
El 9 de marzo de 2012 todo un pueblo quedó sin perros. El dolor e impotencia de sus 1500 habitantes enlutó a todo Pirovano, una localidad de Bolívar. Durante la noche anterior y en la madrugada de ese viernes, desde un camión arrojaron carne de pollo, cerdo y vaca con cebos de veneno. Fue letal.
Unos 150 perros murieron casi al instante y otros agonizaron. Los cuerpos estaban diseminados en techos, jardines y en las calles. El mismo final tuvieron los gatos, gallinas, patos, gansos y aves silvestres del pueblo, ubicado a unos 400 kilómetros de Buenos Aires. Muy pocos se salvaron.
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Horas después, por orden del propio gobierno local, se hizo una fosa en el corralón municipal y los perros fueron tirados como bolsas de basura: estaban amontonados, uno encima del otro, con moscas que revoloteaban sobre los cuerpitos que hasta unas horas antes tenían nombres, una cama caliente y el amor de una familia. También estaban los que nunca conocieron un hogar, pero que siempre recibieron la caricia de un vecino bueno que les alcanzaba comida.
“Algunas personas se dieron cuenta de lo que estaban pasando cerca de las 3:00 o 4:00 de la madrugada y comenzaron a llevar a sus perros a las veterinarias. ¡Fue terrible! Estaban desesperados. Horas antes, había pasado un camión municipal que hizo un recorrido extraño hasta las 2 de la mañana y hubo quienes vieron a unos hombres tirando algo desde allí, la carne envenenada”, recuerda Beatriz Michel, una de las mujeres que desde hace 10 años reclama por justicia.
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Pese a que las redes sociales no ejercían difusión como ahora, bastó para que la noticia llegara a oídos del dueño de la radio más escuchada de Bolívar. “En ese momento, yo tenía la Radio 11 Urdampilleta y fuimos a cubrir lo que estaba pasando. La desesperación ocupó el pueblo y comencé a investigar”, recuerda Daniel Sánchez, el primer periodista en cubrir la estremecedora noticia y que, involucrado, buscó justicia por siete años.
Los cebos con veneno habían sido arrojados en todo Pirovano, jardín de infantes incluido. Por prevención, mientras investigaban de cuál se trataba, suspendieron las clases hasta limpiar todo.
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En tanto, con personas aún en la veterinaria intentando salvar a sus animales mientras otros lloraban a los suyos, se abrió una causa y pedido de investigación por “infracción a la ley 13.246 por violencia y crueldad animal”. En pocas horas, el caso cambió de fiscal y de Juzgado, y dos acusados (”perejiles”, los define Sánchez) que nunca fueron culpados.
“Hubo demasiado interés en no llevar adelante la causa. Nunca se buscó saber la verdad”, dice el periodista que contaba todas las noticias de Bolívar y que, asegura, recibió serias amenazas durante la investigación que le valió el Premio Caduceo 2013, pero lamenta: “Hackearon la cuenta de Facebook de la radio y se perdieron todas las fotos de las marchas que se hicieron para reclamar justicia, más todas las que teníamos. También nos quisieron quemar la radio y tuvimos que trabajar con un patrullero en la puerta”.
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A 10 años de esa masacre, que en total se llevó más de 250 vidas, aún sigue sin saberse quién lo hizo y qué hubo detrás de la madrugada que dejó a todo un pueblo sin inocentes.

El triste día
La noche del jueves 8 de marzo de 2012 llegaba tranquila. Casi la mitad de los vecinos se reunía en el club para ser parte de un evento. Los demás, estaban en sus casas y otros se aprestaban para su labores cotidianas. Lo que llamó la atención de todos fue el ir y venir de los camiones que cuidaban la higiene del pueblo.
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“Las maquinas, que llamamos barredoras, comenzaron a pasar cerca de las 21.00 de ese jueves y estuvieron recorriendo el pueblo hasta las 2 de la madrugada, cosa que llamó la atención porque este lugar se limpia en una hora y además porque se metieron en cuadras que no estaban asfaltadas, casi la mitad, y ahí no se puede barrer. Creo que fue evidente. Esa noche, en el club de enfrente de mi casa la actividad se extendió hasta las 3:00 y la gente iba y venía todo el tiempo, por eso en mi cuadra no tiraron nada y mi perro no murió, fue uno de los pocos que se salvó”, recuerda Beatriz Michel.
Según reconstruyeron los propios vecinos del relato de quienes fueron testigos del paseo de esas máquinas, desde ese camión dos personas tiraban pedazos de carne “en todos lados y tenían cebos”, dice Michel.
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Las reacciones de los perros ante lo que habían ingerido no tardaron en llegar. “Algunos vecinos comenzaron a notar que sus animales estaban mal y corrieron con ellos a las veterinarias cerca de las 3 de la mañana. Otros no lo notaron y cuando despertaron los encontraron de la peor manera: ¡había perros muertos por todos lados! Tiraron el veneno hasta adentro de las casas y hubo perritos muertos en sus propios jardines”, recuerda aún consternada por aquello que dejó al pueblo en duelo.
