Eva Briñócoli recibe a un grupo de periodistas en su domicilio en la localidad de Candelaria, ubicada a 25 kilómetros de Posadas (Misiones). Junto a ella, en corralito de madera reforzada, está su hijo Adrián Martínez. Adrián tiene un vaso de goma entre sus manos y, cada vez que lo sacude, se escucha el sonido de varias monedas.
Adrián tiene 22 años y una parálisis cerebral desde que nació en el año 1998. En ese momento -cuenta su madre en diálogo con Canal 12 de Misiones- hicieron varias consultas con distintos especialistas. Incluso, hasta viajaron a Capital Federal para hacer una interconsulta con profesionales del Hospital Garrahan. “Nos dijeron que la medicación estaba exacta perfecta que siguiera con las terapias”, explica Eva Briñócoli.
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A pesar de la terapia y los medicamentos, el cuadro de Adrián jamás repuntó. “Llegó un momento en que le dije a los médicos: ’ Este chico no habla, no se manifiesta’. Además, empezó a tener convulsiones”, dice la mujer.

Eva se refiere a su hijo como “este chico” o “la criatura”. Hace un repaso de las últimas dos décadas y habla con agotamiento y resignación. Su hijo necesita compañía las 24 horas del día. No va al baño, no sabe comer solo y apenas camina. “Pasa la mayor parte del tiempo en el corralito porque no tiene otro lugar. Si lo saco, tira o tumba las cosas. No entiende nada”, cuenta.
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Como si eso fuera poco, Adrián se autolesiona. “Fuimos a ver psiquiatras porque se agrede. A una persona extraña no la va a pellizcar ni morder, es buenito, pero él solo se lastima. Mi esposo y yo somos quienes lo cuidamos, no tenemos niñera ni empleada”, agrega.
A Adrián, tampoco le gusta interactuar con personas ajenas a su núcleo familiar. “Por eso no puedo traer visitas a la casa: se pone inquieto. Solo se vincula con nosotros. A veces lo sacamos a pasear un poquito pero no le gusta ver extraños”, dice.
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Por estos motivos Eva pide la eutanasia para su hijo. “Hace tres años que lo venimos pensando. Yo ya estoy bastante grande y su papá también lo está, ¿a quién le dejo la criatura si nos pasa cualquier cosa? Porque mañana no sabés si estás”, apunta la mujer que, antes de llegar a esa conclusión, evaluó internarlo en una psiquiátrico o en alguna otra institución donde pudieran atenderlo.
“Yo prefiero que el chico descanse, él también sufre. Lo cuidamos al cien por cien para que no se enferme, pero a veces llora y no sabemos lo que le pasa. Pedimos una eutanasia porque está sufriendo. Yo no sé si recuperaría mi vida a estas alturas, pero lo que busco es vivir bien al menos un poquito”, sostiene.
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En Argentina fue sancionada en mayo de 2012 la ley de “muerte digna”, que reconoce el derecho de toda persona a rechazar tratamiento médico cuando éste sólo puede prolongar la vida en un estado de enfermedad irreversible o incurable. Sin embargo, y hasta el momento, esta ley no contempla la eutanasia.

Eva sabe que muchos pueden juzgarla por su decisión, pero dice que no le importa. “Van a decir que soy una madre loca que quiere matar a su hijo, pero yo les digo a esas personas que se pongan en mis zapatos. Es una criatura con una parálisis cerebral del 100 % y tenés que estar las 24 horas arriba de él. Hay que vivirlo eso”, dice.
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“Cada vez que convulsiona nos vamos al Hospital Boratti y le dan un calmante porque se le contractura la panza. A veces esta así, como ahora, tranquilo: porque tomo su medicación. Pero otras veces llora y no sé qué le pasa. Él no habla ni cuenta nada”, agrega.
Consultada acerca de si la decisión tomada le genera culpa, la mujer apunta que no. “Mi hijo va a estar toda la vida así. Yo le veo sufrir. Si me dicen que soy una madre desalmada, yo pediría que se quedaran un día en mi casa para que vea si soy una loca o lo que sea. Yo lo estoy pidiendo por la criatura, nada más”, concluye.
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