
“Cuando vivís en una villa, la cuestión económica te lleva a elegir entre comprar anticonceptivos o comprar pan”. Cubierta bajo la sombra de uno de los árboles de la plaza del Congreso, bajo un sol desesperante, Joana Ybarrola escoge una imagen contundente para sintetizar uno de los tantos dramas que viven las mujeres de los barrios populares en relación con la maternidad, el goce y el deseo.
Esta mujer de 30 años, nacida, criada y vecina de la Villa 31 del barrio porteño de Retiro, es uno de los miles de ejemplos de que, a diferencia de lo que teorizan ciertos sectores que se oponen a la interrupción legal del embarazo, en los barrios pobres las chicas también abortan. “Ser piba y abortar, y ser villera, es una doble estigmatización”, dice Joana, con la boca tapada por el barbijo verde feminista.

Su experiencia ocurrió cuando tenía 16 años. “Era muy piba. Ni siquiera militaba por el aborto. Fui sola. Llorando. Con miedo, angustia e incertidumbre”, explica Joana, que asegura que en los barrios populares una década atrás directamente no había información sobre las posibilidades de legalizar una práctica tan común en la villa como tabú y clandestina.
“A esa edad no imaginaba que se pudiera debatir en el Congreso, por eso hoy estamos acá. Lo que pasé yo y lo que pasaron otras vecinas del barrio, el miedo a morirse por no tener información. Y enfrentar el prejuicio de la sociedad de ser piba y villera, donde por ahí en las salitas no hay anticonceptivos”, comenta Ybarrola, referente en la actualidad del área de Géneros de la organización La Poderosa. “Hacia adentro del territorio discutimos todas las instancias. Hambre, espacio de mujer, discutimos en nuestros espacios el goce”.

Cuando era adolescente y quedó embarazada, Joana no tuvo con quién hablar del tema, excepto sus amigas, las chicas de su edad, su círculo más íntimo. En las villas el aborto es un tema del que no se habla. O eso pasaba al menos hasta 2018. “Las amigas son las que te dan la información y te ayudan. El aborto lo hice en mi propio barrio, en un cuartito de 4x4″, detalla.
Ybarrola cuenta que la forma de acceder a un aborto es “preguntando, cuando lo decidís, te vas enterando”. Y agrega: “Cuando uno decide no gestar tomás la decisión y ya no importa cómo”. Ese “cómo” es muchas veces un borde muy cercano a la muerte. Por eso ahora, mientras con sus compañeras colma la plaza bajo la cúpula del Congreso, explica: “Teniendo todas las herramientas y si hubiese sido gratuito y legal habría decidido lo mismo pero con cuidado, contención con una médica y no en las penurias de un cuartito y con el miedo de saber si salís o no”.

En marzo pasado, después de que el presidente de la Nación, Alberto Fernández, anunciara el envío de un proyecto de IVE desde el Poder Ejecutivo, los curas villeros aseguraron que el aborto “no está en la prioridad de los más pobres, ni de la Argentina profunda”, y señalaron que “en tiempos de crisis es necesario discernir prioridades”, por lo que demandaron “una profunda escucha de los más humildes”.
“Queremos hacer notar una vez más el compromiso y la valoración de la vida de las mujeres pobres”, dijeron en un comunicado presentado por el vicario para la Pastoral en Villas de la ciudad, el obispo Gustavo Carrara, y el padre José María “Pepe” Di Paola. “Cuando una mujer humilde de nuestros barrios va a hacerse la primera ecografía no dice ´vengo a ver cómo está el embrión o este montón de células’, sino que dice `vengo a ver cómo está mi hijo’”.

Ybarrola cree que la Iglesia católica hace un trabajo muy importante en los barrios pobres, pero elije no opinar sobre las consideraciones de sus representantes respecto del aborto. “Respetamos los laburos de las iglesias en los territorios porque son las mismas que abren merenderos y comedores. Después las feminidades deciden sobre esta discusión. El aborto legal hace que un montón de mujeres no mueran en la clandestinidad. Y esta ley no obliga a nadie a abortar”, remarca.
“No siento que tengamos enemigos adentro del barrio”, agrega, en referencia a la posición de los curas villeros y amplía: “Es la mala política pública la que nos complica. El barrio es sinónimo de solidaridad y acompañamiento porque adentro de los territorios nadie se salva solo”.
Rodeada de algunas compañeras, Joana aclara que la mayoría de las chicas de La Poderosa llegará a la vigilia frente al Congreso cuando caiga el sol y “terminen de preparar las comidas en los comedores del barrio”. Cuenta que tiene un hijo de 13 y con su pareja planean tener otro en dos años. “Así tiene que ser la maternidad, deseada, no de otra manera”, dice, con el poder de la palabra a flor de piel.
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