Ante esa situación, de evidente accionar premeditado, “en la mañana del viernes 9, los vecinos comenzaron a levantar denuncias policiales y a llamar a Bromatología de Bolívar”, sigue Beatriz: “¡Pero no les daban bola! Recién a la noche llegó un grupo de Bromatología y el sábado llegaron algunos periodistas de la zona y recién se movió todo. Ellos le dieron visibilidad al caso y la gente de toda la provincia se enteró e interesó por lo que pasaba”.
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Las autopsias sobre los cuerpos se realizaron recién el sábado durante el día. Buscaban saber qué tipo de veneno tenían y qué tipo de peligro representaban para las personas y el suelo. Mientras, el interrogante “¿qué pasó?” se hacía más fuerte.
“Luego llegaron funcionarios de Bolívar del oficialismo y de la oposición y se inició una disputa política: unos le echaban la culpa a los otros. El domingo, un grupo de vecinos pidió una reunión que se hizo en el salón municipal para obtener respuestas y saber qué harían las autoridades, pero dijeron que no se sabía qué había pasado. ¡La gente estaba muy enojada! Reclamaban, pero ellos insistían en no saber nada”, señala Michel.
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Hubo más denuncias y reclamos. Los pedidos amontonados de “hagan lo posible” en las veterinarias dieron paso a los llantos e incomprensión. En ese panorama, llegó Daniel Sánchez con su primera cámara digital, su grabador reportero y un celular de pocos pixeles.

“Estábamos en la delegación policial donde la gente realizaba la denuncia por envenenamiento, luego desde allí llamaron a la fiscal de Bolívar, María Julia Sebastián. Lo lógico era que en un pueblo tan chico se supiera pronto qué había sucedido porque además de los perros y gatos muertos estaban los demás animales. Y, en menos de 24 horas, la fiscal Sebastián se excusa de la investigación y la asume otra, de Olavarría. O sea, de otro juzgado”, cuenta Sánchez.
El triste episodio ocurrió en medio de una disputa partidaria y en medio de un cambio de gobierno. El que tomó la voz fue un concejal que acusó directamente a la oposición. “Dijo que fue un ataque político para perjudicar a Eduardo Bucca, flamante intendente. Y, según supe, hubo personas a las que les dieron un dinero para decir que los culpables fueron unos radicales... Así fue todo y hubo vecinos que creyeron de verdad que se trató de una cuestión política”, asevera.
A los pocos días, comenzaron a organizar marchas para reclamar que se investigue qué había pasado.
Los pedidos de “justicia por los animales”
Beatriz Michel y Marina Rodríguez fueron las que tomaron la posta. Desde la mañana de aquel viernes y hasta el presente, las mujeres siguen reclamando justicia por los casi 250 animales asesinados.
“En las primeras marchas participó mucha gente, llego gente de otras localidades vecinas, pero con el tiempo fue decayendo. En medio estaba la causa penal y las declaraciones de los vecinos que la mitad trabajaba en el municipio o en prestadoras para este, como en todo pueblo chico. Como se decía que había sido gente de la municipalidad, directamente, la primera fiscal dijo que no podía hacer nada y se apartó”, recuerda Michel, quien prestó la casa para que esa fiscal hiciera una reunión para brindar detalles sobre lo que había investigado.
“Aparentemente había pruebas que indicaban que hubo gente de la municipalidad detrás de todo, pero debía hacerse un entrecruzamiento de llamadas que era complejo y no se realizó. Eso no nos dio muchas esperanzas de saber en realidad qué pasó. No hubo respuestas. A nosotros (los que comenzábamos a reclamar justicia) nos contaron que esas barredoras llegaron acompañadas al pueblo por la clásica camioneta blanca municipal que tienen a disposición los altos cargos. Pero presentaron declaraciones que hicieron que el caso se esclareciera sin culpables, pese a los más de 500 kilos de carne que tiraron en cinco horas y de toda la logística que armaron”.
Nunca hubo una versión oficial sobre qué pasó. “La nueva delegación del Frente para la Victoria, había asumido hacía muy poco y había dos mujeres que se quejaban constantemente por los perros de las calles, se cree que todo empezó ahí”, dice Beatriz, que cuenta que luego de esa matanza en Pirovano se inició una campaña de castración que, asume, fue para “calmar a la gente”.
El veneno, además, contaminó las aguas y el suelo. Posteriormente a la matanza, otros animales murieron. Se consideró ese envenenamiento como un atentado contra la Salud Pública ya que el veneno fue esparcido en calles, veredas, plazas , entradas de escuelas y jardines de casas particulares.
El delito cometido fue “infracción a la ley 13.246 por violencia y crueldad animal”, pero ni la municipalidad de Bolívar ni la delegación de Pirovano ni quienes perdieron a sus amados animales se presentaron como querellantes.
En un intento de calmar las aguas, cuenta Sánchez que “el intendente de Bolívar, Eduardo Bucca estuvo con los vecinos Pirovano que se acercaron en manada con las fotos de sus animales y el pedido de justicia”.
El Furadan es el nombre comercial del pesticida carbofuran, uno de los venenos más tóxicos que se utiliza para control de insectos en la soja, las papas y el maíz, y es tóxico en ratas y perros y aves. Es altamente residual y puede filtrarse a las napas subterráneas, durante un período tóxico de 60 días.
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