La remera es oscura y la tienen puesta todos. Hay tres personas de pie y otras tres sentadas en un sillón blanco: le hablan a una cámara. Parecen estar en un living. De fondo hay una mesa y sillas de madera, una estufa, un cuadro y tres fotos grandes de Manuel, el nombre que está escrito en blanco en las remeras negras. La leyenda reza “Justicia x Manu”. Arriba de la segunda “i” de la palabra justicia está el dibujo de una mariposa. La ubicación coincide con el lugar del corazón. La referencia no es antojadiza: es un simbolismo.
“Los cazadores de mariposas tienen que acabarse y la Justicia tiene que hacer su parte para eso”, dice Constanza, hermana de Manuel, con gesto adusto. Lo dice después de informar que “ese 31 de marzo, todos los que estamos acá y otros tantos morimos un poco” y que necesitan respuestas de la Justicia “para poder llorar a Manu en paz”.
Ese 31 de marzo fue en 2016. Manual viajaba con su mamá Ángeles Bruzzone y otras dos personas en la lancha Mad II. Volvían de festejar un cumpleaños en un restaurante de los pasillos de las islas del Tigre. El expediente dirá después que entre las 23 horas de ese jueves y los primeros quince minutos de la madrugada del viernes, la lancha Shark II, en la que viajaban además del conductor otros dos tripulantes, los impactó mientras navegaban por las oscuras aguas del Canal Vinculación.
Manuel, de catorce años, murió en el acto. Una de las primeras conclusiones de la autopsia determinó que falleció por los golpes: se encontraba en la línea del impacto. Presentaba traumatismo de cráneo, cuello roto y fracturas múltiples. Su cuerpo apareció tres días después en la orilla del Río Luján, a la altura de San Isidro, después de que se involucraran en el operativo de búsqueda un helicóptero, tres dotaciones de buzos, nadadores de rescate, motos de agua y diez gomones.

La mamá, Ángeles, murió a las horas, camino al hospital. Hubo una tercera víctima fatal: Francisco Javier Gotti, amigo del responsable del siniestro. El cazador de mariposas fue Pablo Torres Lacal, hoy de 53 años. Mató, además de a uno de sus amigos, al hijo y a la ex pareja de Federico Storani, abogado, político, dirigente de la Unión Cívica Radical, ex diputado nacional y ex Ministro del Interior de la Nación durante la presidencia de Fernando de la Rúa.
Storani ahora tiene 70 años y en el video está sentado en una de las esquinas del sillón. Viste una remera negra con el nombre de uno de sus cuatro hijos y la sombra de una mariposa blanca. “Las mariposas son signos de reencarnación y de vida, al igual que los colibríes y los picaflores; y un cazador de mariposas es alguien desaprensivo que tiene desprecio por la vida”, describió en diálogo con Infobae, con la voz cansada, con el espíritu indemne.
“Ese día morimos un poco -relató-. Manuel era mi hijo menor, de catorce años, era un sol, muy buen estudiante, muy buen compañero, buen amigo. Ya agoté las palabras. Lo que escribí y lo que puedo decir ya lo agoté, pero lo que no he agotado es mi fuerza para seguir luchando: se lo debo a él y a la sociedad argentina. Mi sentimiento es de continuar la lucha y de llamar la atención sobre este tema para que no se vuelva a repetir”.

En el video, su voz descubre tanta entereza como melancolía y su narración recurre a la metáfora del diccionario gastado y el empeño renovado: “Hace cinco años que te arrebataron de nosotros, del mundo. En este tiempo hemos dicho todas las palabras, pero llegamos a comprobar que el vocabulario es finito. Lo que es infinito es la pena, el dolor y la tristeza, pero también lo que es infinito es la búsqueda, el clamor y la lucha por la justicia. Por eso te decimos Manu, no vamos a desfallecer hasta que el triple homicida que te arrebató de nosotros, Pablo Torres Lacal, que no pasó un solo día en prisión y que gozó de todos los beneficios de la libertad comprada para su mundo oscuro y de muerte, pagué sus culpas y sus responsabilidades. En algún momento tu luz llegará y será la luz de la justicia”.
La familia Storani lleva cinco años sin respuestas. El fiscal Mariano Magaz investigó durante dos años de manera exhaustiva y precisa, según el cristal agudo del padre de una de las víctimas. El fiscal acusó al imputado de triple homicidio con dolo eventual. La causa fue remitida al Juzgado de Garantías N° 5 de San Isidro. El juez de Garantías Diego Efraín Martínez elevó la instrucción a juicio oral. El padre denunció los últimos cinco años que el expediente está parado, está dormido, y celebró que la calificación no haya sido modificada a pesar de los intentos de los abogados de la defensa.
“La causa hoy está sorteada para el tribunal oral. Lo único que falta es que se produzca el juicio oral porque ya ha sido ratificada la calificación de triple homicidio con dolo eventual. Están todas las pericias, están todos los testimonios, está todo. Simplemente hay algunos tribunales que entienden que no está agotada la vía recursiva, cuando en realidad lo único que hacen es dilatar el proceso con la especulación de que se opere la prescripción. Ya hemos visto otros casos: eso consagra la impunidad”, acusó el dirigente radical.
La lancha conducida por Torres Lacal terminó 50 metros tierra adentro. Iba a fondo, a la velocidad máxima sobre una embarcación mayor a la que colisionó. Minutos antes, los tres tripulantes habían sido expulsados de una fiesta. Dos testigos de la guardería de donde el hombre sacó su lancha remarcaron que el conductor de Shark II estaba “exaltado”. Lo mismo contó el hombre que les cargó nafta en el río Luján. “Muchachos, anden más despacio porque por acá anda gente sin luz”, les recomendó un testigo en la estación de servicio. Otro hombre dijo que uno de los tripulantes estaba fumando una pipa “con olor a marihuana” y David Hernán Di Rico, el tercer tripulante de su lancha, admitió que habían tomado dos cervezas.
Pero a Torres Lacal el control de alcoholemia le dio negativo. En una nota publicada por este medio en 2019, Storani expresó que “venían pasados” y manifestó sus sospechas: “Todos tuvieron dosaje alcohólico positivo menos el tipo que conducía, que aparece en cero alcohol en sangre. Hay sospechas de adulteración de los análisis, y seguro hubo maniobras elusivas, a él lo internaron rápidamente, hubo cosas raras”.
No lo odia ni le guarda rencor. No lo perdona, tampoco lo embarga un impulso de venganza. Lo que lo mueve a Federico Storani es el ruego por la justicia. “¿Qué le diría al asesino de mi hijo si lo viera? Le diría que no sea cobarde, que asuma su responsabilidad. Nunca tuvo un gesto ni siquiera de disculpas. Yo no quiero venganza, quiero justicia. Que afronte las consecuencias, que no se siga escudando en su enorme fortuna, con la que paga a un estudio de abogados muy vinculado al poder para lograr su impunidad”.
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