la pandemia. Y se quedó.
A más de 13.000 kilómetros de su casa, siente impotencia y no quiere quedarse con los brazos cruzados. Como profesor de idiomas online ahorra dinero para comprar un boleto y viajar. Sin formación militar, está dispuesto a dejar su vida.
Son miles los ucranianos que retornan de todas partes del mundo para resistir. “Hubo más de 600.000 personas que se ofrecieron como voluntarios al frente de batalla. Tengo amigos que aún no pudieron sumarse, están en lista de espera. Voy a colaborar con lo que necesiten, hay mucho por hacer”, explica.
En Bahía Blanca no está solo, su coterráneo, Dmitriy, también esta listo. “Tiene una situación similar a la mía, por eso estamos pensando la manera de ir a defender nuestra patria. Me comentó que hay al menos unas ochos familias ucranianas en Bahía Blanca que vinieron dos décadas atrás en busca de mejores oportunidades. A todos los motiva luchar por la libertad”.
Creció lejos de su padre, sin embargo tuvo un fuerte vínculo con su abuelo paterno, Valerie, que nació en Rusia y emigró a Ucrania. “Si viera lo que están haciendo sentiría vergüenza. Lo mismo comentan mis otros parientes rusos…”.

Viajero y aventurero, visitó en más de una oportunidad Moscú, San Petersburgo y otras ciudades rusas. “Ponés un pie y ya sentís la persecución por parte de las fuerzas policiales. Caminar por las calles en más de una oportunidad me daba miedo”, dice.
En contacto directo con amigos, familiares y conocidos, relata en primera persona las situaciones de riesgo que viven. “En ciertas regiones como Konoto, donde no hay ataques pero sí sufren las consecuencias de la invasión, las tropas rusas no dejan que los camiones accedan, les disparan a matar. Hay desabastecimiento de comida, nafta y medicamentos. No hay ni pañales para los bebés”.
No solo eso, en la ciudad norteña de Chernigov, los misiles destruyeron hospitales y escuelas. “La abuela de una amiga recibió un disparo y no tiene manera de acceder a una atención médica”. De estos relatos dramáticos recibe varios por día. “Hay gente que no sabemos si sigue con vida. Eso es el horror”.
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