
Fue un verano parecido al de 2022. Olas de calor e incendios forestales azotaban distintos rincones del país hace 28 años, cuando los bomberos de Puerto Madryn fueron convocados para combatir las llamas de un campo ubicado a unos 15 kilómetros de la rotonda sur de acceso a la ciudad chubutense. Hacia allí asistieron en forma inmediata cadetes y bomberos, que si bien contaban con una formación en emergencias, quedaron bajo el celoso manto de la vocación: el destino les jugó la maniobra más inhumana y perversa.
La dotación que acudió al siniestro estaba compuesta por 25 voluntarios de entre 11 y 23 años. Meliza Imaz, bombera voluntaria de esa institución, tenía 16 años ese domingo 21 de enero de 1994. “Justo me había llevado varias materias en la escuela, así que mis papás me castigaron dónde más me dolía prohibiéndome ir al cuartel”.
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Vivía a una cuadra y media de la estación de bomberos. Conserva flashes de ese día fatídico. “Hacía muchísimo calor y a la una y media o dos de la tarde sonó la alarma. No pude ir pero miré todo el movimiento desde afuera sin saber qué pasaba. No recuerdo más detalles que el movimiento de los móviles, la columna de humo y también la mirada de Alejandra, quién pasó por la puerta de casa rumbo al cuartel”. Alejandra López fue una de las 25 víctimas del feroz incendio forestal.

Mientras Melisa caminaba inquieta por su casa enojada por no poder ir al incendio forestal, desconocía que la estación de bomberos había perdido comunicación con uno de los grupos. Para ese entonces, el viento había cambiado bruscamente de dirección e incrementado su velocidad más del 40 por ciento, lo que provocó que las llamas vayan encerrando de a poco a sus compañeros.
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Según pericias policiales, entre las 18 y las 18:15, “se recibieron pedidos de ayuda, donde la voz de un menor era de bastante desesperación”. Esa fue la razón por la cual el resto de los servidores públicos desatendieron la extinción del ígneo para comenzar rápidamente con las tareas de búsqueda y rescate. El macabro hallazgo tuvo lugar a las 7:30 del lunes siguiente, donde primero encontraron herramientas de zapa y luego los 25 cadáveres. La causa de la muerte: asfixia.
“A la mañana, cuando me levanté, vi a mi papá agarrándose la cabeza y con lágrimas en los ojos solo me dijo ‘tus amigos…’. Corrí hasta el cuartel sin saber qué pasaba y al ver la calle cortada y tanto movimiento de gente me asustó aún más. Cuando entré, un jefe me agarró y me explicó que mis compañeros hasta el momento estaban desaparecidos. Estuve tres días ahí, sin volver a mi casa”, relata. Por el dolor que los atravesaba no pudieron hacer la guardia de honor: “Ahí estaban nuestros amigos, hermanos y también Juan Manuel, que era mi novio”.
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“Recuerdo las noches que salíamos del boliche a las seis de la mañana, me acompañaba hasta mi casa y después se iba caminando hasta el cuartel”, rememora. También su memoria conserva a Paola, (“tenía una sonrisa divina la Negra, ojos achinados y estaba siempre contenta”), a Néstor, compinche de su novio (“qué manera de mandarse macanas esos dos, eran tan cómplices dentro de la institución que era hermoso verlos juntos”), y a Juan Carlos “Cócalo” Zárate (“cuando venía corriendo se sentían los pasos desde lejos porque era grandote y en las emergencias era un clásico escucharlo correr”). “Con el paso del tiempo, aprendí a ponerme en un lugar que me permite poder recordarlos con una sonrisa”, dice hoy.
Puerto Madryn fue, por esas horas, un pueblo en estado de convulsión. Familias, amigos y vecinos se agolpaban para despedir los restos de los mal llamados, durante muchos años, “bomberitos”: eran mártires bomberos voluntarios que se capacitaron con responsabilidad y compromiso porque tenían vocación de servicio. Sus cuerpos fueron trasladados al cementerio en un semi remolque playo. “No sé si fue para cuidarnos a nosotros, a las familias o a quién, pero varios jefes de diferentes instituciones nos reunieron en lo que era el casino para decirnos que nosotros no iríamos al entierro de los chicos. Ese momento juro que fue terrible”, señala Melisa.
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Los días pasaban y la pena no se diluía. “Sentía la necesidad de permanecer con mi grupo de amigos, con mis compañeros, porque eran las únicas personas que podían sentir lo mismo que yo. Ahora que soy madre no me cabe duda que perder un hijo es algo terrible. Pero para nosotros, que éramos niños, niñas y adolescentes, perder 25 amigos en una tarea que amábamos no fue algo natural y aún sigue siendo algo desgarrador”, cuenta.
“Nosotros necesitábamos contención -remarca Melisa-. Entiendo que quizás las autoridades y los profesionales de la salud se hayan abocado a contener a las familias de quienes fallecieron, pero nosotros, los bomberos que quedamos, nos tuvimos que rearmar como pudimos, y nos costó mucho poder hablar de todo lo que nos pasaba. Por eso, luego de muchos años, cuando nos volvimos a reunir, logramos abrazarnos, llorar y contar cómo lo vivió cada uno”.
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Luego del incendio, sus padres levantaron el castigo: nunca más le prohibieron ir al cuartel. “Comenzaron a sentirse orgullosos de lo que había elegido para mi vida y me acompañaron desde entonces. Sinceramente, agradezco que me hayan sabido acompañar después de eso”. El cuerpo de bomberos de Puerto Madryn se reforzó con voluntarios que llegaron desde distintos cuarteles del país. Melisa apunta que de tener una dotación de cincuenta bomberos, la tragedia redujo la cantidad a menos de veinte personas.
“Es cierto -convalida-, no estaba bien que los menores salgamos a los incendios, pero lo veíamos como una manera de empezar, porque estábamos ansiosos y queríamos poner en práctica lo que habíamos aprendido. Una instrucción que no tiene punto de comparación con la actual, donde ahora se requiere de una formación de entre 12 y 24 meses para recibirse de bombero, mientras que en 1989, si te anotabas siendo mayor de edad, al otro día ya podías salir a un incendio”.
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Melisa hoy es comerciante y vuelve a estar rodeada de adolescentes pícaros y alegres pero en un lugar diferente. Ahora es mamá e incursiona en otros miedos, sensaciones y proyectos junto a Luca, María Agustina y Bruno, con quienes no suele compartir su historia porque entiende que “no hace falta”: “Todos vivimos en la misma ciudad. La gente de Puerto Madryn nunca olvidará aquello que tanto nos marcó”. Lo que tanto les marcó: la muerte de 25 bomberos, once de ellos menores de edad. Eran: Marcelo Miranda (11), Mauricio Arcajo (12), Carlos Hegui (12), Cristian Zárate (14), Néstor Dancor (15), Lorena Jones (15), Alejandra López (15), Juan Moccio (15), Ramiro Cabrera (16), Juan Manuel Passerini (16), Paola Romero (17), Leandro Mangini (18), Andrea Borredá (18), Cristian Rochón (19), Jesús Moya (20), Cristian Meriño (21), Gabriel Luna (21), Daniel Araya (21), Cristian Llambrún (21), Juan Carlos Zárate (22), Alexis González (22), Alicia Giudice (22), Marcelo Cuello (23), Raúl Godoy (23) y José Luis Manchula (23).
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