
En medio de la noche el piloto, que había llevado a la mujer a sobrevolar la ciudad de Buenos Aires, le pidió un beso. Ella respondió que solo besaba si estaba enamorada. Además, hacía pocas horas que habían sido presentados. El amenazó con estrellar el avión. A ella pareció no importarle aunque finalmente accedió. De esta manera Antoine de Saint-Exupéry y la salvadoreña de 29 años Consuelo Suncín comenzaron un idilio que terminaría en casamiento. Era septiembre de 1930 y el piloto y escritor francés protagonizaría más de una historia en los quince meses que vivió en nuestro país.
Antoine Marie Jean-Baptiste Roger de Saint-Exupéry había nacido el 29 de junio de 1900 en Lyon. Era el tercer hijo de cinco de una familia aristocrática. Llegó a Buenos Aires en barco el 12 de octubre de 1929 y se alojó en el Majestic, uno de los hoteles más lujosos de la ciudad, en avenida de Mayo al 1300. Vino al país para incorporarse como director de la Aeroposta, una filial local de la Compagnie Generale Aeropostale, la empresa de correo aéreo creada en Europa en 1927.
Fue el riojano Vicente Almandos Almonacid, el as de la aviación, condecorado por Francia por su desempeño en la Primera Guerra Mundial, quien se había ocupado de conseguir terrenos en General Pacheco para instalar un aeródromo que funcionaría como la base de operaciones de la empresa, que tenía las oficinas en Reconquista al 200. El 31 de octubre de 1929 comenzó a operar a distintos puntos del país, especialmente la Patagonia y además hacían vuelos a Chile.
Saint-Exupéry había aprendido a volar en la fuerza aérea francesa, a la que se había incorporado en 1921. Estaba en la Argentina con el mandato de activar la ruta aérea entre Buenos Aires y Comodoro Rivadavia primero, luego llegar a Río Gallegos y terminar operando hasta en Tierra del Fuego. También realizaban vuelos al norte del país, al litoral y a Brasil. Para esos viajes usaban rutas que los aviadores mismos exploraban y el único instrumento del que se valían era la brújula.

El vuelo inaugural hacia la Patagonia fue el 1 de noviembre de 1929. Partió del aeródromo de Harding Green, en Bahía Blanca y tuvo como destino final Comodoro Rivadavia. En un primer momento se usaron monoplanos Laté 25 y 26, con capacidad para cuatro pasajeros y espacio para llevar correo.
También se dedicaba a la literatura. En 1926 había publicado “El Aviador”, una novela breve y en 1928, siendo jefe de la estación aérea del Sahara español escribió “Correo del Sur”. Los viajes que realizó lo inspiraron a crear “Vuelo Nocturno”, una novela sobre un piloto que hace este tipo de viajes y que enfrenta una terrible tormenta. Sería publicada en Francia en diciembre de 1931 y al año siguiente ganaría el premio literario Femina. La escribió en el departamento 605 que alquilaba sobre la galería Güemes, en Florida al 200.
Se hizo muy amigo de Almandos Almonacid, que vivía cerca, y solían desayunar juntos. También compartía trabajo y salidas al Tabarís, cuyo dueño era un francés y a otros cabarets de moda con Henri Guillaumet -que cruzaría 393 veces la cordillera de los Andes- y Jean Mermoz. Saint-Exupéry, al que llamaban Saintex, acostumbraba a comer en Conte, un restaurant clásico ubicado en Cangallo 966, ya que en su carta ofrecía platos de su país.
Un amor turbulento
Existe más de una versión sobre cómo se conocieron Antoine y Consuelo. Una asegura que fue en una conferencia que el crítico y traductor literario Benjamín Crémieux brindó en la galería Van Riel y otra dice que fueron presentados en la confitería Richmond. Lo que sí coinciden en que fue un flechazo mutuo. El era un hombre corpulento, de nariz algo ganchuda, de ojos saltones y de una incipiente calvicie.

Ese 4 de septiembre de 1930, a los minutos de haber sido presentados, la invitó a volar. Ella, separada del primer marido y viuda del segundo, estaba en el país integrando una delegación cultural. Había llegado ese mismo mes y se alojaba en el Hotel España.
A Consuelo le propuso casamiento, aún en Buenos Aires. Había sido recibida por el presidente Hipólito Yrigoyen ya que Enrique Gómez Carrillo, su marido muerto por un derrame cerebral en 1927, se había desempeñado como cónsul honorario argentino en París. Cuando días después se produjo el golpe del 6 de septiembre, el aviador la ayudó a escapar ya que las fuerzas golpistas la habían ido a buscar a su hotel.
Estuvieron a punto de dar el si, pero a último momento el aviador se arrepintió y prefirió hacerlo en Francia, hacia donde partió el 1 de febrero de 1932.
Consuelo es la rosa de El Principito, el famoso libro publicado en 1943. Y el campo de flores que describe es su matrimonio; que haya tantas simbolizan sus infidelidades, aunque aclara que su rosa es realmente especial y a la que verdaderamente quiere. Ella, en 1946 escribió las Memorias de la Rosa en las que brinda detalles del turbulento matrimonio con un hombre que se ausentaba demasiado, que era mujeriego pero que siempre regresaba a ella.
Las princesitas
En uno de los vuelos que realizó para explorar nuevas rutas, Saint-Exupéry encontró un lugar en Concordia, Entre Ríos y cuando aterrizó una de las ruedas del avión quedó atascada en una vizcachera. La escena fue seguida con extrañeza por las niñas Edda Sara y Susana Luisa Fuchs Valon, que cabalgaban por la zona y cuya familia alquilaba el castillo San Carlos. Las niñas comentaron en francés lo torpe que había sido el piloto y se sorprendieron cuando éste les respondió en el mismo idioma. Volvería al castillo en otras ocasiones. Años después escribió que “no sabía que iba a vivir un cuento de hadas, fue en Concordia, Entre Ríos”. Ya de regreso en Francia, escribió en 1932 para la revista Marianne el artículo “La Princesas Argentinas” e incluyó la historia en un capítulo en su libro “Tierra de hombres”.
De uno de los viajes que hacía a lo largo de la costa patagónica, trajo a Buenos Aires una foca bebé, de la que se había encariñado, y la mantenía en la bañera de su departamento. En la costa atlántica, en el verano acostumbraba a alojarse en la habitación 51 del Hotel Ostende, la que conserva la cama de hierro y muebles originales de esa época. Saint-Exupéry admitió que sentía a la Argentina como su propio país.
Nunca más volvería por estas tierras. Estuvo cerca de hacerlo en 1938 cuando encaró un arriesgado vuelo en el que pensaba unir Canadá con Tierra del Fuego, pero un accidente en Guatemala lo hizo desistir. Tres años antes se había salvado de milagro cuando se estrelló en el desierto del Sahara.

Cuando estalló la segunda guerra mundial, quiso enrolarse como piloto de combate, pero fue rechazado ya que no aceptaban a mayores de 30 años. Pilotearía un Lightning P 38 de reconocimiento, y el 31 de julio de 1944 fue derribado por un avión alemán en el Mediterráneo, cerca de la isla de Rou. Sus amigos habían corrido una suerte similar: Guillaumet había sido derribado en 1940 en el Mediterráneo frente a Túnez por un caza italiano y Mermoz desapareció en el océano Atlántico en diciembre de 1936.
Por décadas se mantuvo el misterio alrededor de las circunstancias de su muerte hasta que en 1998 unos pescadores descubrieron en sus redes una pulsera de plata que había quedado enganchada. Unos años después localizaron los restos del avión.
La pulsera lleva su nombre y el de Consuelo, por supuesto. La de esa rosa que había conocido en Buenos Aires y que era distinta a todas.
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